Joan Miró: "Campesino catalán con guitarra" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Campesino catalán con guitarra

Joan Miró.

Museo Thyssen-Bornemisza.
Madrid 1924.

 

A Joan Miró (Barcelona 1893-Palma de Mallorca 1983) se le incluye historiográficamente dentro del Surrealismo, y si bien es cierto que su relación con los surrealistas fue fecunda e intensa en un primer momento, sobre todo en la fase de formación del grupo, Miró fue evolucionando hacia un lenguaje propio, una pintura de signos, reducida a lo esencial en su expresión plástica, que terminó por confirmarse como un estilo único, personal e inconfundible.

Pero esta pintura tan suya nace en realidad de su paso por el Surrealismo. El Surrealismo suele ser considerada la última Vanguardia, pero en realidad en el Surrealismo hay mucho de rechazo a las vanguardias tradicionales que habían cubierto el panorama artístico antes de la I Guerra Mundial. En realidad el rechazo drástico de los intelectuales a todo lo anterior a la guerra, aquella guerra que había demostrado la brutalidad del hombre, que obligaba más que nunca a empezar de cero una civilización nueva porque la anterior era la de un hombre salvaje, supuso que las nuevas corrientes artísticas tuvieran un carácter crítico con todo lo anterior. Y por eso el Surrealismo se opone al racionalismo que había definido las vanguardias precedentes y apuesta por todo lo contrario, por un arte amparado en la incosnciencia, en la anulación de la razón consciente, bien a través de los sueños o de la automatización psiquica que facilita el subconsciente. El Surrealismo es una evasión, una huída de la realidad a un mundo de fantasía plena, lo cual también le enfrenta a toda la tradición pictórica anterior, cuyo norte había sido siempre la representación obsesiva de la realidad. Y en este sentido su concepto de creación pictórica es, según ellos mismos, la máxima conquista de la libertad, porque en este caso no tiene ni la cortapisa de la razón.

Ya sabemos que los máximos exponentes del Surrealismo se congregan alrededor de la figura de André Breton, escritor que aporta el soporte teórico al movimiento y que se convierte en el aglutinante del grupo. Heredero del Dadaísmo en su rechazo al arte anterior y en su imperativo de iniciar una época nueva y un arte nuevo, el Surrealismo desarrollará durante la década de los años veinte y treinta del S. XX una amplia variedad de soluciones artísticas que lo enriquecen como estilo: desde las propuestas pictóricas de René Magritte, Salvador Dalí, Ives Tanguy o Max Ernst, a la obra escultórica de Arp o Giacometti, al cine de Buñuel o la fotografía de Man Ray. A ellos habría que añadir sin duda la figura de Joan Miró.

Joan Miró No debió de ser un adolescente fácil de encauzar y desde joven apuntó un interés por el arte que el padre, comerciante de Tarragona casado con una mallorquina, quiso que simultanera con sus estudios de comercio. Y aunque Joan lo intentó combinando sus esfuerzos entre la Escuela de Comercio de Barcelona y la Escuela de Bellas Artes de la Lonja, su fracaso en ambas enervó al padre, que lo confinó a trabajar en una droguería. La respuesta del hijo fue igualmente aparatosa porque ante la perspectiva de vida que se le presentaba enfermó de los nervios y de fiebres tifoideas. Así que aprovechó una larga convalecencia en la paz de la finca de Montroig que tenían sus padres, para desarrollar su verdadera vocación pictórica. Desde entonces hay dos elementos que serán consustanciales a la pintura de Miró: por una parte está su apego a la naturaleza y a ese Mediterráneo, que bien en su Cataluña natal o en la Mallorca que disfruta por la via materna, marca el entorno cálido y luminoso que envuelve su obra. Por otro lado, su catalanidad, siempre latente a pesar de su larga estancia en París.

Como todos los jóvenes artistas catalanes que en esos inicios de siglo sienten la llamada del arte, también Joan Miró marcha a París en 1920, donde terminará instalándose, concretamente en el taller de Pablo Gargallo. Desde esa primera llegada a París, su relación con los artistas jóvenes del momento será continua, lo que le pondrá en contacto con los primeros surrealistas en las fechas en las que se está gestando el grupo. En esos años pinta La Masía, un cuadro que le costó nueve meses de duro trabajo ininterrumpido, y que marca el momento culminante de su época “detallista”, que a su vez desembocará en su periodo surrealista.

De esta fase, Miró aprovecha dos aspectos sobre todo que son consustanciales al Surrealismo, pero que además entroncan plenamente con su forma de entender la pintura: el sentido onírico, y una interpretación de la inconsciencia, que en su caso, se relaciona con un mundo de formas simples e ingenuas. De este periodo, tal vez su mejor ejemplo sea el “Carnaval del Arlequín”, una obra en la que se conjuga precisamente esa visión onírica del entorno, con un insconsciente de candor infantil, pero sin perder el detallismo que caracterizaba su pintura anterior.

Su evolución es sencilla porque sobre este sustrato surrealista, irá simplificando su particular detallismo pictórico hasta convertirlo en toda una serie de meros signos de expresión. Todo lo cual terminará definiendo su estilo propio e inconfundible.

Con el tiempo, la simplificación formal se irá haciendo cada vez mayor, le irá dando más importancia a la línea, que es meramente descriptiva, y le otorgará al color un valor protagonista. Un color de tonos puros, sin mezcla y aplicado en plano. Crea así un estilo del que Miró ya no se desvinculará prácticamente toda su vida, y que además no se circunscribe sólo a su creción pictórica, sino que lo amplía a su obra escultórica y en cerámica.

Campesino catalán con guitarra es un hermoso ejemplo de este proceso de evolución pictórica. Iconográficamente es un reencuentro con el mujndo rural y campesino de su Cataluña natal, que Miró siempre recordaría con nostalgia. De ahí el homenaje al payés catalán, del que observamos esquematizado, su cuerpo (apenas delineado), su pipa y su barretina, y todo ello sobre un fondo de un azul intenso. No hay referencia espacial ninguna, lo que reduce el cuadro a línea y color, dos recursos que aúnan la simplificación y la fuerza emotiva, lo que consigue que más allá de su contenido formal, el cuadro sea todo él una muestra de pintura plena y auténtica.

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La Masía.National Gallery of Washington. 1922.

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El carnaval del arlequín. Albright-Knox Arte Gallery. Buffalo. 1925.

 

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