| P. Pablo Rubens: "Danza de aldeanos" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Danza de aldeanos. Pedro Pablo Rubens. Museo del Prado. Madrid. 1635. Si importante es la figura de Rembrandt en el éxito de la pintura barroca holandesa, aún tuvo mayor incidencia en vida la de Pedro Pablo Rubens. Porque si bien Rembrandt tuvo una amplia etapa de su biografía artística marcada por la incomprensión de su obra y una evidente marginación social en las últimas fases de su vida, Rubens por el contrario fue siempre un hombre tocado por la fortuna, tanto en el ámbito privado como en el artístico. Su educación exquisita, su don de gentes y su personalidad atenta y amable, añadido todo ello a su amplia formación humanística e intelectual, le convirtieron en un artista de extraordinaria fama e influencia sobre el arte del momento y el inmediatamente posterior. Esa misma personalidad suya le abrió las puertas de las principales cortes europeas en las que tanto asumió su papel de embajador, como de artista, combinando su actividad política con la ejecución de innumerables cuadros. Fue además un hombre inteligente para el comercio de su propia obra, y vivió disfrutando del lujo y los placeres de la vida y acumulando una magnífica colección de obras de arte, más de trescientas pinturas, tanto suyas como de otros numerosos artistas. El interés del rey Felipe IV en la obra de este autor, explicaría la abundancia de cuadros de Rubens que atesora el Museo del Prado, la mayor del mundo con más de ochenta. Aunque nacido en Alemania (Westfalia), Rubens (1577-1640) se traslada muy niño aún a la ciudad belga de Amberes. Allí vive y se forma, aunque su educación pictórica se enriqueció con la visión de las colecciones reales españolas que pudo conocer fácilmente, pues no hay que olvidar que esta parte de Flandes pertenecía aún a Rubens representa al pintor barroco por excelencia, lleno de vitalidad en sus composiciones, de exageración cromática y de teatralidad escénica. Una pintura de ritmos agitados, de curvas serpentinatas, de estructuras diagonales y una excedida voluptuosidad en sus anatomías, caracterizadas por su enorme corpulencia y flaccidez. Iconográficamente la obra de Rubens frecuenta el tema mitológico en una proporción que no deja de ser algo sorprendente, por su proliferación, en un reducto católico como eran las provincias del sur de los Países Bajos, aún bajo la corona española. Es más, incluso en obras en apariencia costumbristas, como es el caso, hay también un sustrato de intencionalidad mitológica. Y así, en este cuadro, los personajes, que representan una fiesta aldeana, en realidad se transforman en danzantes de una bacanal pagana. De hecho la figura del músico flautista subido a un árbol puede rcordar al mítico Pan, lo mismo que la presencia de sátiros con el torso desnudo, algunos con su corona de hiedra y sus campanillas en los tobillos, sin olvidar al personaje tocado con una piel de serpiente, iconografía relacionada con el dios Baco. De ahí que la fiesta campesina se puede interpretar en realidad como una bacanal. Desde el punto de vista artístico la pintura sigue conservando al Rubens más enérgico y puro en su estilo tan personal, a pesar de ser una de sus últimas creaciones. Ahí están todos sus ingredientes más característicos: una luz tibia de atardecer que inunda toda la escena recreando así el ambiente festivo y embriagador de la fiesta; unos colores vivos y cálidos, de una intensidad casi veneciana, y sobre todo una estructura compositiva donde aparece el Rubens más vigoroso y frenético: violentos escorzos, figura danzarinas, y un ritmo trepidante que anima al baile, conseguido hábilmente gracias a la composición en espiral, la diversidad de posturas y movimientos, el perfecto entrelazo de las líneas de brazos y piernas, y la figura añadida del perro apareciendo por la derecha del cuadro a toda velocidad, que también contribuye a potenciar la acción general. No falta la voluptuosidad igualmente característica de Rubens, en este caso menos exagerada en sus anatomías que en otros cuadros, aunque también en esta ocasión se dejan entrever sus carnes blandas y lacias. No obstante se trata de uno de lo cuadros más hermosos y menos exagerados de su autor, y si bien no falta un aire sensual y cierta vehemencia, esta vez se consigue directamente a través de los tonos pastel de sus colores, la pincelada abierta y el desenfado placentero que destila toda la escena.
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