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”Moai”.
Isla de Pascua (Chile)
Entre 1250-1500
La Isla de Pascua (Rapa Nui) siempre ha provocado una sensación incierta, a medio camino entre el misterio y el asombro, en parte tal vez por su situación, en medio del oceáno y lejísimos de cualquier otro lugar habitado, en parte por su extraño paraje volcánico, y sobre todo por el insólito espectáculo de sus más de mil gigantescas esculturas, los moai, diseminados por toda la isla.
Su mayor proximidad al continente americano, de hecho la Isla de Pascua en la actualidad pertenece administrativamente a Chile, país del que no obstante, dista 3600 Km, hizo pensar en una colonización procedente de América, y en el deseo de demostrarlo se inscribió la famosa aventura protagonizada por el noruego Thor Heyerdahl de la famosa expedición de la Kon-Tiki, una balsa de maderos con la que realizó el viaje a la isla desde Perú. Pero en la actualidad esa tesis se ha sustituido por la idea, cada vez más asentada, de que fueron gentes polinésicas las que arribaron a la isla y las que trajeron un culto a los antepasados que daría lugar a la creación de los moai. Imágenes gigantes realizadas en roca volcánica, o toba, de perfiles angulosos, asentados sobre plataformas, ahu, en las que se asentaban una o varias estatuas, y coronadas casi siempre por una especie de gorro cilíndrico de color rojizo, el pukao. Son imágenes de evidente estatismo y rigidez, con los brazos adheridos a los costados y sensación de bloque, de las que destaca principalmente, aparte de su descomunal tamaño, sus rasgos faciales, con una nariz larga y puntiaguda, barbilla pronunciada y grandes orejas de lóbulos perforados. Aunque la mayoría presentan hoy las órbitas oculares vacias, los ojos serían de una gran expresividad al realizarse con láminas de coral blanco. Todas ellas miraban al interior de la isla, al contrario de lo que se ha dicho muchas veces, en un intento de proteger a sus habitantes con su presencia y su atenta mirada.
Cuando los europeos descubrieron la isla, lo curioso es que se encontraron los moai destruidos y derribados por el suelo. El mismo Cook, cuando arriba a la Isla de Pascua en 1770 comenta que los nativos estaban entonces destruyendo y derribando los moai. Con ello se añadía un elemento más de misterio y de incertidumbre al lugar, porque si ya de por sí era realmente enigmática la construcción de tantas y tan gigantescas figuras, aún lo era más que de repente se destruyeran, con todo el esfuerzo que habría requerido su ejecución y la importancia simbólica que habrían de tener para los habitantes del lugar. Parece ser que detrás de este fenómeno se esconde un largo y frustante proceso de decadencia económica de la isla, que progresivamente fue sumiendo a sus habitantes en la agonía y la desesperación por su supervivencia. Lo que al principio habían sido jugosos bosques con los que hacían sus canoas y utensilios, se conviertió poco a poco en una zona deforestada por la propia explotación de sus habitantes y por las roturaciones consiguientes en busca de tierras de cultivo. Cuando al final desaparecieron los bosques y las lluvias arrasaron los campos, desprotegidos sin masa forestal, los habitantes de las Isla de Pascua se quedaron sin recursos y sin posibilidad ni siquiera de navegar y de pescar, porque tampoco podían construir más canoas. Ante esta desesperación, no es de extrañar que se produjeran disturbios, conflictos y enfrentamientos, y que la violencia social así generada acabara incluso con estos gigantescos protectores, que sus habitantes vieron con decepción que les habían abandonado.
Otras teorías hablan de que los moai son representaciones de antepasados difuntos, que de esta manera proyectaban su poder (mana) sobre sus descendientes. Se coloban en lugares establecidos convertidos en plataformas ceremoniales (Ahus) con sus rostros hacia el interior de la isla, convirténdose así en el rostro vivo de un ancestro. En este caso su desaparición se relaciona con guerras y conflictos tribales.
En cualquier caso, su destrucción debió de producirse de forma un tanto apresurada, como lo prueba el hecho de que la base del volcán Ranu Raraku que servía de cantera a la fabricación de los moai, apareciera con casi cuatrocientas estatuas acumuladas, muchas de las cuales estaban sin terminar de labrar.
En cuanto a su fabricación y transporte tampoco está todo claro todavía. En la cantera se realizaba una primera tarea, basada en el corte inicial de la pieza por medio de herramietas de basalto u obsidiana. Una vez desbastado el bloque se semienterraban para proceder a la labra en detalle de cada moai. Luego aún había que colocarles el pukao, elevándolo hasta lo alto de la estatua.
Una vez terminado había que trasladarlo a su ubicación definitiva, lo que obligaría a un transporte muy costoso y complicado, sobre todo en aquellos casos en que las piezas se colocaban más lejos de su lugar de origen. No hay que olvidar que las esculturas miden más de diez metros y pueden pesar más de 50 Tm. Se cree que se utilizarían rodillos de madera para trasladarlos, si bien se dice también que pudo hacerse por medio de cuerdas contrabalanceando las piezas, y recientemente se añade una última teoría a este respecto al haberse hallado caminos especialmente trazados al efecto en cuyos flancos quedan huellas de la ubicación de posibles ingenios que sirvieran para mover las esculturas y cuyas características desconocemos aunque puede intuirse su complejidad.
Hoy muchos moai se han vuelto a poner en pie, y por si solos le están dando una vida insospechada a la isla, basada en la atracción turística que suponen. Pero verdaderamente su atractivo va mucho más allá del turismo. Nos hacen pensar en la grandeza y las miserias del hombre, siempre capaz de lo mayor y lo peor, de labrar lo imposible y luego destruirlo. Y mirándolos cómo nos miran estos moai, uno se da cuenta sobre todo de la enorme pequeñez del hombre.
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