| Miquel Barceló: "El taller de esculturas" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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El taller de esculturas Miquel Barceló.Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.Madrid 1993.
Hablar de Miquel Barceló (Felanitx, Mallorca 1957) es hacerlo de uno de los pintores más reconocido internacionalmente, de mayor proyección artística, más laureado en vida, y sin duda uno de los referentes culturales de Un artista precoz, que adolescente se vio atraído por la creación artística, al punto que a los diecisiete años realiza su primera muestra individual y a los veinticinco participa ya en la documenta de Kassel, que es tanto como decir que participa en la exposición de arte contemporáneo más importante del mundo. Desde entonces su fama no ha parado de crecer paralelamente a su creatividad artística. Más de uno ha puesto en relación a Barceló con Picasso, pero no por sus coincidencias artísticas, o por su consideración internacional, sino por su actitud ante la pintura y el hecho creativo. Porque como Picasso, la pintura de Barceló es potente y sólida, y como Picasso, a Barceló le gusta innovar constantemente, sin apego excesivo a las modas o tendencias, sino sólo a su instinto, que al final se convierte por sí mismo en una nueva moda o tendencia. Si estudiamos la pintura de Barceló en el contexto del arte de su época, es decir del último tercio del S. XX y primera década del XXI, se observa que sus primeros pasos se relacionan con las últimas propuestas del Arte conceptual y del Arte povera. Pero a partir de la década de los ochenta coincidiendo con otros artistas postmodernos de la documenta de Kassel de 1982, que es como hemos dicho la que le catapulta al panorama artístico internacional, ya sigue claramente las líneas de expresión marcadas por Según sus propias palabras, sus cuadros adoptan desde entonces un aspecto: “animalístico, zoomórfico, erizado, violento, punzante, grosero, escatológico”. Dice más “el renegar de la tradición Cézanne-Matisse, por una parte, y la “popdadaslacanduchambreton”, por otra, y retomar un baile que iba para mi desde Valdés Leal a los ignotos pintores de pulpos y mejillones murales del barrio chino de Barcelona, fue casi un acuerdo tácito tomado por muchos artistas a la vez y en todas partes”. Podría decirse a tenor de lo escrito, que a Miquel Barceló habría que relacionarlo en lo inmediato con la propuesta postmoderna del arte de los años ochenta, y en lo distante con la tradición española más genuina de un arte fuertemente expresivo y potente en su aplicación plástica, sobre todo en lo que se refiere a la fuerza de la luz, del color y de las texturas. ¿Qué es el arte Posmoderno? Una reacción a la rigidez dogmática de algunas Neovanguardias, en el que se sacraliza la libertad plena del artista, en el que prevalece la emoción sobre la razón y en el que se defiende la coincidencia entre arte popular y arte culto, tratando de evitar su separación. Lo que ocurre es que esta declaración de intenciones es lo suficientemente ambigua como para que de aquí surgieran muy diversas tendencias, que se incluyen genéricamente en ese concepto de arte Posmoderno. En Europa principalmente dos: Pero Miquel Barceló ya hemos dicho que no se encasilla en una tendencia determinada, y evoluciona con rapidez. Y en este sentido su aventura africana, su viaje a Mali (donde llegará a establecerse, combinando sus residencias con Mallorca y París), resultará determinante. Le ocurre algo similar a lo que en su día le pasara a Gaguin en su marcha a Tahiti, que se trata de un viaje en el tiempo para encontrarse con lo primitivo, con lo esencial y básico de la vida y por ende, del arte. Sus numerosas series africanas, algunas realizadas en acuarela, de una exquisita delicadeza, persisten en su pintura rotunda y temperamental, pero ahora llena de una naturaleza virgen que invade sus cuadros, que son ahora de una mayor sencillez plástica, en un reduccionismo técnico del que sólo sobrevive con toda su fuerza su poderío expresivo. “El taller de esculturas”, también se inscribe en otra amplia serie de visiones de su propio trabajo, con las que Barceló se replantea el papel del artista y el suyo mismo. Un motivo para experimentar con su estilo, pero insistiendo en una iconografía que reflexiona sobre su propia obra. En este cuadro se podría decir que va más allá, porque lo que se plantea es la frontera entre pintura y escultura, cada vez más difuminada en el arte moderno. Se trata del típico recurso del cuadro dentro del cuadro, en el que vemos su taller, por el que se desparraman pinturas y escultras, pero en un juego de confusiones, porque algunos cuadros cobran apariencia de esculturas, sin olvidar que la técnica que ha utilizado en su realización es la acumullación gruesa de empastes y texturas sobre el lienzo, para conseguir una apariencia “escultórica” también de la pintura. El resultado es un curioso juego iconográfico que nos hace reflexionar sobre la identidad y el carácter indefinido del arte actual, pero es sobre todo un cuadro de una enorme fuerza expresiva. Ya no sólo por la rotundidad de las texturas y los trazos (que son en realidad modelados), sino porque el concepto del espacio pictórico, del quilibrio cromático, de la intensidad de la línea y del impacto visual que todo ello suscita en el espactor, hacen de este cuadro monumental una pintura, pintura. Su intensidad consigue que esta serie de objetos inanimados que pululan por el taller cobre vida, y que como en los cuadros de Van Gogh, la habitación se agite y palpite hasta lograr que el espectador se involucre en ella, que en este caso es tanto como involucrarse en el propio mundo de Barceló y en su univereso creativo. Por eso para algunos autores, El taller de esculturas es también un autorretrato, en el que no vemos a su autor, pero está presente a través de su mirada que nos abre su mundo. Miquel Barceló, Premio de Artes Plásticas 1986; Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2003; autor polémico de dos obras monumentales como Por todo lo dicho, Barceló es ya, uno de los grandes nombres de
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