Luis de Morales: "La Virgen con el niño" PDF Imprimir Correo
(1 voto, media 5.00 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

La Virgen con el niño.

Luís de Morales.

 

Museo del Prado. Madrid. 1568.

 

El ámbito de la pintura del Renacimiento español va a seguir, lo mismo que la escultura, dos líneas fundamentales de inspiración, la del Renacimiento italiano con su aportación clásica y su derivación posterior manierista, y la conocida vena hispánica tradicional.

Y una vez más, la primera de las dos tendencias no logra expresarse en plenitud en nuestra pintura renacentista al encontrarse con frenos impuestos por la tradición religiosa y por la propia presión de la Iglesia, que impiden un desarrollo más rico de los temas mitólogicos, que aquí casi no se tratan, o del desnudo como modelo de belleza, que tampoco se asume, a pesar de ser dos ingredientes fundamentales del Renacimiento italiano.

Por otra parte se mantiene inalterable el gusto mayoritario por la pintura flamenca que tanto éxito había tenido en nuestra última etapa medieval, lo que también obstaculiza la penetración del pleno renacimiento italiano y al mismo tiempo mantiene inalterable el gusto por el expresionsimo dramático de aquella pintura, que en cualquier caso poco tiene que ver con los presupuestos del Renacimiento clásico.

Al menos en la Corona de Aragón si se advierte un mayor impacto de Renacimiento proviniente de Italia, debido a su presencia política en aquella zona. Concretamente su mayor alcance se notará en Valencia, que durante el S. XV desplaza a Barcelona como capital Mediterránea y "reina del mar". Los introductores de la nueva moda italianizante son dos pintores de la zona: Fernando Yáñez de la Almediana y Hernando LLanos, que introducen con notable adelanto muchos elementos propiamente clásicos e influencias patentes de los grandes maestros italianos.

Más adelante se continúan este mismo tipo de influencias en la obra de los Maçip, de Vicente Maçip y sobre todo de su hijo Juan Vicente Maçip, llamado Juan de Juanes, pintor rafaelesco y leonardesco, que no obstante en sus típicas estampas religiosas roza la excesiva blandenguería, si bien es técnicamente una pintura de gran valor.

Todo lo contrario es la obra de Luis de Morales, de un evidente manierismo, exultante sobre todo por su tratamiento de la luz, o la de Juan Fernández Navarrete (Navarrete "el mudo") que entroncaría con la influencia veneciana traída por Tiziano.

Caso aparte es el de El Greco, cuya importancia en la Historia de la pintura universal traspasa cualquier ordenación temporal o espacial.

Luis de Morales "El Divino" (Badajoz 1515-1556) es un caso singular porque también lo es el ámbito en el que se forma. Ciertamente poco tiene que ver la sociedad mercantil valenciana con la sobria austeridad extremeña, escuela a la que pertenece Morales. Aún así, no parece que la formación de Morales fuera exigua por el aislamiento de su lugar de origen. Nada más lejos, se barajan hasta tres focos de influencia donde Morales pudo vivir y aprender su arte. En primer lugar en Sevilla, escuela natural de los pintores extremeños, que como Zurbarán más adelante, encuentran en esa ciudad un importante centro de actividad artística. Se postula también la posibilidad de que viajara a Portugal, tan cercano a su lugar de nacimiento; e incluso parece más que probable que viviera un tiempo en Milán, donde aprendería buena parte de sus resabios manieristas. Su fama en vida y su dedicación preferente al género de pintura religiosa explican el sobrenombre de El divino Morales con el que se le conoce.

La suya es así una pintura de enorme perfección técnica, exquisita en los detalles y muy elaborada, y cuyo manierismo es más que patente en muchos aspectos. Todo ello no impide un aire general en sus cuadros de enorme sencillez y misticismo religioso, que definen así esta escuela pictórica hasta confirmarla con posterioridad, en la figura de uno de sus autores más representativos y conocidos, Francisco Zurbarán.

El cuadro de la Virgen con el niño es uno de los más bellos de su autor y de los que más delatan su avanzado manierismo, aunque iconográficamente resulte claramente leonardesco. Véase así, el bellísmo rostro de la Virgen, inmaculadamente joven, en una intemporalidad de juventud y belleza que nos recuerda la de la Piedad del Vaticano de Miguel Ángel. No sólo eso, la inclinación de la cabeza, sus labios apretados, su barbilla fina y sus ojos caídos, y aún más su tratamiento de la luz, en un sfumato característico, es típicamente leonardesco. En este sentido obsérvese el tul trasparente que rodea su cabeza, de un primoroso dominio técnico y de un ejercicio portentoso de los efectos de luz. Luz que además sorprende por su tratamiento esmaltado y nacarado de una gran delicadeza también.

El color es más manierista, a base de tonos fríos y ácidos que están en la línea característica de este movimiento y que luego aún exagerará más El Greco. Lo mismo que lo es también la delicadeza de algunos rasgos, como los dedos filiformes de la Virgen, y sobre todo el erotismo velado que se manifiesta aquí a través del juego del niño, introduciendo pícaramente su mano en el pecho de la joven.

Morales0

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar