Miguel Ángel: "La pietá" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Viernes, 06 de Julio de 2007 12:10
"La Pietá".

Miguel Ángel Buonarroti
San Pedro del Vaticano. Roma. 1499.

Miguel Ángel Buonarroti, tal vez el más grande entre los grandes de la Historia del arte, merece por ello mismo un capítulo especial en esta sección de “Miradas CREHA”, de ahí que por primera vez nos atrevamos con un comentario doble, en el que analizaremos primero una de sus obras de su juventud, inscrita en su primera etapa plenamente clásica, y posteriormente una de las últimas, plenamente manierista. Poco tienen en común desde el punto de vista formal, pero sin embargo sí lo tienen desde el punto de vista iconográfico pues se trata en ambos casos de una “Piedad”, dos de las cuatro que llegó a hacer. Un perfecto ejemplo, nos ha parecido, para comprender la evolución de su obra, que en su persona es tanto como decir la evolución de todo un periodo de la Historia del arte.

Miguel Angel, nacido en Caprese lugar muy cercano a Florencia, en 1475, comenzó muy joven su formación artística, pues a la vista de sus aptitudes innatas para dibujar, entró a los trece años en el taller de Doménico Ghirlandaio. Sus obras de juventud se inician con una elocuente precocidad ya que a los dieciséis años ha realizado el bajorrelieve de la Virgen de la escalera. A ella seguirían otras obras como el Combate de Centauros y lapitas, realizado prácticamente a la vez, o el Hércules terminado en 1492.

Pocos años más tarde, contando todavía apenas veinte, realiza un San Juan adolescente, Baco con un sátiro y el famoso Cupido dormido que un comerciante enterró para falsearlo como descubrimiento arqueológico. Pero sin duda las dos obras de juventud más sorprendentes por la madurez artística que demuestran cuando no su atrevimiento, son la Piedad del Vaticano, paradigma de puro clasicismo, y el formidable David. Una, terminada a los veinticuatro años y el otro comenzado a los veintisiete.

Algo más tarde, a partir de 1513, comenzaría la obra frustrada del sepulcro de Julio II, del que podríamos rescatar como obra de madurez el Moisés, hoy refugiado en la iglesita de San Pietro in Vincoli de Roma. A pesar del interés que pone en esta empresa, el Papa desiste del encargo al emprender la construcción de la nueva Basílica de San Pedro. Miguel Ángel no soporta este desdén y en un rapto de cólera abandona Roma despreciando cualquier otro encargo papal. Éste, sin embargo, vuelve a requerirle, en esta ocasión para que pinte la Capilla Sixtina, obra que Miguel Ángel nunca quiso hacer y que además le costó no pocos disgustos terminar. Sin embargo, con ella su fama no hizo más que aumentar, lo que explica que le llovieran encargos y que nunca pudiera concluir la obra de sus sueños: la Tumba de Julio II, de la que sólo terminó algunas obras sueltas.

Su actividad fue incansable hasta los últimos días de su vida: Ya mayor, entre 1547 y 1564, realiza la Cúpula del Vaticano, y poco antes de morir, a los 89 años, termina la tercera versión de su última Piedad, la Rondanini. Durante tan largo lapso de tiempo y tratándose de un hombre renovador y heraldo de la vanguardia, no puede extrañar que por sí mismo protagonizara un cambio radical en la evolución de la Historia del Arte.

Aunque Miguel Ángel fue un artista total que revolucionó la expresión plástica en cualquiera de las facetas que trató, fue por encima de todo, escultor. Es en el campo de la escultura donde encontramos una mayor producción y mayor número de obras extraordinarias, además él mismo se sentía más cómodo en este género que en ningún otro y prueba de ello es el enorme enfado que le provoca la interrupción de la tumba del papa Julio II, que constituía todo un programa escultórico que se habría convertido en la obra de su vida.

Toda la escultura del S. XVI y muy especialmente la de su primera mitad, está dominada por la ingente obra de Miguel Ángel, lo que en gran medida eclipsa al resto de escultores, especialmente aquellos más apegados a la tradición clásica. Tanto es así que la mayoría de ellos son pocos conocidos, como Sansovino o Lorenzetto, y que la pléyade de escultores realmente importantes del S. XVI italiano se inscriben en el ámbito manierista por influencia directa de la obra de Miguel Ángel.

La evolución que experimenta su estilo será tan profunda como grandiosa su obra: y puestos a sistematizar tanto trabajo, podría hablarse de una primera etapa juvenil de marcada por un corte clásico, que pronto da lugar a un periodo heroico en el que se manifiesta plenamente su famosa terribilitá, para pasar a continuación a un punto de inflexión anticlásico que marca definitivamente la impronta manierista, y así hasta el final de su vida, marcada por una profunda religiosidad, que se reflejará en una obra póstuma de una enorme interioridad y de una gran reflexión personal.

La primera Piedad, la Pietá del Vaticano, corresponde a sus primeros años de trabajo, todavía influenciado por el carácter clásico del pleno Cinquecento y distante aún del tono heroico que empleará en el David o de la terribilitá que demostrará en su imponente Moisés. La Pietá del Vaticano es la más clásica y la más humanista de toda su producción.

La iconografía que emplea Miguel Ángel en esta primera versión es también de una continua referencia clásica: el mismo tema del dolor de la madre ante el hijo muerto desborda la simbología cristiana y se inscribe en un tema universal que por ello mismo tiene un fuerte carácter humanista. Por otra parte la idealización con la que trata el tema es igualmente un remanente de inspiración clásica: así, el concepto de belleza, que se exalta en toda la pieza, pero que alcanza un nivel primoroso en el rostro de la Virgen, no sólo de una belleza delicada y pura, sino además idealizado hasta el punto de representar el rostro de la Virgen más joven que el de su propio hijo, anacronía que su autor explica por la necesidad de "mostrarla eternamente virgen", lo que no hace más que reforzar su simbolismo virginal. En el fondo no deja de ser un concepto neoplatónico de la belleza, tan extendido en esta etapa de pleno clasicismo.

No queda ahí la visión clásica de esta “Piedad”. Clasicista es también el tratamiento del manto, que cae elegante, cincelado con grandes oquedades que provocan contrastes de luz y sombra; la composición triangulada, de formas estables y equilibradas; la expresión serena de los personajes, victoriosos ante el drama de la muerte; el cincelado preciso y detallado de todo el grupo, y desde luego ese pulido inigualable del mármol del que Miguel Ángel fuera el mayor maestro, y que le otorga a la pieza unas calidades en las texturas, un brillo y una luminosidad, extraordinarias.

Eso es la Pietá, Idealización y perfección técnica para conseguir una de sus obras más bellas.



 

 

 

 

Comentarios  

 
#1 Jorge Luis Jiménez T 14-08-2012 01:29
La Pietá de Miguel Angel. Es una de las obras de arte preferidas desde mi infancia. Su belleza es inigualable. Impresiona el arte y la mestría del entonces joven escultor, a los 23 años. Poesee una fuerza impactante. Que contrasta, con la suave majestad de La Virgen María. El Cristo yacente. Es bellísimo. Inspira paz y absoluta confianza. En su próxima Resurrección.
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