| K.F. Schinkel: Altes Museum |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Altes Musem. K. Friederich Schinkel. Berlín. 1824-1828. Aunque el tránsito de los siglos XVIII al XIX en el campo de la arquitectura da pie a muy diversas tendencias que se entrecruzan en un mismo periodo, desde la arquitectura historicista que deriva frecuentemente en un mero Eclecticismo a la arquitectura del hierro, hay no obstante una corriente constructiva que resulta congruente con el espíritu de recuperación clásica que supone el Neoclasicismo y que ocupa con gran impulso buena parte del repertorio constructivo de los principales países europeos. La arquitectura Neoclásica, en cualquier caso podría considerarse también un arte historicista, por cuanto trata de recuperar los moldes arquitectónicos del mundo greco-romano, pero no obstante el resultado final es bien distinto del de aquella corriente porque el historicismo sobre todo el de tipo romántico es posterior cronológicamente y además carece de la racionalidad constructiva que caracterizará al Neoclasicismo. Por eso se trata de una tendencia que debe estudiarse como un bloque diferenciado, y que viene definido principalmente por su inspiración en modelos greco-romanos, que en muchas ocasiones se imitan de forma casi mimética. Por ello mismo sus valores esenciales serán los mismos que los de aquella constructiva: la sobriedad y la elegancia, basadas en criterios de armonía, equilibrio y proporción canónicos; la utilización de órdenes clásicos consabidos; e incluso de técnicas constructivas de igual tradición. Por todo lo cual es cierto que su aportación no será excesivamente original, aunque siempre el resultado sea monumental y en ocasiones brillante. En general y por resumir sus características se trataría de una forma de construir definida por las líneas horizontales, donde prodomina la columna y el dintel, de formas compactas y claridad de contornos. Es además una arquitectura cuya referencia constructiva, considerando sus ámbitos de inspiración, es frecuentemente el templo griego, razón por la cual la arquitectura necolásica impone con reiteración una misma tipología en sus exteriores, la de la fachada del templo clásico, lo mismo se trate de iglesias, palacios, teatros, museos, bolsas de comercio, parlamentos, etc. En planta se imponen las formas centralizadas, bien sean cuadradas o curvas. Aunque, lo mismo que ocurría en el arte griego, el valor sustancial de sus edificios se encuentra en su exterior, que en este caso, busca constantemente una sensación de grandiosidad y poder, que generalmente no está desligada de su valoración política, en la que participa como un activo elemento de propaganda. Buena prueba de ello es el papel que juega en el periodo napoleónico, o en la misma Prusia antes de Con ello se pretende también otorgarle un carácter internacional al estilo, superando posibles interferencias locales, si bien es innegable que a pesar de su aparente homogeneidad, el Neoclasicismo en arquitectura presenta indudables diferencias entre unos países y otros. De todas formas en ninguno llegó a tener el Neoclasicismo un auge tan pleno como en Alemania, al menos en dos de sus centros más significados en aquella época, previa aún a su unificación: Prusia con su capital en Berlín y Baviera, con su centro en Munich. No debe de extrañar este fenómeno de exaltación clasicista, que resulta paralelo al de Inglaterra, porque en ambos países coinciden estas fechas con los inicios de su exploración arqueológica, que pronto derivaría en auténtica fiebre, así como en un amor nostálgico por la grandeza de la antigua Grecia o Roma. Finalmente Alemania cuenta en esos momentos con dos arquitectos de extraordinaria personalidad que supieron como nadie trasvasar las formas de la arquitectura greco-romana a las características de los edificios de la época: Friederich Schinkel en Prusia, y Leo Von Klenze en Baviera. El primero es autor entre otras obras del Schauspielhaus o Teatro Nacional de Berlín (1819-21) y sobre todo el Altes Museum o Museo Nacional. Es ésta una obra plena de monumentalidad, proporción y racionalidad clasicista. No exenta además de una indudable personalidad que la convierte en una obra realmente atractiva, distante de cualquier emulación plagista del arte antiguo. El Museo contaba con una planificación urbanística del entorno, que destacaba sabiamente su portentosa fachada. Realmente se trata de una de las muestras más grandiosas y bellas del arte Neoclásico. Prima un sentido estrictamente horizontal en toda la construcción del frontis, lo que contribuye a la sensación se serenidad, sencillez, placidez y monumentalidad que requería el lugar, un Museo. A partir de ahí la impresionante columnata jónica de la entrada se convierte en una cortina visual que atrae al espectador a descubrir los tesoros del interior. Dicha columnata, asentada sobre un podium y sólo interrumpida por la escalera de acceso, mantiene escrupulosamente su trazado plenamente simétrico. Curiosamente, Scinkel se permitió la frivolidad de abrir detrás de la mencionada columnata, y ya dentro del edificio, una terraza a modo de balcón desde la que podía contemplarse el exterior a través de la fachada, lo que integraba en cierto modo la columnata al paisaje. La planta del Alters Museum recuerda otra de las referencias en las que bebe muchas veces la arquitectura neoclásica, el neopalladianismo, y la prueba está en que sobre una estructura rectangular se inscribe en su centro una rotonda que centraliza el espacio y articula el resto de las estancias otorgándole un protagonismo espacial más que notable. Es innegable la coincidencia con las Villas de Palladio y especialmente con Al interior el Museo responde de forma perfectamente funcional a todas sus necesidades, con salas bien iluminadas a lo largo de los muros exteriores, espacios flexibles y muros perpendiculares a las ventanas para que la iluminación de las pinturas no deslumbre.
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