| Julio Romero de Torres: "La buenaventura" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
Julio Romero de Torres.Museo Thyssen Málaga. Málaga. 1922.
No es fácil acercarse con la suficiente objetividad a la obra de uno de los pintores españoles más apreciado en vida y más denostado después, porque probablemente ni en un caso ni en otro, el juicio haya sido del todo ponderado. Julio Romero de Torres (Córdoba 1880-1930) ha cargado con varias lacras ante la historiografía que lo ha evaluado: el de su excesivo folclorismo, el de un romanticismo trasnochado, el de su tendencia tradicional y su desapego a las vanguardias del momento, el de ser el principal responsable de acuñar los tópicos más vetustos de Andalucía y España, el de popularizar una imagen igualmente anacrónica de la mujer española, e incluso también el de tener que cargar involuntariamente con el favor prodigado por Serían motivos suficientes para denigrar su obra, como en realidad así ha ocurrido prácticamente desde su muerte. Pero esta valoración no ha tenido suficientemente en cuenta ni la importancia historiográfica que su obra tuvo en vida, ni sus valores puramente pictóricos, que a lo mejor no deberían despreciarse con tanta ligereza. Julio Romero de Torres nació con estrella artística, porque lo hizo en el edificio del Museo Provincial de Bellas Artes de Córdoba, del que su padre, pintor, era su director. Esta influencia directa desde niño y su propio talento innato explican que muy jovencito iniciara con éxito su andadura artística. No le faltaba además un ansia de saber, que le llevó a viajar por distintos lugares de Europa, buscando referencias. Por ello mismo, su obra sobre todo en sus primeras etapas, coincidirá con la moda modernista y simbolista que inundaba Europa, aunque sin acercarse a las Vanguardias artísticas que tambien estaban ya en plena ebullición. No nos engañemos, en las dos primeras décadas del siglo XX, si atendemos a los estudios historiográficos al uso, parece que en Europa sólo se practicara el arte de las Vanguardias, pero la realidad fue que la gran mayoría de los artistas del momento se dedicaban a un tipo de pintura tradicional, de retrato realista e intención decorativa, que era el del gusto de la burguesía del momento, mecenas principal de aquel entorno artístico. Y es aquí, en ese contexto, en el que hay que incluir la obra de Julio Romero de Torres. Lo que ocurre es que cuando por fin el pintor alcance su plena madurez se va a encasillar en un estilo de gran personalidad, eso sí, pero cuya reiteración, producto se su propio éxito, va a resultar a la larga tópico y cansino. Es éste el Julio Romero de la mujer morena, de la gitana andaluza, como icono simbólico de la belleza española; el pintor de raíz popular; de trasuntos literarios traducidos a pintura; de la imagen en fin de una España castiza y rural, que entroncaría con el regionalismo artístico y cultural que se desparrama por España entre finales de la décadas de los diez y la de los veinte del siglo pasado. Por eso se explica el enorme éxito alcanzado por este pintor, que no sólo fue del gusto de las gentes humildes que veían reproducido en sus cuadros el entorno que ellos mismos compartían, y de la propia burguesía, que gustaba de su estilo tradicional, sino también de muchos intelectuales que coincidían con unos mismos planteamientos ideológicos, caso de Jacinto Benavente, Gregorio Martínez Sierra, el mismo Santiago Rusiñol, y sobre todo Ramón María del Valle Inclán, su más entusiasta defensor. Esa misma interpretación folclórica de Pero si nos atenemos estrictamente a la valoración pictórica de la obra de Julio Romero de Torres, descubrimos otros valores distintos de los aspectos genéricos ya comentados. Son criterios más concretos, que en nuestra opinión permiten evaluar la obra del pintor cordobés en su justa medida. No faltan influencias clásicas, que se barruntan en algunas de sus obras, desde algunas tan directas como la que se observa en su cuadro “El pecado” (Museo Julio Romero de Torres, 1913), cuya relación con A ello hay que añadir la aportación modernista que se advierte en el tratamiento de la mujer, que más allá de sus manidos estereotipos, le otorga un porte elegante que la dignifica siempre, y cuya sensualidad, derivada de un dominio indiscutible en el tratamientro de la luz y en la captación de las texturas, hace de muchos de sus desnudos verdaderos iconos eróticos. En el caso de La clave la da la imagen abocetada del fondo, en la que en un perfilado de la ciudad de Córdoba, que se distingue por el Cristo de los Faroles, la fuente de Aunque el cuadro va mucho más allá. La intensidad de la luz y sobre todo la fuerza del color, conseguida por la rotundidad de los azules sobre los blancos, así como la elegancia, sensual y ufana, de las dos mujeres, le da a la obra todo su esplendor y riqueza plástica. Una excelente pintura, a nuestro modesto entender.
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