| Máscara fang |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”Máscara” Arte fang. Gabón. Museo del Hombre. París. S. XIX. El arte del África negra, como tantos otros aspectos de este continente olvidado, pasa completamente desapercibido hasta que las corrientes artísticas de las vanguardias de principios del siglo XX se fijan principalmente en las máscaras y esculturas negras de los pueblos africanos. En ellas veían los artistas europeos una fuente de inspiración para el arte que estaban desarrollando: revolucionario, sencillo, novedoso y ajeno a las referencias tradicionales del arte occidental. En palabras de E. Gombrich parece quedar más claro: “Cuando se contempla alguna de las obras maestras de la escultura africana es fácil comprender que tal imagen cautivara tan poderosamente a una generación que ansiaba evadirse del callejón sin salida del arte occidental. Ni la fidelidad a la naturaleza ni la belleza ideal, que fueron los temas gemelos del arte europeo, parecían haber preocupado a aquellos artesanos primitivos, pero sus obras poseían, justamente, lo que el arte europeo dijérase que había perdido en su prolongada carrera: expresividad intensa, claridad estructural y espontánea simplicidad en cuanto a su realización técnica”. Pero tampoco sería justo reducir la importancia del arte africano al alcance artístico conseguido por su escultura primitiva. Y menos aún, si sólo se la damos por ser una influencia del arte occidental. El arte africano abarca un inmenso abanico de manifestaciones tanto en el tiempo, porque se desarrolla desde su propia prehistoria, como en el espacio, porque son muy numerosas las culturas diseminadas por todo el continente. En este sentido se puede señalar que hay pinturas rupestres en un amplio arco del entorno sahariano, así como en el África oriental y meridional; en época antigua se conoce la civilización perdida de Nok, en Nigeria; y siglos después, coincidiendo con nuestra Edad Media se desarrolla una de las culturas más impresionantes, la de Ifé en el S. XIII, alrededor del Golfo de Guinea, y en el mismo entorno, la de Benín, entre los siglos XII al XVII. Coincidiendo aproximadamente en las mismas fechas también se conocen obras del pueblo de los Sao en el Chad, entre los siglos X al XVI; y no debe olvidarse la estatuaria en piedra del Congo, datable alrededor del S. XVII. Tampoco son las únicas, podríamos hablar hasta completar todo un grueso volumen del arte yorube alrededor del Níger; de las culturas de Malí; de los dogón del Sudán; los dan en Costa de Marfil; del arte de Burkina-Faso; de las culturas de Gabón, como los fang, que hoy vamos a analizar; de los bantú del Zaire; o de todas las culturas del Gran Zimbabwe en el África meridional. A pesar de esta expansión del arte africano, se advierte no obstante, que en la mayoría de los casos hay una serie de elementos comunes que relacionan unas culturas y otras: su correspondencia con temas religiosos y rituales vinculados a la temática de la fertilidad y la superviviencia (caza, combate, etc); la preeminencia de un arte mueble sobre el pictórico, destacando, máscaras, adornos, vestimentas, pero sobre todo con una preferencia por la obra escultórica; y en este sentido también se puede destacar como elemento común el protagonismo de la figura humana sobre cualquier otro tipo de representación. Todo ello desde el punto de vista iconográfico, desde el punto de vista puramente plástico se utilizan todo tipo de materiales para la realización de sus variadas piezas, aunque hay un predominio de la madera en sus múltiples variedades, razón por la cual se habrán perdido tantas obras con el paso del tiempo. Por otro lado, se advierte un claro sentido de la síntesis y la simplificación formal, hasta rayar en la abstracción; un predominio de la expresión simbólica, y por ello un rechazo al naturalismo en sus representaciones, que lógicamente lleva aparejado falta de proporcionalidad, ausencia de movimiento, hieratismo, cierta rigidez, etc, pero también en todos los casos un fuerte sentido expresionista, que las hace tan impactantes. Esta simplificación formal que se resuelve muchas veces reduciendo las piezas a formas geométricas esenciales, su antinaturalismo y su fuerte carga expresiva, explican en buena medida las razones de su aprecio por los artistas de vanguardia y en especial por los cubistas. Entre las obras de arte africano que más llamaron la atención de los artistas europeos de principios del S. XX se hallan las máscaras de los pueblos fang. Tal vez originarios de las sabanas, parece ser que llegaron a las costas de Camerún, Gabón y Guinea a finales del S. XIX. De entonces datan muchas de las piezas que se conservan de su arte, buena parte de ellas máscaras. La mayoría de madera pintada, como en este caso, madera pintada al caolín. El estilo de los fang alcanza el mayor grado de simplificación geométrica del arte africano: de formas oblongas o triangulares son capaces de transmitir toda su enorme fuerza expresiva a través de apenas unos mínimos trazos gestuales. Con lo mínimo consiguen evocar lo máximo, porque en sus miradas profundas y en sus rostros misteriosos parece que se esconde todo aquello que nos resulta transcendente y extraño, la vida, la muerte, el destino...De hecho, parece que son piezas asociadas al culto de los antepasados. En este mismo sentido decía Juan Gris: “Son manifestaciones diversas y precisas de grandes principios y de ideas generales”. Y como se ha dicho, son las piezas más apreciadas por los artistas de vanguardia junto a las máscaras dan, que resultan igualmente sencillas y sugerentes. Vlaminck, Derain o Vollard adquirieron piezas fang, y Modigliani se inspiró directamente en algunas de ellas al realizar sus rostros esculpidos.
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