Miguel Ángel: "David" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

David.

 

Miguel Ángel Buonarroti.

Academia. Florencia. 1502-1504.

 

Cuando en 1501 las autoridades de la Ópera del Duomo de la Catedral de Florencia le encargan la realización del David a Miguel Ángel, éste contaba veintiséis años, y a pesar de su juventud ya era considerado un artista de renombre y de una personalidad arrolladora. Para entonces había realizado obras como la Virgen de la Escalera, el Bacus del Museo Bargello, el Crucifijo del Santo Spiritu, o la Piedad del Vaticano, su obra maestra de esta primera etapa de juventud, en la que certifica su vinculación al clasicismo pleno del primer Cinquecento, aunque sin perder nunca de vista en su obra la fuerza de una talla siempre marcada por una energía y una volumetría inusual. No iba a durar mucho este periodo, ese mismo ímpetu que definia por igual su personalidad y su obra, le llevaría de inmediato hacia un estilo donde el orden, la simetría y el equilibrio, definidores del ideal clásico de belleza, iban a resultar una limitación a su torbellino expresivo. El paso definitivo desde ese primer periodo clásico hacia el estilo heroico, caracterizado por su grandeza y monumentalidad, iba a producirse precisamente con la obra del David.

No era un proyecto nuevo. La idea de los capataces de la Ópera del Duomo de decorar los contrafuertes del ábside de la Catedral de Florencia con doces esculturas representativas de otros tantos personajes del Antiguo Testamento se retoma al inicio de siglo. La dedicada al personaje de David se le encarga a Agostino di Duccio al que para ello se le invita a que aproveche un enorme bloque de mármol (tan grande que le llamaban “el gigante”) que allí había quedado arrumbado desde hacía casi 25 años, cuando Simone da Fiesole lo había estropeado al trabajar sobre él. Se trataba pues de sacar una imagen del David reaprovechando el enorme bloque de más de cinco metros de altura, lo que ya de inicio suponía un problema no menor, pues dado el estado de la pieza original, la obra habría de hacerse “ex uno lapide“, es decir, de una sola pieza.

Ni Agostino di Duccio primero, ni Antonio Rossellino después fueron capaces de lograrlo, con el agravante de que no consiguieron sino estropear aún más el bloque original. Hubo que buscar entonces un artista de suficiente valía como para poder aprovechar definitivamente el bloque, elección en la que ya se baraja el nombre de Miguel Ángel, que además porfió él mismo por obtener el encargo. Así fue finalmente, y en agosto de 1501 los responsables de los trabajos de la Ópera del Duomo le encargan la escultura del David a Miguel Ángel. Dos años después la obra estaría acabada, constituyendo una de las esculturas más grandiosas y espectaculares de toda la Histroria del arte.

Tampoco era una iconografía nueva. El David, se había convertido en un referente de gran simbolismo desde el Quattrocento, porque más allá de su lectura bíblica, durante el Renacimiento se transforma en emblema del poder de la inteligencia sobre la fuerza bruta, tema que bajo un pretexto religioso tenía así en realidad un enorme componente humanístico. Por ello también las formas de representarlo son muy variadas, pero prima siempre una imagen que tiene en el David de Donatello su máxima expresión y que se caracteriza por contraponer a una anatomía frágil una gran fuerzas expresiva, de tal forma que es el propio contraste que remarca la debilidad del cuerpo, el que le otorga al David toda la fuerza que esconde su inteligencia.

Miguel Ángel lo va a concebir justamente al contrario. Para que quede clara toda la fuerza arrolladora de su personalidad no establece contraste ninguno, sino que exalta toda su fuerza tanto al exterior, a través de su cuerpo portentoso, como al interior, por medio de toda la fiereza de su expresión gestual. Es Miguel Ángel en estado puro, y aunque en muchos aspectos el David sigue siendo una obra de tradición clásica, ya sale a relucir toda la explosión vital que caracterizará en adelante la obra de Miguel Ángel. De la tradición clásica queda su equilibrio compositivo, su marcado contraposto, su desnudo clásico, y un concepto de la talla anatómica, precisa y natural. Pero la obra no es clásica. Su tensión compositiva y expresiva rompe por completo los ideales de armonía y equilibrio. Tensión marcada en un cuerpo exultante, en una anatomía de músculos a punto de estallar, en un canon de enormes proporciones que transmite la idea de fuerza, pareja a la de su monumentalidad, de cierta desproporción incluso en algunos de sus miembros, que no hacen más que remarcar su potencia y su poder, incluso a través de su pelo encrespado y revuelto, en un característico trabajo a trépano que también interviene en la agitación de la figura. Pero en nada quedaría todo este acopio de portento físico, si faltara el poderío de su mente, que en cualquier representación del David, en base a su simbolismo que ya hemos explicado, ha de estar siempre muy remarcado. En este caso también lo está. No sólo la propia tensión muscular es un componente de fuerte expresividad, lo es también su actitud retadora, su cabeza girada como buscando a un Goliat que no aparece, pero sobre todo su profunda mirada, de una penetración y fijeza que haría temblar al más brutal de los gigantes.

Así, la imagen de este David, es la del Hombre poderoso y vencedor, la del Hombre invencible, la del Hombre superior. Un héroe por tanto, atleta perfecto y personalidad dominadora, y por ello mismo también, mucho más que un personaje bíblico e incluso algo más también que el símbolo del poder de la inteligencia que constituía su referente renacentista. En aquel contexto florentino, de proclamación republicana tras la expulsión de los Médici, el David se convirtió de inmediato en un símbolo también de la República de Florencia, y como tal en un emblema de sus libertades. Las propias palabras de Miguel Ángel al acabar la obra confirmaron este simbolismo: “Como David ha defendido a su pueblo, así quien gobierna Florencia debe justamente defenderla y gobernarla con justicia “.

Tal vez por esto mismo terminada la obra se desechó la idea de colocarla frente a ninguno de los contrafuertes de Santa María dei Fiori, la escultura merecía una localización principal en el corazón de la ciudad. Una comisión ciudadana entre los que se encontraban nombres tan prestigiosos como Boticelli, Leonardo da Vinci, Piero di Cosimo, Pietro Perugino o Andrea della Robia, consideraron el emplazamiento oportuno en la Logia dei Lanzi, pero sería el propio Miguel Ángel el que haciendo gala una vez más de su personalidad, impondría su criterio de colocarla en medio de la Plaza de la Señoría frente al Palacio Vecchio. Se cuenta que el traslado de la pieza desde el taller de Miguel Ángel hasta la plaza, resultó un verdadero acontecimiento ciudadano que sacó a la calle a miles de vecinos para verlo.

Y allí estuvo, desprotegida de las inclemencias físicas y humanas hasta 1873, momento a partir del cual pasó a la Academia de Florencia donde puede verse en la actualidad. Entre tanto la escultura sufrió las incidencias de esa desprotección. Las revueltas contra los Médicis de 1527 le amputaron un brazo cuando cayó sobre la escultura un banco lanzado desde una ventana; un rayo incidió sobre la base de la escultura; a mediados del S. XIX una desafortunada limpieza con ácido clorhídrico destruyó el barniz protector con el que Miguel Ángel había cubierto la pieza para evitar las inclemencias meteorológicas, que por ello mismo desde ese momento estropearon rápidamente la escultura. Ni siquiera cuando la obra ya se hallaba a buen resguardo en la Academia acabaron sus peripecias, pues en 1991 Pietro Cannata, un desequilibrado suponemos, se abalanzó sobre la obra con un martillo, destruyendo un dedo del pie izquierdo del David.

No importa. La pieza se conserva actualmente en perfectas condiciones, y sigue siendo una de las más hermosas y espectaculares de toda la Historia de la escultura, así como una de las referencias esenciales para comprender la grandeza del arte, y desde luego, el sentido último de la belleza.

David1

David2

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