| La Aljafería de Zaragoza |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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La Aljafería. Zaragoza. S. XI El arte musulmán es una manifestación artística que relacionamos con la expansión política del imperio islámico, y que por tanto tiene su momento de esplendor entre los siglos VII al XII, durante el dominio de las dinastías omeya y abbasí.
Si algo define propiamente al arte musulmán es su carácter eminentemente religioso, un aspecto que en realidad determina todo su concepto de la vida. También por ello al estudiar el arte musulmán encontramos que su representación más característica a lo largo de la historia es la mezquita, su templo y por ello el edificio que conjuga el arte con el elemento consustancial a la cultura islámica, la religión. La mezquita por tanto aglutina los elementos que definen la arquitectura musulmana: Su funcionalidad constructiva y sobre todo la enorme importancia que se le otorga al elemento ornamental. No olvidemos, que el arte musulmán es iconoclasta, porque Dios no puede ser representado de forma alguna, de ahí la importancia que adquiere la decoración como un medio de recrear un ambiente cargado de referencias religiosas y que abrume al espectador con todos sus recursos ornamentales: los hay de todo tipo, desde los efectos de luz, a la decoración vegetal o geométrica, a la reiteración de los textos coránicos, o a la profusión de elementos arquitectónicos sin función constructiva, aunque en todos los casos dominados por un mismo principio de horror vacuii, es decir de repetición hasta el paroxismo, que es lo que consigue ese efecto agobiante sobre el espectador. El arte musulmán se extiende con una enorme rapidez desde su lugar de origen en
Lógicamente
El arte del periodo de Taifas, aunque se desarrolla en un contexto histórico de desintegración y crisis, va a dar lugar a importantes obras, si bien es poco lo que se ha conservado hasta nuestros días. Curiosamente, y como una excepción a lo que es la norma habitual del arte musulmán, que como hemos dicho es su carácter religioso, en este periodo de Taifas la arquitectura civil goza en esos momentos de más interés que la religiosa, y en este sentido habría que destacar al Palacio de
Su nombre original es Qasr al-surur es decir, “palacio del regocijo”, lo que deja clara su función de residencia de recreo. No obstante ya en el S. XII aparece el monumento en las fuentes árabes como al-Yafariyya, derivación del prenombre de su fundador Abu Yafar, sultán de la dinastía hudí que domina Zaragoza y Lérida, y que completa su nombre con el de Ahmad ibn Sulayman al-Muqtadir. La construcción del palacio habría que vincularla al propio reinado de Abu Yafar y por ello se encuadra entre 1046 y 1082, si bien también sabemos que en 1110, todavía estaba en obras. Las vicisitudes históricas de
Lentamente comenzó su análisis y restauración en 1947, de la mano de Francisco Íñiguez y de los estudios de investigación realizados por Christian Evert. Pero aún así los trabajos avanzaban tan lentamente que habrá que esperar a los años ochenta para que se acometiera la definitiva restauración dirigida por el arquitecto Ángel Peropadre. Hoy, el antiguo Palacio es sede de las Cortes de Aragón. La planta original del Palacio retoma la estructura tradicional de los palacios omeyas del S. VIII, como el de Msatta, que imponen un modelo a seguir que se repetirá sucesivamente de manera invariable a lo largo de los siglos. Dicha estructura consta siempre de un recinto rectangular amurallado, en cuyo centro suele abrirse un estanque o alberca que le dé al agua el protagonismo que tiene para la sensibilidad musulmana. Las distintas dependencias se disponen alrededor de dicho rectángulo, distribuyéndose en los lados menores las de mayor relevancia y en los lados largos del rectángulo las habitaciones de servicio. Esta distribución se puede constatar en la mayoría de los palacios que forman el conjunto de
De la época de Taifas se conserva la muralla, flanqueada por dieciséis torreones semicirculares y una torre cuadrada, conocida como Torre del Trovador. Ésta, datada en el S. IX, constituye la parte más antigua de toda la construcción por tratarse de la torre del homenaje de un primitivo castillo anterior a la construcción del palacio. Su nombre, curiosamente, deriva del pasaje literario que localiza en dicha torre el escritor romántico Antonio García Gutiérrez, y que alcanza renombre universal cuando dicho drama, titulado El trovador, es adaptado por Giuseppe Verdi para su ópera Il Trovatore. En la zona central del palacio se conserva el recinto interior que constituiría el palacio propiamente dicho. Como en todos los palacios y según el esquema antedicho, se abre en el medio un patio rectangular (llamado de Santa Isabel), en cuyos lados menores hay dos albercas, y tras ellas las dependencias importantes del recinto. Tanto en un lado como en otro, dichas estancias se hallan precedidas de sus correspondientes pórticos, que en
En cuanto a las estancias laterales de los lados largos del recinto rectángular, desaparecen igualmente con las intervencione posteriores.
Pero como ya hemos dicho
En torno a 1492, y sobre la fábrica musulmana, fue erigido el palacio de los Reyes Católicos. Consta de una magnífica escalera, una galería corrida abierta hacia el patio por grandes cristaleras, y las salas de los Pasos Perdidos cubiertas por una espectacular techumbre de madera gótico-mudéjar, que tienen su culminación en el gran Salón del Trono techado por un soberbio artesonado. A finales del siglo XVI Felipe II ordenó adaptar el castillo para las nuevas armas de artillería, añadiéndose una barrera en talud con baluartes pentagonales en los ángulos y un amplio foso. Ya durante los siglos XVIII y XIX se realizarían más intervenciones, todas ellas desafortunadas, para adecuarlo a su nueva función de acuartelamiento.
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