J.L. David: "La muerte de Marat" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
"La muerte de Marat"

J.L. David
Reales Museos de Bellas Artes. Bruselas. 1793.


Desde mediados del S. XVIII hasta mediados del S. XIX, Europa vive una serie de cambios políticos, sociales y culturales que se proyectan en la Historia del Arte en una compleja maraña de movimientos y corrientes. El impacto histórico de la Ilustración, la Revolución francesa, el Imperio Napoléonico, la vuelta a la Europa del Antiguo Régimen después de 1815, o la Revolución Industrial, son buena prueba de la serie de acontecimientos decisivos que ocurren en este periodo, cambiando las circunstancias y la mentalidad de la población europea, y abriendo el porvenir al mundo contemporáneo.

El arte refleja las alteraciones de esta época, respondiendo a cada momento histórico con una expresión particular, aunque ahora nos interesa una de estas manifestaciones artísticas, que coincide con el impulso de la Ilustración, el triunfo de la Revolución francesa y que se prolonga durante el Imperio Napoleónico: el Neoclasicismo

El Neoclasicismo, surge como una reacción lógica a la exageración formal y sobre todo ornamental a que había llegado el último Barroco y el Rococó. Influye también el sentido racional y pragmático imbuido por la Ilustración entre las corrientes intelectuales.

El Neoclasicismo por ello es un arte frío y racional, que encuentra precisamente en los modelos de la Antigüedad Clásica, griega y romana, la inspiración adecuada para desarrollar un arte ordenado, que refleje las virtudes morales del hombre, que recupere la belleza del canon de proporcionalidad y la armonía, y que sea claro, simple y sencillo. Lo contrario justamente de lo que había sido el Barroco, estilo al que ahora se desprecia por considerarlo un arte superficial y frívolo, de engaños y exageraciones, que es además opuesto al espíritu racional de la Ilustración.

Así, en pintura, los colores intensos, los efectos de luz, la técnica espontánea de pincelada gruesa y composiciones siempre dinámicas, se transforma ahora en una plástica de contornos definidos, colores predominantemente fríos, dibujos precisos, y composiciones estudiadas, donde siempre prevalece la claridad y el orden.

Entre los grandes pintores del momento, uno de los primeros en el tiempo y sin duda uno de los mejores es Jaques Luis David (París 1748- Bruselas 1825). Con él se inicia la atracción por el ámbito clásico y el desarrollo de los temas históricos en sus pinturas, que sirven siempre de pretexto para la idealización de determinadas virtudes morales. Su inclinación neoclásica comienza en Roma donde toma contacto con el círculo clasicista de Winckelmann y Mengs, desarrollando desde entonces una pintura sobria, monumental, nítida en sus formas, de dibujo preciosista y rigurosas composiciones.

David vivió la Revolución francesa y participó activamente en ella dentro del ala exaltada del grupo jacobino, lo que no impedirá su posterior admiración por Napoleón, del que será su pintor favorito y su mejor cronista.

De esa participación beligerante de David durante la Revolución este cuadro es la prueba más comprometida y más hermosa también.

Jean Paul Marat fue uno de los miembros más exaltados del grupo jacobino y durante la Convención Montañesa y la fase del Terror de la Revolución, uno de los líderes más activos. Aunque fue su coherencia ideológica y su proximidad a los más pobres lo que le ganó el favor de las clases populares, de la misma manera que le granjeó el odio de los aristócratas. Fue esa misma coherencia, esa austeridad material y esa pureza ideológica, la que atrajo la atención de David, con el que además habían colaborado en varias acciones revolucionarias.

Su éxito en el verano de 1793 al lograr la caída de los girondinos y la imposición del poder jacobino, fue determinante para su suerte, porque no sólo los aristócratas, también los girondinos coincidieron en acabar con él. Y fue así como el 13 de julio de 1793 estando en su bañera tomando baños calientes, único alivio que encontraba a la enfermedad de la piel que lo estaba torturando, la aristócrata Charlotte Corday que además era girondina, logró acceder a la habitación y le apuñaló en el pecho provocándole la muerte.

Pero como tantas veces ha ocurrido en la historia, esta muerte violenta no hizo más que acrecentar la leyenda de Marat, convertido a partir de entonces en mártir de la Revolución y héroe de los más desposeídos. La misma Corday sería guillotinada cuatro días después, y David encontró en la muerte de un amigo al que admiraba el pretexto para levantar un monumento a su memoria y a la de todos los héroes de la Revolución.

Estamos por tanto ante un hecho histórico que sobre el lienzo se idealiza engrandeciendo las virtudes morales que exaltan al protagonista, un aspecto que como hemos comentado, resulta recurrente en toda la pintura neoclásica y especialmente en la obra de David. Así, Marat aparece como un héroe clásico, por su desnudo clásico, por su anatomía clásica, por sus proporciones clásicas, pero sobre todo por su idealización clásica: es una figura hermosa cuando Marat no lo era en la realidad, y acuña un gesto de serenidad en su último suspiro, imperturbable al dolor y victorioso ante la muerte. No basta con ello, David, recrea además un ambiente de sobriedad y sencillez que tampoco era real, pero que era congruente con la propia modestia del protagonista y sobre todo enfatizaba más su presencia: el fondo oscuro, las paredes desnudas, y el contraste violento contra el blanco de la bañera, de las telas que lo envuelven y del cuerpo del moribundo.

Para mayor simbolismo, Marat sostiene una pluma, que representa el poder de la palabra y de la razón, frente al cuchillo tan cercano, con el que ha sido asesinado; y en la otra mano una nota escrita por Corday en la que imploraba el perdón de Marat por su traición, y que si bien es cierto que la escribió, nunca llegó a las manos de Marat, apareciendo en el cuadro como otro símbolo del poder de sus virtudes morales frente a las de los traidores. Y dos símbolos más, el remiendo de la sábana y la caja tan simple que a Marat le servía de escritorio, dos muestras de la pobreza en la que vivía este hombre en comunión directa con sus ideas y con la suerte de los más desfavorecidos.

Pequeños detalles como la herida que mana del pecho o la sangre que tiñe de rojo el blanco que rodea la figura, no hacen más que insistir en la grandeza del héroe, al que David le ofrece su epitafio sobre la caja de madera con su firma, y que ahora aparece convertida en sencilla lápida mortuoria.

También le ofrece su mejor pintura: su técnica primorosa, su definición de líneas, su escrupuloso detallismo, su nítido realismo, embellecido por un trabajo de luces magnífico que llena la habitación de una atmósfera mágica y grandiosa a pesar de su simplicidad. Un monumento al ídolo, pero un monumento también a la pintura.



 

 

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