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Pabellón de la Secesión austriaca
J. M. Olbrich
Viena. 1898-1899.
Viena se abre al arte europeo en el tránsito de los siglos XIX-XX con una riqueza artística modernista, que la convierte en una de las capitales emblemáticas del estilo. Y dentro del movimiento modernista vienés tendrá una incidencia decisiva el fenómeno de la Sezessión, una ruptura, como su nombre indica, con el arte anterior (“A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad”).
El fenómeno de la Sezessión, nace en un café, como no podía ser de otra manera en una ciudad como Viena, concretamente en el Café Griensteidl en el que una serie de jóvenes artistas liderados por Gustave Klimt, que respondían al nombre de “Asociación de Artistas Plásticos de Austria” se rebelan contra la política oficial de exposiciones de la Casa de los Artistas, y deciden realizar sus propias exposiciones al margen de los conductos ofiiales, aprovechando de paso para ofrecer al público un arte libre y nuevo. Para ello contarán también con un edifcio construido al efecto, el Pabellón de la Sezessión o Wiener Sezessión, que es el que hoy nos ocupa en nuestro comentario, construido por J. M. Olbrich entre 1898 y 1899.
J. M. Olbrich, su creador, es discípulo de Otto Wagner, que además actuará como protector de su pupilo consiguiéndole un buen número de encargos importantes. En la obra de Olbrich se observa en ocasiones la misma tendencia de Otto Wagner, que supo aunar la innovación modernista y su aportación decorativa con un rigor constructivo más sobrio y severo. El propio edificio de la Sezessión combina ornamento y geometría, logrando un doble efecto de vistosidad y rigor. Para algunos un anticipo del “ornamento sin ornamento”, que Adolf Loos consagrará definitivamente con su famoso “ornamento y delito”, preludio a su vez del Racionalismo arquitectónico. Para otros, por el contrario, un edificio plenamente integrado en las corrientes modernistas, precisamente por el decorativismo que recubre su rígida estructura exterior.
Cuenta el pabellón con una planta cuadrada y una estructura cerrada no exenta pese a todo de un cierto toque historicista y un buen número de símbolos. Olbrich concibe el edificio como un “templo del saber”, cuyo interior se diseña para la organización de las exposiciones de la Sezession, pero que al exterior se proyecta como un símbolo del significado artístico que suponía el fenómeno de dicho movimiento artístico. De ahí su estructura singular y su decoración simbolista. Una estructura hermética de bloques cúbicos y formas cuadradas, de una evidente geometrización por tanto, pero que no obstante, está bien animada por sus recursos ornamentales: la fachada recuerda un pilono egipcio, sobre la que gravitan las tres musas del arte. Sobre pilares truncados, también de reminiscencias egipcias, se asienta en el centro del edificio una cúpula muy llamativa, toda ella de bronce dorado y decorada con una fronda de hojarasca, que alude simbólicamente, según algunos, al árbol de la vida, pero relacionado en este caso con la iniciación a los “sagrados misterios del arte”. Es no sólo la imagen icónica del edificio y con ello del propio fenómeno de la Sezession austriaca, sino también un eco urbanístico a la imagen de la Karlskirche o Iglesia de San Carlos Borromeo de Viena, que se encuentra al otro lado de la plaza y enfrente por tanto del Pabellón. Queda claro por tanto el carácter simbólico que asume toda la estructura exterior del edificio. Por si había dudas, bajo la cúpula puede leerse, también en letras doradas, el lema de Secesión: Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit (“A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad”).
Al interior ya hemos comentado que la construcción se concibió como una sala de exposiciones, que contó desde el principio con obras realizadas por los propios miembros del grupo. De ahí la apertura de claraboyas en el techo que posibilitaba la necesaria luz natural, y además cenital, para la contemplación de las obras de arte, sin afectar por ello a la estructura cerrada que como hemos dicho presenta el exterior del edificio, que por ello apenas abre algunas ventanas en las paredes laterales.
En cualquier caso nadie mejor que su propio autor para comprender cuál era la esencia de este Pabellón: “Tenían que convertirse en paredes, en paredes blancas y brillantes, santas y castas. Una seria dignidad debía envolverlo todo. Una dignidad pura, como la que a mi me asaltó y me estremeció cuando estuve solo en Segenta ante el inacabado santuario…mi propia sensación era lo único que yo quería oir en el sonido, mi cálido sentimiento era lo único que yo quería ver congelado en frías paredes”.
En conjunto podemos afrimar por tanto que se trata de un ejemplo característico del criterio art nouveau que prevalece en la Viena de ese momento, porque más allá del rigor geométrico del exterior del edificio, se impone su carácter simbolista y decorativo. Una carga de símbolos y de referencias decorativas, a veces tan historiadas como la propia cúpula, que a pesar de la propuesta del “ornamento sin ornamento”, ponen en relación la construcción con la esencia misma del arte modernista.



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