La Dama de Elche PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Dama de Elche”

Alcudia de Elche (Alicante).

Museo Arqueológico Nacional. Madrid. S. V a.c.


Los griegos denominaron Iberia a las tierras que ocupaban la franja mediterránea de la Península, e iberos a los habitantes autóctonos que poblaban este amplio sector de la Península, que ocuparía desde el Levante al Sudoeste peninsular, hasta la tierra de los Tartesios.

Su civilización y su cultura presenta numerosos aspectos de una marcada personalidad, aunque está ampliamente enriquecida por la aportación de las culturas procedentes del exterior, en especial de fenicios y de griegos, cuya relación con los iberos fue intensa y muy frecuente.

Del arte ibero hay que destacar especialmente la importancia de su escultura (Grupos del Cerro de los Santos. Montealegre del Castillo. Albacete y Cerrillo Blanco de Porcuna. Jaén), aunque también se han descubierto recientemente núcleos urbanos (Isleta de los Baños. Campello. Alicante; Ullastret. Gerona) e importantes necrópolis (Sepulcro del Pozo del Moro. Chinchilla Albacete), que son por cierto, el principal aposento de la escultura.

De sus características generales puede deducirse en primer lugar una plástica singular que hace sus esculturas inconfundibles, cuyo sustrato se hallaría probablemente en las culturas prehistóricas de esta zona oriental de la Península, aunque hay que añadirle como ya se ha dicho una dependencia múltiple de modelos y recursos griegos, fenicios e incluso tartésicos, de éstos últimos concretamente un cierto gusto hacia lo geométrico.

De todo el arte ibérico destacan principalmente como ya se ha indicado, sus esculturas, la mayoría vinculadas a santuarios o necróplis, y algunas de una importancia monumental que las han hecho justamente famosas. Sería el caso más conocido de la Dama de Elche y de la Dama de Baza o la Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos en Albacete.

Como características generales de la escultura ibérica se podrían señalar las siguientes: en primer lugar su franja cronológica que a pesar de las dificultades que todavía entrañan algunas dataciones se puede establecer entre el S. VI a.c. y prácticamente la llegada de la romanización, con obras de los siglos III-I a.c (Relieves de Osuna), si bien el momento álgido de la escultura ibérica son los siglos V y IV a.c, momento en el que los talleres ibéricos realizan sus mejopres obras.

A su vez, la franja espacial ocupa toda la fachada peninsular que mira al Mediterráneo y que incluye las provincias actuales de Córdoba, Jaén, Granada, Albacete, Murcia, Alicante y Valencia.

La calidad e importancia de las piezas demuestra también la existencia de talleres perfectamente organizados y de técnicas refinadas de trabajo, porque de otra forma no se explicaría la ejecución de obras tan monumentales y costosas como muchas de las encontradas. La coherencia y la uniformidad iconográfica es otra constante en las obras ibéricas, que demuestran de paso la solidez de unas concepciones religiosas, en una sociedad avanzada que por lo mismo debió de estar perfectamente organizada.

Se sabe también de la utilización de herramientas y materiales. El material más utilizado en la elaboración de la escultura ibérica es la piedra caliza, porosa y fácil de desbastar. Conocemos la utilzación del puntero en los desbastes inciales de los bloques de piedra; de cinceles de diferente grosor para perfilar; de cinceles de filo curvo para las concavaidades; del pulimentado a base de piedra pómez y esmeril; del punzón para las incisiones; y del estucado (o utilización del estuco, mezcla de cal, polvo de mármol y yeso o alabastro) sobre los que aplicar la policromía. Ésta era habitual, como lo era igualmente en las obras de la época de griegos, fenicios y demás pueblos mediterráneos.

Desde el punto de vista plástico es indudable cierta influencia orientalizante y más concretamente griega en algunos aspectos de esta estatuaria, especialmente en su momento de mayor esplendor. Destacaríamos en este sentido el trabajo de los rostros, la finura y delicadeza de muchos de ellos y su tendencia a la idealización. Se ha hablado también de un cierto geometrismo en algunas imágenes, específicamente en algunas vestimentas y complementos. Y por último habría que añadir a ello la propia aportación de la ideosincrasia ibérica, que desmarca a sus obras de la mera imitación de modelos foráneos: así un cierto desinterés por los cánones de proporcionalidad, un distanciamiento también por representar los elementos orgánicos en las anatomías, y sobre todo una preocupación por el detallismo exquisito, especialmente en la representación de adornos, joyas y aditamentos.

La más famosa de las obras ibéricas, la Dama de Elche, fue encontrada casualmente en 1897 por el doctor Campello, en un escondrijo hecho al efecto para protegerla de la intemperie. El descubrimiento, carente de la conveniente cata arqueológica aunque al parecer se encontraba en un sustrato de época romana, impide una mayor riqueza de datos y noticias para su interpretación. La pieza además pronto fue adquirida por el hispanista francés Perre Paris que la llevó al Louvre (donde por cierto estuivo incluída en una sección de arte persa), hasta que regresó a nuestro país en 1941, en plena ocupación nazi de la capital francesa, cuya jerarquía tuvo este detalle con el general Franco.

Se trata concretamente de la representación de una joven bellamente engalanada en forma de busto. Está muy claro no obstante, que la pieza en algún momento fue seccionada a la altura del pecho,y que sin duda contaría con una mayor prolongación del cuerpo, si es que no era de cuerpo entero como ocurre con la mayoría de la estatuaría ibérica encontrada. Es más, no hay ni un solo ejemplo de escultura de busto.

Del conjunto de la obra destacan dos elementos esenciales: por un lado el rostro de una belleza idealizada, y por otro el extraordinario ropaje que la engalana. El primero ofrece un semblante sereno, de rasgos tersos y de gran finura, de ojos oblicuos y rasgados cuyos iris vaciados contendrían su color correspondiente, en un gesto técnico ajeno por cierto al resto de la escultura ibérica. Nariz igualmente delicada, y labios finos pero firmes en un típico rictus que nos trae a la memoria la estatuaria griega, y confirmaría por tanto esta influencia

Por el contrario, el tocado que la viste resulta muy característico del arte ibérico, por su exuberancia ornamental y por su detallismo. Consta de un túnica abrochada con una pequeña fíbula en el centro, un vestido terciado en el pecho, y un manto de tela gruesa. Como ornamento tres grandes collares con colgantes de anforillas y grandes lenguetas. Sobre la cabeza, un tocado primoroso y espectacular, formado por velo y peineta y sobre aquél, una funda que en la realidad sería de cuero, adornada por esferillas que caen sobre la frente, y a los lados dos grandes rodetes o esferas discoidales enmarcando el rostro, del que penden a modo de pendientes grandes colgantes de perillas.

La imagen en conjunto resulta así sorprendente y hermosa, y aún lo sería más si conservara su policromía, por lo que no debe de extrañar su justa fama desde el momento de su descubrimiento.

En cuanto a su interpretación, siguen barajándose distintas posibilidades. La exietencia de un hueco en su espalda, que tal vez sirviera para alojar las cenizas de un difunto, como ocurre en otras piezas ibéricas, hace pensar en una figura devocional, que probablemente tendría un carácter divino. Tal vez se tratara de una diosa infernal al modo de la Dama de Baza. Igualmente la idealización del rostro y la aparatosidad de sus galas no parecen que sean propias de una mortal, por lo que algunos autores insisten en su condición de divina, vinculada incluso a temáticas de tradición griega, lo que unido a la ya indicada influencia formal les hace pensar en que fuerse realizada por algún taller de esa misma procedencia. Otros autores por el contrario siguen defendiendo la tesis de que se trata de una joven y bella mortal.

Lo que es incuestionable es su singularidad y el nivel técnico de su realización que la convierten con justicia en el mejor emblema de la escultura ibérica.

 



 

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