| Kallimachos. Afrodita de Fréjus |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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"Afrodita de Fréjus"
Atribuida a Kallímachos Museo del Louvre. París. h. 420 a.c.
La influencia extraordinaria de Fidias y el imponente programa decorativo del Partenon tendrán una influencia decisiva en el devenir de la escultura griega. De hecho es en estos momentos, a mediados del S. V a.c. cuando alcanza su mayor grado de esplendor, al coincidir en el tiempo autores y obras en gran cantidad y de enorme calidad. Todo ello da lugar al periodo del Clasicismo Pleno, en el que el arte griego alcanza su plena madurez. Las aportaciones de este periodo que otorgan ese brillo a las obras escultóricas del momento comienzan con las experimentaciones que sobre el movimiento desarrolla Mirón en las postrimerías del Clasicismo Severo, si bien son los estudios de Policleto y en especial su ilustración del Kanon en su Doríforo, lo que sienta las bases de la estatuaria clásica por excelencia, estableciendo definitivamente un ideal de belleza basado en el triple concepto de la proporción numérica de la figura, el equilibrio simétrico de su composición y la armonía total de la figura como resultado de las premisas anteriores, en la que no falta desde luego un sentido idealizado de la expresión a través del ethos característico de este periodo. Si Policleto sienta las bases del Clasicismo, Fidias lo eleva a la categoría de plenitud, a base de coronar de perfección y belleza toda una serie de obras que pasan al álbum de
La escultura a partir de entonces desarrolla una serie de recursos formales que serán recurrentes durante décadas, hasta que la crisis de Atenas devenga en la aparición de una nueva tendencia conocida como Clasicismo Tardío. Entre dichos recursos habría que destacar principalmente la práctica del contraposto como una forma de disposición de todas las partes de la figura para logar la perfecta simetría y equilibrio de la figura. Será por tanto la forma de composición más utilizada y más característica de la escultura de esta época. Pero no será el único, la luz cobra también un nuevo protagonismo buscando principalmente contrastes de luminosidad y sombra, lo que es un forma de darle a la imagen algo de vivacidad y movimiento. En la mayoría de las ocasiones el recurso para conseguir este efecto se consigue a través del trabajo sobre los pliegues de los ropajes o paños de las figuras. Además con ellos se consiguen otros efectos complementarios, porque las líneas de las arrugas o la caída de los pliegues contribuye a crear ritmo en el conjunto de la pieza, lo que también influye en la sensación final de movimiento que transmite la obra. En este sentido, y como una técnica especial, utilizada inicialmente por Fidias y sus seguidores, pero que seguirá utilizándose con éxito en épocas posteriores es la denominada de paños mojados, utilizada en representaciones femeninas y en la que las telas, muy delgadas y suaves, se adhieren al cuerpo como si realmente se hubieran mojado. Con ello aumenta considerablemente la sensación de sensualidad y delicadeza que adquieren las figuras. Por último se ha hablado igualmente de la expresión, insistiendo en que la escultura griega se caracteriza precisamente por el idealismo de su expresión gestual que se manifiesta en el ethos al que ya hemos hecho referencia, y que representa el estado normal de una persona, su modo de ser habitual y también aquel que se manifiesta en la persona por la educación y el dominio de sí mismo que deben presidir sus acciones. Entre las obras y autores que siguen todas estas premisas hemos elegido una de las más famosas en su tiempo y que pasa por ser una de las referencias durante siglos de la iconografía característica de Afrodita.
Compositivamente la pieza responde a los criterios del momento: mantiene un estricto contraposto clásico; conserva la proporción del kanon de Policleto, y asimismo se recrea en un cuidado trabajo anatómico. Pero otros recursos logran darle una elegancia especial a la obra: de Fidias, Kallimachos aprende un sentido de la elegancia inimitable, pero también un trabajo de paños mojados que le convierte en su principal valedor, siendo tal vez en esta obra donde ese juego de telas adheridas a la piel alcanza un mayor grado de vaporosidad, de delicadeza, de sensibilidad y erotismo. A todo lo cual Kallimachos le insufla su toque personal, su exquisitez y refinamiento, su trabajo preciso y un sentido de la cadencia y del movimiento, logrado a través de la caída de las telas, del suave contraposto y de la expresión amable, que convierten esta pieza en una de las más bellas y elegantes de toda la escultura clásica del arte griego.
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