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”Monasterio de Veruela”.
Zaragoza. SS. XII-XIV.
La arquitectura cisterciense viene definida por una serie de aspectos y peculiaridades que la hacen muy singular en el entorno de la arquitectura medieval. Sus edificios presentan unas características comunes que permiten identificarlos en cualquier punto de Europa, pero al mismo tiempo no tienen pudor en manifestar cierto eclecticismo al aprovechar aquello que más le interesa a su peculiar sentido de la estética y a su funcionalidad, bien de las innovaciones constructivas de la época, bien de las tendencias de la tradición, o bien de las formas de trabajo imperantes en los entornos locales. Varias son las razones de esta homogeneidad. Entre otras se podrían citar la adaptación de su organización monástica y de sus estancias a la forma de vida impuesta por la Regla de San Benito; el peculiar sistema de filiaciones que interrelaciona unas Casa con otras; la participación probada de monjes constructores en la edilicia de los monasterios, así como una concepción del arte y la arquitectura fundada principalmente en la aportación teórica de San Bernardo.
Pero a pesar de esta uniformidad, es un arte que presenta tantas soluciones formales diversas que no puede hablarse en puridad de estilo cisterciense, aunque sí hay que afirmar que es una forma de construir diferenciada e independiente, y que tampoco tiene nada que ver con otros estilos, pues aunque a veces utilizan sus mismos elementos formales, lo hace creando sensaciones diferentes y concibiendo una distinta concepción arquitectónica del espacio.
Características todas ellas que encuentran su fiel reflejo en la arquitectura de la Orden en Aragón, porque si por una parte es patente su diversidad, pues los monasterios son todos ellos muy diferentes entre sí, no falta tampoco un sello especial, una aire de familia que los hace inconfundibles. En Aragón, la arquitectura de los monasterios cistercienses constituye una de sus más representativas señas de identidad. Basta el solo nombre de los tres grandes monasterios de la Orden en Aragón para confirmarlo: Veruela, Rueda y Piedra. Tres edificios extraordinariamente importantes ya no sólo por su monumentalidad y su relevancia artística, sino también por el vanguardismo constructivo que suponen en su momento y por la enorme carga de influencias que aportan a toda la arquitectura posterior. A ellos habría que agregar otros dos cenobios de comunidades femeninas, los monasterios de Casbas y Cambrón, que no por más modestos carecen de importancia.
El conjunto monástico de Veruela, muy próximo a la ciudad de Tarazona, resulta uno de los monumentos más elegantes y espectaculares de todo el arte aragonés, en primer lugar por su indudable belleza, pero también porque constituye un verdadero exotismo en el entorno arquitectónico aragonés de la época.
Del conjunto monástico habría que destacar su unidad formal. A pesar de la diversidad de influencias que recoge su construcción y de las distintas campañas constructivas que se han podido constatar, impera esa uniformidad que como hemos visto caracteriza las Casas de la Orden. De la obra no obstante podríamos destacar algunas estancias especialmente importantes. Así la propia iglesia abacial. Un templo de dimensiones catedraliceas, que presenta planta de tres naves y amplia cabecera con girola y capillas radiales, muy similar a las de los monasterios igualmente cistercienses de Poblet, Fitero o Moreruela. Toda su estructura es de una pasmosa simplicidad, que acentúa por ello la solemnidad del espacio y la elegancia de las formas. Contribuye a ello su desnudez arquitectónica, la armonía de sus proporciones, su amplitud espacial y una escueta decoración, diseñada a partir de capiteles preferentemente vegetales o lisos, boceles y molduras lisos, detalles de ajedrezado jaqués o decoración de piñas y bolas, y los característicos cul-de-lump, tan habituales en los monasterios de la Orden. Se completa el templo con una iluminación a base de ventanas de tradición románica, que se hacen especialmente generosas en la cabecera, y una cubierta de bóvedas de crucería airosas por elevadas, que añaden más elocuencia al sentido de amplitud espacial.
Por lo demás, la iglesia de Veruela se adecua con rigor a los esquemas que caracterizan el rígido organigrama de un templo cisterciense. Su concepción del espacio interior, amplio y funcional, su sobrio lenguaje ornamental, en fin, su indudable racionalismo arquitectónico, permiten hablar de un sello característico cisterciense. Otros elementos más concretos también confirman esta uniformidad de criterios con lo estipulado por la Orden: Apertura de puertas preceptivas, como las de conversos o de los monjes y maitines, la disposición de la escalera de acceso al dormitorio, la división jerárquica del templo entre monjes legos y conversos, así como una curiosa dependencia anexa a la Capilla funeraria de San Bernardo, denominada pudridero, por servir para el lavado de los cadáveres antes de su velatorio final.
En cuanto al ámbito monástico, destacaría el propio claustro y dependencias como la Sala Capitular, el Refectorio, o el Lavabo entre otras. En algunas prevalece un sentido románico en su estructura y soluciones, caso de la Sala Capitular, que parece demostrado que se construye al mismo tiempo que las primeras etapas de la iglesia. Es muy similar a la del monasterio languedociano de L’Escale-Dieu, de planta rectangular y dividida en nueve tramos, con una curiosa cubierta de medios tramos de crucería en los tres más próximos a la fachada, idénticos a los que se repiten en la sala capitular de la mencionada abadía francesa, así como en las de los monasterios españoles de Sacramenia y La Oliva, ambos filiales como Veruela de L’Escale Dieu. Su sistema de iluminación, la decoración utilizada y los modelos de capiteles repiten los tipos utilizados en la iglesia.
También a las primeras fases constructivas corresponde el Refectorio, a pesar de la magnífica cubierta que luce en la actualidad, producto de las reformas llevadas a cabo por el abad Lope Marco ya en el Siglo XVI.
Por el contrario, los cierres claustrales y el lavabo, corresponden a etapas finales de la obra, ya con un regusto goticista que lo pone en relación con influencias procedentes del entorno castellano del siglo XIII.
En cuanto a la evolución del proceso constructivo que sigue históricamente el Monasterio de Veruela se puede deducir lo siguiente: Veruela se funda en 1146, con monjes procedentes de L'Escale-Dieu, que presumiblemente habitarían en estancias provisionales en tanto se procede a la construcción del monasterio definitivo. Esta fase no tardaría mucho en iniciarse, ya que la óptima situación económica que disfruta la comunidad en sus primeros años de vida, les permite constituir con prontitud un importante patrimonio monástico. Habida cuenta de que la consagración de la primera Capilla de la que tenemos noticia se produce en 1168, lo más probable es que las obras de la cabecera de la iglesia comenzaran en los primeros años de la década de 1160. El resto de las fechas de consagración, van determinando un proceso constructivo que parece acabar cuando en 1182 se bendice la última Capilla. En cualquier caso la obra no estaba terminada, y sólo en 1208 se puede advertir por el tono de la documentación, que la iglesia estuviera prácticamente concluida. Pero téngase en cuenta además que durante este periodo, los trabajos de construcción no se refieren exclusivamente al templo abacial, sino también a las dependencias monásticas que se levantan al unísono, como parece demostrado. No debe de extrañarnos por tanto que los trabajos se prolongaran cerca de cincuenta años, pudiéndose en efecto determinar el final de la construcción de gran parte de la iglesia y del ámbito conventual a todo lo largo del S. XIII.


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