| L. Freud: "Mujer con perro blanco" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Mujer con perro blanco Lucian Freud.Tate Gallery. Londres. 1950.
Lucian Freud, como tantos otros pintores de su generación, es un heredero directo de la pintura de postguerra. Una etapa caracterizada por sus múltipes propuestas artísticas, aunque todas ellas dominadas por un hondo sentimiento de pesar y abatimiento, provocado por las conscuencias terribles de Entre esas propuestas destacan las que se manifiestan bajo el epígrafe genérico del Informalismo europeo, que en sus diversas variantes se extiende como una tendencia a lo largo de las décadas de 1940 y 1950. Una de esas derivaciones del Informalismo se encuentra en la pintura desarrollada por la llamada Escuela de Londres, cuyo principal mentor es Francis Bacon, pero de la que forman parte también pintores como Frank Auerbach, Michael Andrews, Robert Colquhoun o el propio Lucien Freud. En todos ellos la deuda con Bacon es indiscutible, lo que deviene en una pintura de sustrato realista, pero de una profundidad psicológica que llega a distorsionar de variadas formas esa realidad. Lucian Freud nace en Berlín en 1922, hijo del arquitecto Ernest Ludwig Freud y nieto del famoso psicoanalista Sigmund Freud. Pero muy joven marchará a Londres con toda su familia, amenazada por el ascenso del nazismo, convirtiéndose en ciudadano británico en 1939. Será en Inglaterra por tanto donde desarrolle toda su formación y su trabajo. Al principio tímidamente seducido por el Surrealismo, y posteriormente, ya en la década de los años cincuenta, dueño de un estilo propio que irá afirmándose con el paso de los años. Un estilo, que como hemos dicho tiene una primera referencia en la pintura de Bacon. Es de Bacon de quien Freud hereda el soporte de una figuración realista, pero que se desencaja y distorsiona por la fuerza de un expresionismo rotundo y doliente. Pero si Bacon con esta premisa llega a recrear un mundo propio y de formas inconfundibles, Freud también, aunque completamente distinto, porque tanto su figuración, como los ambientes recreados resultan completamente diferentes. Y es que Bacon no es la única influencia de Freud, en su pintura tiene un ascendiente de enorme importancia la tradición expresionista de su país de origen, cuyo realismo rasgado de fuertes trazos y gruesos empastes, asumido por pintores como Egon Schiele u Oskar Kokoschka, incide también en la forma de entender la pintura de Freud. A todo ello además añade su propia personalidad. La pintura de Freud es sustancialmente figurativa porque son retratos mayoritariamente lo que pinta. Personajes de su entorno, como él decía, “la gente que me interesa y que me importa”, desde su madre, a sus esposas, pasando por sus hijas y sus amigos pintores, aunque también se atrevió con un retrato de la reina Isabel II, de la modelo Kate Moss (subastado en 2005 por 4 millones de libras) o del barón Tyssen-Bornemisza, que se exhibe en el Museo de su mismo nombre. Su fama creciente alcanzó su cénit recientemente, cuando se convirtió en el pintor vivo más cotizado del mundo, al subastarse en el Christie's de Nueva York su cuadro "Benefits Supervisor Sleeping" (1995) por 33’6 millones de dólares, en 2008. Su realismo lo convierte en uno de los principales pintores figurativos del S. XX, explayándose además en pequeños detalles de una exquisita precisión. Pero su visión de la realidad circundante, cargada de esa connotación pesimista que envuelve la pintura de los artistas de su generación, le convierte en algo así como un pintor existencialista. Por eso algunos le han catalogado como el “Ingres existencialista”, por su perfecta combinación de realismo y profundidad psicológica. Es esa hondura en los sentimientos y en los avatares del alma humana, que es la que se expresa tan crudamente en su pintura, la que le otorga toda su valía y la condición de ser unos de los grandes artistas del siglo pasado. En su mano los contornos se retuercen, las líneas se quiebran, las figuras se distorsionan, la luz cobra una potencia inusual, y todo ello envuelto en un espacio que enreda extrañamente al espectador, porque también su forma de construir la perspectiva resulta irreal, siempre vista desde varios puntos de vista simultáneos. Algo así ocurre en el cuadro que nos ocupa. En apariencia un retrato convencional de su primera mujer Kathleen Garman, hija del escultor Jacob Epstein. En realidad algo más que un retrato, porque más allá de la imagen concisa de la modelo y del entorno sencillo que la rodea, vemos también la imagen de una madurez que se va marchitando, en la que el rostro melancólico y el detalle del pecho abierto sin la turgencia juvenil, nos hace pensar en el paso del tiempo con un inevitable aire de nostalgia. La mirada profunda, la fuerza de la luz que potencia el verde del batín, la línea de pliegues hirsutos (tan mantegnianos), que potencian la expresividad, y el perro recostado (tan habitual en sus pinturas la presencia de mascotas), y que en este caso refuerza con su gesto la añoranza que envuelve la habitación, consiguen ese efecto hipnótico que emana siempre de las pinturas de Lucien Freud.
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