Mosaico de la Batalla de Issos PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Mosaico de la Batalla de Issos

 

Casa del Fauno. Pompeya

Museo Arqueológico de Nápoles. S II. a.c.

 

 

Junto a la pintura, el otro soporte tradicional de las artes del color romanas fue el mosaico. Mosaico que los romanos emplearon como pavimento, no como revestimiento mural, y cuya variedad temática y recursos plasticos, lo relacionan con la tradición helenística de la que es heredero. Por ello temáticamente son frecuentes y repetidas las escenas nilóticas, los triunfos de Neptuno, los trabajos de Hércules, las escenas báquicas, carreras de carros y retratos de aurigas, representaciones de animales, etc.

Las técnicas más habituales utilizadas fueron el Opus tesselatum, el Opus vermiculatum, y el Opus sectile, y el Opus signium. El primero, el tesselatum, supone la utilización de teselas o pequeños cubos más o menos regulares, de muy diversos materiales (mármol, vidrio, piedra, pasta vítrea, etc) y colores.

El Opus vermiculatum es una técnica en la que predominan las teselas esmaltadas, más pequeñas  que las tesselatum y de la mayor variedad posible de colores. Por el contrario, el Opus Sectile, emplea teselas grandes de ricos mármoles. Finalmente el Opus Signium recibe su nombre de la ciudad de Signia, y consiste en un pavimento liso formado a base de polvo de ladrillo, teja, etc, sobre el cual, antes de que fraguase, se incrustaban las teselas de diferentes colores, quedando así un dibujo sobre un fondo liso.

La evolución histórica del mosaico romano va desde los pavimentos augusteos del tipo Opus signium, pasando por los mosaicos en blanco y negro del S. II d.c, a los últimos muy pomposos y coloristas.

Como hemos comentado, la deuda con el helenismo es similar a la de la pintura y la escultura, razón que explica que también encontremos mosaicos de época romana que reproducen obras griegas. Este el caso que hoy nos ocupa, el famoso Mosaico de la Batalla de Issos en el que aparece Alejandro Magno venciendo a Darío III en dicha batalla, y que al parecer es la réplica de una pintura realizada pror Philoxenos de Eretria para el rey Cassandro de Macedonia, aunque reconvertida ahora en un mosaico sobre el pavimento de la Casa del Fauno de Pompeya. Por ello, las cualidades plásticas de la obra se deben en realidad a la obra pictórica que sirve de base, aunque no es menos cierto que el virtuosismo técnico del mosaico vermiculatum logra una réplica fantástica de la pintura original.

La obra destaca por tres elementos esenciales, el dinamismo de la escena, la enorme carga expresiva del conjunto de la misma y las soluciones plásticas, que como la composición o la perspectiva, le dan a la obra la calidad que tiene. La variedad de escorzos, la disposición caótica de todos los personajes, la multiplicidad de posturas forzadas y de movimientos variados, consiguen ese efecto de confusión y caos que define la batalla.

Desde el punto de vista estrictamente compositivo destaca la solución perspectiva en la que la profundidad se obtiene por la superposición de planos en la representación: las armas y escudos del suelo en primer plano; el caballo de perfil, en segundo; y las lanzas (las famosas sarisas), en tercer plano, que así constituyen un elemento de barrera visual, que aparte de acentuar la profundidad, remarcan al mismo tiempo el sentido heróico de la representación.

Por otra parte, los numerosos detalles cruentos de la guerra se manifiestan en un ejemplo de pathos dramático, que en general definió a las artes plásticas del helenismo: lanzas que se clavan en cuerpos moribundos, jinetes caídos pateados por caballos, etc, de tal manera que la muerte, el miedo y el sufrimiento, le dan al contexto de la batalla toda su fuerza expresiva, concentrada además en los rostros de los dos protagonistas: Alejandro, que irrumpe en la batalla como un huracán a la izquierda, y Darío que entre la sorpresa y el pánico no encuentra otra salida que la huída hacia la izquierda.

De esta manera, aparte de su expresividad y su movimiento, la obra gana fuerza desde el punto de vista compositivo, con dos bloques enfrentados desde la derecha y la izquierda, en un movimiento centrífugo, lleno de agitación y espectacularidad. Tampoco habría que desdeñar el papel que tendría el color, lleno igualmente de vistosidad y vigor, aunque en este caso el paso del tiempo le resta parte de su fuerza, del mismo modo que el estado de conservación del mosaico, mutilado y perdido en buena parte de la obra, también resta potencia y grandiosidad a una representación que considerando su tamaño y sus recursos plásticos explicados sería una obra grandiosa.

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