O. Dix: Retrato de la bailarina "Anita Berber" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Retrato de la bailarina Anita Berber”.

Otto. Dix.

Staatsgalerie. Stuttgart. 1925.


Nueva Objetividad (Neue Sachliechkeit) es el nombre de una exposición celebrada en Manheim en 1925, bajo el título precisamente de Nueva Objetividad. Pintura alemana desde el expresionismo. La muestra en realidad recogía la obra de la mayoría de los autores integrados dentro del llamado grupo Oposición al Grupo de Noviembre caracterizado por su crítica despiadada hacia el expresionismo que se desarrolla después de la Guerra, especialmente en Alemania.

No debe perderse de vista para entender este momento, la situación histórica que se está viviendo esos años. Es a principios de los años veinte cuando más sufre Alemania las consecuencias de la Guerra, lo que sitúa su panorama político en una lucha de radicalismos. Desde la izquierda, se reprocha el consentimiento burgués de la República de Weimar, incluso su pacto con las fuerzas reaccionarias para derrocar el movimiento espartaquista. Desde la derecha se le critica despiadadamente su abdicación en Versalles y su debilidad.

El arte y los artistas también toman posiciones en esta pugna, e igualmente desde la izquierda se contempla al primer expresionismo en Alemania como un reflejo de ese mismo estado político que se critica. Partiendo de la base de que arte y política no pueden desligarse, se critica a Der Blaue Reiter su postura no figurativa, y al resto de expresionistas, más una propuesta individualista y espiritual, que una postura política verdaderamente revolucionaria.

De ahí es donde arranca el grupo de Oposición al grupo de Noviembre, que reclama una “nueva objetividad” que dé verdadera cuenta de las injusticias sociales, de los abusos políticos, de la inmoralidad de los poderosos o en fin, de la desolación de la vida diaria en aquel mundo moderno, pero destruído.

El arte se convierte en un arma política, siendo sus principales heraldos Otto Dix, George Grosz y Max Beckmann. Sus obras serán siempre visiones crueles, despiadas a veces, donde la caricatura, el feismo, el collage o la arbitrariedad formal son la solución plástica que sirve de reclamo al mundo que les tocó vivir, igualmente injusto y despiadado. Nadie se salva: ni los grupos sociales tradicionalmente más poderosos, clero, militares, burgueses; ni el ámbito urbano visto desde la óptica de la sordidez y la desesperación de los lisiados, las putas, los proletarios, etc; ni en fin el mundo en general, visto como el contexto de la injusticia y la maldad. La antítesis justamente de lo que se pregona como civilización y progreso.

Otto Dix ( Gera. Alemania 1891-Singen 1969) tal vez constituya el pincel más afilado de los que forman el grupo de la Nueva Objetividad. Sus imágenes son siempre irientes en su descripción, minuciosas y frias en su crítica. Sus formas se requiebran, pero su luminosidad de vidrio lo convierte a la vez en un narrador preciso de la época.

Así ocurre con este retrato de uno de los personajes más populares y más polémicos de aquellos duros años de la Alemania de entreguerras, Anita Berber. Anita fue una de las mujeres más liberadas y más provocadoras de aquel ambiente, para muchos decadente y vicioso, que en cambio para otros era sinónimo de libertad recuperada. De su padre músico y de su madre cantante de cabaret heredó la afición por el mundo de la bohemia y la noche, aunque en realidad ella fue ante todo una excelente bailarina. A los 18 años ya lo era profesionalmente y resultó tan innovadora y transgresora en este ámbito que pronto se convirtió en una de las figuras más conocidas de Berlín. Su fama le permitió además alternar con otras actividades como el cine, actuando como actriz en varias películas. Aunque su mayor popularidad le vino de su vida personal: sus tres matrimonios en apenas diez años, su afición al alcohol y las drogas, su declarado lesbianismo, y sus escándolos sexuales, muchos de los cuales los trasladaba a sus propios espectáculos en los que hacia gala de un erotismo descarado, la convirtieron en el icono perfecto de aquella República de Weimar, para muchos corrompida y libertina y para otros un ejemplo de liberalidad. Aunque los excesos terminaron pasándole factura a Anita Berber, que aún muy joven parecía decrépia y consumida, y que terminaría muriendo a los 29 años víctima de la tuberculosis.

Un personaje de estas características representaba el referente ideal para el pincel de Otto Dix. Ella sola le permitía reproducir ese ambiente decadente y sórdido que La Nueva Objetividad quería criticar. Ella además en los años centrales de la década de los veinte, que es cuando Dix le realizará varios de sus retratos, y es cuando ya el cuerpo y el rostro de Ania se iba demacrando, víctima ella también de su propia decadencia.

Así nos la presenta Otto Dix. Como una imagen envuelta en tonos rojos carmesí, símbolo de esa sexualidad de vampiresa que la definía, pero sexualidad en decadencia como atestigua la anatomía que trasluce a través del vestido y que aunque destaca sus caderas y sus pechos como en una veladura sensual, en realidad lo único que demuestra es su propia deformidad. Como la postura que exhibe, que inquiriendo la provocación de una pose seductora, no hay más que una lascivia moribunda. O el rostro, caricatura de aquella belleza que fue y que ahora se reduce a una máscara pálida y consumida de donde sólo destacan dos grandes ojeras negras por mirada. O los brazos, alambres ensamblados al cuerpo, que acaban en esos dedos tan característicos de su autor, que alargados y retorcidos parecen deformarse a imagen y semejanza de los mismos que caracterizan la pintura de otro alemán de referencia, Mathias Grünewald.

Y todo ello, como es habitual en Otto Dix, en una narración escueta y mínima, porque en este cuadro por no haber no hay ni complemetos que enmarquen la figura o referentes de profundidad. Es ella, Anita, en medio de la luz incandescente que la envuelve.

En resumen, Anita Berber es en este cuadro un reflejo del declive, de la degeneración de una época y una sociedad abocada a su propio fracaso. Como la Alemania de entonces, y como aquel Berlín, que a pesar de todo era también la imagen alegre de la noche, de la vida y de la libertad, que estaban a punto de desaparecer bajo el manto negro e inminente de la Alemania nazi.


 

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