Leonardo da Vinci: "La dama del armiño" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Retrato de Cecilia Gallerani

(La dama del armiño)

Leonardo da Vinci.

Museo Czartoryski. Cracovia. 1489-90.

Entre las muchas facetas pictóricas de Leonardo, una de las que más contribuyeron a su fama y popularidad fue el retrato. Un tipo de retrato además el suyo, que no es que prodigara en exceso, pero cuyos pocos ejemplos bastan para elevarlo a los altares de la Historia del arte.

Es posible que hiciera algunos más y se hayan perdido, pero los cuatro que se conservan tienen algunos rasgos en común que concitan la innovación en el tratamiento del género y la utlización de recursos característicos que potencian la fuerza expresiva de la imagen. Además se trata en todos los casos de retratos de mujer, de una extraordinaria belleza todos ellos, aunque resulten muy diferentes entre sí. Son, el Retrato de Ginevra Benci (Nacional Gallery of Art. Washington. 1476), el primero cronológicamente; La Belle Ferronière (Louvre. 1495); La Gioconda (Louvre. 1504-1515), el más famoso de todos ellos sin duda; y el que hoy comentamos, el conocido popularmente como La dama del Armiño, en realidad Retrato de Cecilia Gallerani. Todos son preciosos y demuestran por sí solos la enorme categoría pictórica de Leonardo.

En todos los ejemplos, a excepción del primero, se trata de retratos de tres cuartos, lo que alarga el tradicional retrato renacentista de busto; todos son equilibrados y armoniosos, tanto en el plano puramente compositivo, como en el expresivo, dentro de un concepto artístico característico del periodo del Cinquecento, en el que pirma el sentido de perfección y armonía del pleno clasicismo. En todos, las retratadas giran la cabeza en relación a la posición del cuerpo, en un recurso compositivo en ligera torsión que induce al movimiento, pero también a una duplicidad de puntos de vista que favorece la intención expresiva. También es una constante el detallismo exquisito del que da muestras Leonardo; y asimismo es habitual el empleo magistral de recursos lumínicos que realzan el esplendor de las figuras, en especial en La dama del armiño, en La Belle Ferronière, y desde luego en La Gioconda, en el que añade además el recurso revolucionario del sfumato.

La dama del Armiño contó desde los primeros momentos de su estudio, con dos interrogantes que parecen definitivamente resueltas: en primer lugar su propia autoría, y después la identidad de la  retratada. Aunque originalmente el cuadro se atribuyó a Ambrosio di Predis, hoy no se duda de la autoría de Leonardo, ya no sólo porque coinciden la serie de caracterísricas comunes a los otros retratos suyos que hemos comentado, y a que su calidad está igualmente a la misma altura y al alcance de muy pocos artistas, sino porque la misma clave que ha permitido certificar la identidad de Cecilia Gallerani, solventa las dudas sobre su autoría. Se trata de la correspondencia de la propia Cecilia con Isabella d‘Este en la que se habla tanto del retrato en cuestión, por el que ésta se haya muy interesada, como de las alusiones a la mayor categoría de Leonardo como retratista que Giovanni Bellini. Sabemos además que finalmente Isabel d’Este posó para Leonardo, pues en el Louvre se conserva un dibujo en tiza, sanguina y pastel de esta marquesa de Mantua mecenas de las artes, que pudo servir de base a un retrato mayor. Por otro lado los versos que Bernardo Bellincioni, poeta de la Corte de Ludovico, le dedica al retrato, ya señalan a Leonardo como su autor. Prescindimos en todo caso de la inscripción que aparece en un ángulo del lienzo y que si bien reza: LA BELE FERIONIERE, LEONARDO D'AWINCI, es uno más de los añadidos posteriores que hubo de sufrir la pintura, y que en este caso corresponde ya a su etapa polaca, como lo demuestra la doble uve empleada en el nombre del autor. Además muestra su confusión con la identidad de otro de sus retratos.

Iconográficamente hay un detalle igualmente significativo, y es el propio armiño que aparece en brazos de la muchacha y que si se utiliza en este retrato es por su doble valor simbólico. Primero en relación con Ludovico Sforfa, del que Cecilia era su amante, y que hacía del armiño uno de sus emblemas, de hecho se le llamaba L'Ermellino por haber recibido en 1488 la Orden del Armiño que le concedió Fernando I de Aragón, Rey de Nápoles. Por otro lado, hace evocación del apellido de la propia retradada, pues armiño se traduce galé en griego.

Cecilia Gallerani coincidió con Leonardo en el Castillo Sforzesco de Ludovico Sforza o Ludovico “el Moro”, duque de Milán, para el que el pintor trabajó entre 1481 y 1499. Cuando Leonardo la retrata se trataba de una joven de apenas diecisiete años, que como comentamos era una de las amantes del duque, y no sólo, al parecer, por sus encantos naturales, sino por su inteligencia y por su talento artístico que demostraba con sus aptitudes para la poesía y la música.

El retrato como todos los de Leonardo, está cargado de una difícil combinación de espontaneidad y de imperturbable serenidad, sin perder ese halo de misterio que encierra su mirada pofunda y la media sonrisa que esboza su boca.

La composición es la habitual, ya comentada en este tipo de retratos, es decir una estrcuctura piramidal, ligeramente en espiral por la posición vuelta de la cabeza, lo que otorga la consabida serenidad y equilibrio a la figura, y al tiempo un dinamismo que no tienen sus otros retratos. En palabras del citado poeta Bernardo Bellincioni, se trata de una joven que “parece escuchar y no hablar”. El armiño por su parte, vuelta su cabeza en paralelo a la de la dama, trepa por el hombro de la chica, dándole así el toque espontáneo a la escena. Entre las dos figuras se reafirma una expresión cuyas miradas parecen perderse más allá de los límites del lienzo.

El característico detallismo vinciano tampoco falta, bien explícito en la mano de Cecilia, que como tantas otras manos en los cuadros de Leonardo (La Virgen de las rocas, La Anunciación, sus distintas Madonnas e incluso La última cena) resultan de una delicadeza siempre exquisita. Sin olvidar los motivos del atuendo, igualmente primorosos, como el collar de cuentas, la diadema sobre la frente o la delicada toga que cubre su cabeza. El armiño por su parte resulta de un realismo extraordinario y como tal es una de las partes que siempre se ha destacado más en este cuadro.

En La dama del Armiño, Leonardo todavía no experimenta con el recurso del sfumato que tanto juego le dará a la expresión de La Gioconda, pero si utiliza la luz como un elemento de potenciación de la figura. Concretamente el contraste lumínico entre el fondo oscuro y la luminosidad brillante que estalla en el cuerpo de la joven, contribuye sin duda a reafirmar su esplendor y su belleza.

Un cuadro excepcional que ha pasado por no pocas vicisitudes en los últimos tiempos. Adquirido en 1798 por Adam Jerzy Czartoryski, y añadido a su colección particular, tuvo que salir de Polonia al producirse la Revolución de 1830, quedándose durante un tiempo en París. Regresó de nuevo a Polonia, pero sería incautado por los nazis al producirse la invasión en 1939, llegando a formar parte de la colección de Hans Frank, gobernardor de Polonia. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial ha vuelto a Cracovia, donde se encuentra actualmente.

Después de tanto trasiego el cuadro ha sufrido algunas retoques y alteraciones posteriores al trabajo original, especialmente en el fondo del cuadro, que en un momento impreciso entre sus primeras estancias en Polonia o su traslado a París (se habla incluso de que lo tratara Delacroix) se cubrió enteramente de negro, variando así el original, que mostraría un tono más oscuro en el lado derecho y un gris azulado en el izquierdo, desde el que originalmente se ilumanría directamente a las figuras,.

En cualquier caso el cuadro conserva toda su fuerza lumínica, con la que se potencia ese rostro de mirada cálida y amable, que tanto nos atrae. Un cuadro maravilloso de contemplar, que transmite además desde el rostro de Cecilia ese aire característico de los retratos de Leonardo, en el que nos cautiva por igual la intriga de su misterio y el ritornelo de su magia.

Aunque mejor dejar que sean los versos de Bernardo Bellincioni los que nos den cumplida cuenta de la belleza del cuadro:

A quién guardas rencor

A quién envidias naturaleza,

A Da Vinci que pintó

Una de tus estrellas,

Cecilia es hoy aquélla

Frente a cuyos ojos el sol

Parece sombra oscura.

Armio0

 

Comentarios  

 
#1 francisco 12-02-2012 18:36
muy bien explicativo.
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