M. Fortuny: "La vicaría" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”La vicaría”

M. Fortuny.

M.N.A.C. Barcelona. 1870.


Si bien Mariano Fortuny (Reus 1838-Roma 1874) fue, lo mismo que Edurado Rosales, un pintor que la muerte segó a una edad demasiado temprana, tuvo en cambio la suerte de cara y al contrario de aquél, le llovió la fortuna y la fama desde el principio de su carrera. La evolución que aporta Fortuny a la pintura española del momento se puede resumir en dos apartados: Uno técnico, al lograr un virtuosismo en el que no faltaba la pincelada chispeante, el colorido brillante y una luz deslumbrante. Elementos todos ellos que aparecen en su pintura durante su estancia en Marruecos como corresponsal gráfico en la Guerra que enfrenta a España y aquel país a partir de 1860. La necesidad de realizar apuntes rápidos otorga cierta libertad a su pincel, así como la luz y el color del lugar enriquecen enormemente su paleta. Así queda claro por ejemplo en obras como La batalla de Wad-Ras; o La batalla de Tetuán.

La otra aportación podríamos considerarla temática. Porque surge entonces una reacción a la pintura grandilocuente, de gusto Neoclásico y de Historia, a la que contribuye además una nueva clientela, la burguesía acomodada, que lógicamente exige cuadros de menor tamaño y temática más próxima a su sensibilidad para decorar sus nuevas casas. Nace así en Francia el tableautin, es decir, el cuadro de pequeño tamaño y cuyo tema se adentra por un camino realista, pero delicado e intrascendente, parecido al de algunos ejemplos del S. XVIII al que en ocasiones emula, por lo que también se conoce este género como casacón. Uno de sus principales mentores, el francés Meissonier será quien introduzca a Fortuny en este género, en el que demostrará todas sus dotes de virtuoso. A veces en obras más ambiciosas como La Vicaría, y a veces en otras mucho más familiares como el precioso cuadrito de Los hijos del pintor en el salón japonés.

Este será el camino realista que emprenda la pintura española del S. XIX de la mano de Fortuny, algunos lo llaman realismo delicado, se relaciona asismismo con las corrientes orientalistas, en boga en esas fechas, aunque también podría llamarse costumbrista, puesto que los temas no están exentos de un casticismo popular, a veces por cierto muy Goyesco, consecuencia a su vez del enorme impacto que ejerció este pintor sobre Fortuny.

Pero al final pareciera que la obra de Fortuny se hubiera quedado a medias, que todo su talento no se potenciara plenamente en estos cuadros menores, tan intrascendentes por otro lado, lo que a su vez provocó en el pintor esa insatisfacción consigo mismo que caracterizó los últimos años de su vida. Aunque lo mismo que ocurriera con Rosales, nunca sabremos hasta dónde hubiera llegado su talento de haber vivido más años.

Desde ese momento lo cierto es que la puerta de la pintura realista se abre definitivamente en España. Un Realismo todavía desconectado del que se realiza en otras partes de Europa, pero en el que ya destacan nombres que irán poco a poco dando solidez a la pintura española en el tránsito de los siglos XIX y XX: el aragonés Francisco Pradilla, dentro aún del ámbito de la Pintura de Historia; Carlos Haes, impulsor de un realismo paisajista; y ya en la década de los 90, el realismo social, de la mano de autores como Ramón Casas y las obras primeras de J. Sorolla.

La Vicaría representa en la obra de Fortuny el momento culminante y la obra principal de sus cuadros de tableautin, en el que desarrolla con la mayor maestría su sensibilidad y colorismo.

La obra toma como pretexto los trámites burocráticos de su propio casamiento con Cecilia de Madrazo, hija del pintor Federico de Madrazo, y en el que no faltan personajes conocidos como sus cuñados Isabel y Ricardo de Madrazo y el propio Meissonier.

El cuadro ha sido calificado frecuentemente como goyesco, no sólo por su luz chispeante, su colorido pastoso y la ejecución vibrante, sino también porque evoca aquella época goyesca con su retahíla de clérigos, cortesanos y toreros. Es por ello una perfecta imagen de la sociedad española de la época y desde ese ámbito puramente realista, la obra supone un cambio radical en la pintura del momento. De ahí el revuelo que alcanzó con su exposición en París y el éxito cosechado, tanto de crítica, con comentarios laudatorios como el del Teophile Gautier que lo consideró “un boceto de Goya retocado por Meissonier”, como también éxito económico, pues el cuadro terminó vendiéndose por 70.000 francos, cifra astronómica para la época.

Técnicamente la pintura es impecable porque aúna con maestría la ejecución minuciosa y precisa, junto a una técnica de pincelada abierta y expresiva, en las que las figuras se distribuyen ampliando la sensación espacial de la habitación en un magnífico juego de perspectiva, lo que aún tiene más mérito considerando las pèqueñas dimensiones del cuadrito, apenas de 55 x 92 cm. El resultado es una pieza a la vez alegre y desenfada, realista en la ambientación, y en la captación de detalles y texturas, y que combina a la perfección el aire decadente y sombrío de la España tradicional de militares, religiosos y burocracia, con el tono exquisito que Fortuny siempre supo otorgarle a sus obras.

 

 

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