| Miguel Ángel: "David" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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David.
Miguel Ángel Buonarroti.
Academia. Florencia. 1502-1504.
Cuando en 1501 las autoridades de la Ópera del Duomo de No era un proyecto nuevo. La idea de los capataces de la Ópera del Duomo de decorar los contrafuertes del ábside de Ni Agostino di Duccio primero, ni Antonio Rossellino después fueron capaces de lograrlo, con el agravante de que no consiguieron sino estropear aún más el bloque original. Hubo que buscar entonces un artista de suficiente valía como para poder aprovechar definitivamente el bloque, elección en la que ya se baraja el nombre de Miguel Ángel, que además porfió él mismo por obtener el encargo. Así fue finalmente, y en agosto de 1501 los responsables de los trabajos de la Ópera del Duomo le encargan la escultura del David a Miguel Ángel. Dos años después la obra estaría acabada, constituyendo una de las esculturas más grandiosas y espectaculares de toda Tampoco era una iconografía nueva. El David, se había convertido en un referente de gran simbolismo desde el Quattrocento, porque más allá de su lectura bíblica, durante el Renacimiento se transforma en emblema del poder de la inteligencia sobre la fuerza bruta, tema que bajo un pretexto religioso tenía así en realidad un enorme componente humanístico. Por ello también las formas de representarlo son muy variadas, pero prima siempre una imagen que tiene en el David de Donatello su máxima expresión y que se caracteriza por contraponer a una anatomía frágil una gran fuerzas expresiva, de tal forma que es el propio contraste que remarca la debilidad del cuerpo, el que le otorga al David toda la fuerza que esconde su inteligencia. Miguel Ángel lo va a concebir justamente al contrario. Para que quede clara toda la fuerza arrolladora de su personalidad no establece contraste ninguno, sino que exalta toda su fuerza tanto al exterior, a través de su cuerpo portentoso, como al interior, por medio de toda la fiereza de su expresión gestual. Es Miguel Ángel en estado puro, y aunque en muchos aspectos el David sigue siendo una obra de tradición clásica, ya sale a relucir toda la explosión vital que caracterizará en adelante la obra de Miguel Ángel. De la tradición clásica queda su equilibrio compositivo, su marcado contraposto, su desnudo clásico, y un concepto de la talla anatómica, precisa y natural. Pero la obra no es clásica. Su tensión compositiva y expresiva rompe por completo los ideales de armonía y equilibrio. Tensión marcada en un cuerpo exultante, en una anatomía de músculos a punto de estallar, en un canon de enormes proporciones que transmite la idea de fuerza, pareja a la de su monumentalidad, de cierta desproporción incluso en algunos de sus miembros, que no hacen más que remarcar su potencia y su poder, incluso a través de su pelo encrespado y revuelto, en un característico trabajo a trépano que también interviene en la agitación de la figura. Pero en nada quedaría todo este acopio de portento físico, si faltara el poderío de su mente, que en cualquier representación del David, en base a su simbolismo que ya hemos explicado, ha de estar siempre muy remarcado. En este caso también lo está. No sólo la propia tensión muscular es un componente de fuerte expresividad, lo es también su actitud retadora, su cabeza girada como buscando a un Goliat que no aparece, pero sobre todo su profunda mirada, de una penetración y fijeza que haría temblar al más brutal de los gigantes. Así, la imagen de este David, es la del Hombre poderoso y vencedor, la del Hombre invencible, la del Hombre superior. Un héroe por tanto, atleta perfecto y personalidad dominadora, y por ello mismo también, mucho más que un personaje bíblico e incluso algo más también que el símbolo del poder de la inteligencia que constituía su referente renacentista. En aquel contexto florentino, de proclamación republicana tras la expulsión de los Médici, el David se convirtió de inmediato en un símbolo también de Tal vez por esto mismo terminada la obra se desechó la idea de colocarla frente a ninguno de los contrafuertes de Santa María dei Fiori, la escultura merecía una localización principal en el corazón de la ciudad. Una comisión ciudadana entre los que se encontraban nombres tan prestigiosos como Boticelli, Leonardo da Vinci, Piero di Cosimo, Pietro Perugino o Andrea della Robia, consideraron el emplazamiento oportuno en Y allí estuvo, desprotegida de las inclemencias físicas y humanas hasta 1873, momento a partir del cual pasó a No importa. La pieza se conserva actualmente en perfectas condiciones, y sigue siendo una de las más hermosas y espectaculares de toda
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