Juan de Villanueva: Museo del Prado PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Museo del Prado”.

Juan de Villanueva.
Madrid 1786.

La arquitectura del S. XVIII avanzado en España transita por un lento periodo de transición, desde los postulados más radicales del pleno barroco, hasta el inicio de nuestra arquitectura neoclásica. En ese proceso de transformación va a tener una enorme influencia la construcción del Palacio Real de Madrid, obra de Juvara y Sacchetti, representantes de lo que se ha dado en llamar "barroco clasicista", tendencia que sirve en Italia y otros puntos de Europa para reorientar la sensibilidad barroca hacia formas de tono más clásico. Su influencia no se limitó a la que proyectó el propio edificio sobre otros posteriores, sino también a la incidencia que tuvo en la propia formación de uno de los mejores arquitectos de nuestra historia, Ventura Rodríguez, que representa en nuestro país mejor que ningun otro, el mencionado momento de transición. Al respecto basta decir que nuestra propia historiografía ha dudado frecentemente entre situarlo como arquitecto barroco o neoclásico, si bien hoy podemos afirmar que debe entenderse precisamente como un representante genuino en nuestro país del mencionado "barroco clasicista".

A partir de ahí, empieza ya a desarrollarse la arquitectura neoclásica en nuestro país cuyo principal representante es Juan de Villanueva al que siguieron otros discípulos posteriores como Antonio López Aguado, Silvestre Pérez, Justo Antonio de Olaiguibel, Ignacio Haan, Antonio Echeverría, etc.

Juan de Villanueva (Madrid 1739-1811) fue desde muy joven una de esas personas tocadas por el hado de la Fortuna, que destacó desde el principio en la Academia de San Fernando, logrando las máximas distinciones en todos los cursos y que como premio final a tan extraordinario curriculum obtuvo una pensión en Roma donde estuvo desde 1758 hasta 1765. De su estancia sabemos de su valía como estudiante modélico pero también de su mal carácter. Sólo una decepción malogró estos años en Roma al no conseguir el prestigioso premio de la Academia de Parma. Pero sin duda el impacto de su estancia en la ciudad eterna marcan su carrera. De vuelta a España se encuentra con el monopolio arquitectónico de Sabatini, protegido de Carlos III y que impide el acceso a los grandes encargos a ningún otro arquitecto. Pero Villanueva sigue teniendo suerte y un modesto encargo en El Escorial vuelve a marcar su carrera, porque le permite realizar sus primeras obras que no por modestas resultan más apreciadas, en especial la famosa Casita del Principe. Posteriormente, el Motín de Esquilache, obliga a una política de cierta depuración entre los elementos extranjeros de la Corte de Carlos III, lo que da al traste con la figura de Sabatini, que deja así el paso expedito a nombres nacionales para la realización de los proyectos reales. En este contexto se decide por ejemplo, acondicionar un paseo para el solaz del pueblo de Madrid, de donde nace el Paseo del Prado, obra de Ventura Rodríguez, y al propio tiempo el Museo de Historia Natural, posteriormente Museo del Prado, obra ya plenamente neoclásica de Villanueva y uno de los momentos culminantes de su carrera, junto a la obra que realizará poco después, el Observatorio Astronómico. En resumen uno de los mejores arquitectos de nuestra historia y a la vez casi el único neoclásico, no porque no tuviera discípulos, que sí los hubo y los hemos mencionado, sino porque el trance de la Guerra de la Independencia y la inestabilidad de sus años posteriores limitó enormente su trabajo. También por esa razón, por lo oportuno de su nacimiento, Villanueva fue igualmente afortunado.

Como hemos comentado, el Museo del Prado constituye un edificio emblemático que afianza definitivamente la valía de Juan de Villanueva. Ideado en un principio como Museo Natural, fue aprovechado como Museo de pinturas ya en tiempos de Fernando VII, después por tanto de la Guerra de la Independencia. Como obra preclara que es de su autor, resulta uno de los ejemplos más relevantes del Neoclasicismo español, hasta el punto de poderse comparar en importancia al Museo Británico de Londres o al Museo de Arte Antiguo de Berlín.

En planta destaca su compleja estructura, con un cuerpo central que actúa como eje axial, dos galerías simétricas a ambos lados, retranqueadas respecto a la entrada, y dos cuerpos cuadrados en los extremos, cuyas fachadas vuelven a avanzar en relación a las galerías anteriores. Esta disposición muy dinámica, se complementa con su disposición ornamental al exterior. Toda ella responde a patrones clasicistas, con predominio de las líneas horizontales y una perfecta interrelación al entorno urbano. Destaca la fachada principal, coincidente con el cuerpo central referido en planta, que presenta un gran pórtico exástilo de orden toscano.

Por su parte, las dos galerias laterales, pierden el carácter monumental de la fachada, ganando ritmo y agilidad, gracias especialmente a la columnata jónica del piso principal y su secuencia de ventanales, muy racional en su disposición y al tiempo de una gran brillantez visual por el efecto de los reflejos en los vidrios. En cuanto a los cuerpos extremos, son por sí mismos ejemplos idóneos de arquitectura neoclásica, destacando la bella rotonda del cuerpo norte, de un caraterístico ambiente clasicista.

Al interior es curiosa la utilización de bóvedas de diversas soluciones, contrastando así con la imagen del exterior totalmente adintelado y por ello de ritmos pausados y elegantes como corresponde al estilo del monumento.

En cuanto a la serie iconográfica de los áticos, medallones y esculturas exentas, corresponden todos al momento en que se decide la utilización del edificio como Museo de pintura, en época por tanto de Fernando VII y alusivas a su temática de su nuevo destino.

 



 

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