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”Pirámides del Sol y la Luna”.
Teotihuacán. México.
S. I-V
Las culturas precolombinas que se desarrollan en el continente americano presentan tres áreas principales de desarrollo artístico: el área Mesoamericana, que ocuparía el actual país de México y Centroamérica; el área Intermedia, al sur de la anterior; y el área Andina, que seguiría la línea de los Andes en la costa occidental de Sudamérica. Cronológicamente también se distinguen tres periodos en la evolución paulatina de todas estas culturas: un periodo Lítico (40.000-2500 a.c.), etapa prehistórica de cazadores nómadas; el Periodo Formativo o Preclásico (2500 a.c.-100 d.c.), que vendría a coincidir culturalmente con el Neolítico europeo y que supone el desarrollo de las primeras culturas importantes en la zona, como la cultura Olmeca en Mesoamérica y la cultura Chapín en el área andina: y finalmente el Periodo Clásico (SS. I-XI) que representa el primer gran momento de esplendor de las culturas de América Central.
Hoy nos interesa este último periodo, el llamado periodo Clásico y su desarrollo en el área Mesoamericana, que ya hemos dicho que constituye un primer estadio de brillante aportación cultural. Fundamentalmente por lo que supuso en su momento el enorme y espectacular complejo urbanístico de Teotihuacan, epicentro de la cultura del Perido Clásico y una de las ciudades más impresionantes de toda la América Precolombina.
Teotihuacan significa “Ciudad de los dioses” y por ello mismo ya podemos entender que se trataba ante todo de un gran centro ceremonial y religioso, aunque no era sólo eso, en realidad se trataba también de un centro urbano que llegó a alojar en sus 30 Km2 a más de 200.000 habitantes. Teotihuacan es hoy un centro arqueológico de enorme importancia, que se halla a unos 40 Km. al noreste de Ciudad de México.
Además, Teotihuacan se puede considerar un modelo de planificación urbana, funcional y muy avanzada para su época. Se habría diseñado con un estudio previo de aprovechamiento hidráulico y saneamiento, y su organización interna se proyectó con meticulosidad. Así, la ciudad no se limitaba sólo al centro ceremonial, contaba también con un amplio espacio reservado para su utilización meramente residencial, toda ella diseñada en un plano en cuadrícula y donde no faltaban tampoco espacios para silos, mercados y lugares para el esparcimiento.
Por otro lado, la zona que concentraba el entorno ceremonial se localiza en un espacio cuadrangular, formado por dos grandes avenidas que dividen todo el espacio en cuatro grandes cuadrículas donde van disponiéndose los edificios. Una es la llamada Calzada de los Muertos, una enorme avenida que actúa como un eje norte-sur, en cuyo centro se cruza con otro eje este-oeste. Los principales edificios del conjunto ceremonial se concentran en este perímetro, como la Pirámide de la Luna, que cierra uno de los lados de la Calzada de los Muertos; la Pirámide del Sol; el Palacio de Quetzalpapalotl; o la llamada Ciudadela, presidida por la Pirámide de Quetzalcoatl. No faltaban alrededor grandes plazas abiertas que responderían al objetivo esencial de ampliar la perspectiva escenográfica de los grandes acontecimientos litúrgicos que se celebraban en lo alto de las pirámides, y también un buen número de edificios residenciales, mucho más modestos en cuanto a sus dimensiones, pero no menos interesantes arquitectónicamente, con estructuras cuadradas, siempre alrededor de patios abiertos.
Pero indudablemente lo que más sorprende al visitante que se acerca a las ruinas de Teotihuacan es la presencia imponente de las dos grandes pirámides que destacan junto a la Avenida de los Muertos. La pirámide del Sol, y la de la Luna. En un caso como en otro se trata de estructuras que servían de soporte a un templo que se levantaba en la cima. No se ha conservado ninguno de los dos, pero parece más que probable que se tratara de una edificación pensada para ser vista desde fuera y sin valor arquitectónico como espacio interior, sino como fachada o decorado monumental de los rituales que se celebraban en los alto de la pirámide. También en ambos casos las pirámides presentan una construcción característica a base de tableros sobre talud, es decir, una combinación de muros en talud y muros verticales que se alternan en altura, de tal manera que la visión del edificio se anima de esta forma, ya no sólo por la alternancia de planos, sino por el juego de contrastes que producen los efectos de luz y sombra. Ambas asimismo, contaban con dos grandes esculturas que coronaban la construcción: una, de más de tres metros de altura, dedicada a Chalchiutlicue y que fue encontrada al pie de la Pirámide de la Luna; y otra dedicada al dios Tlaloc, dios del agua y la fertilidad, que presumiblemente se hallaría en la del Sol.
La Pirámide del Sol es la más alta de las dos, alcanza los 65 m. de altura y para algunos especialista representa el mundo celeste, aquél por donde camina el sol desde el amanecer en el oriente, hasta el ocaso en occidente, de ahí su ubicación en el eje transversal del cuadrángulo ceremonial, el de dirección este-oeste. Su núcleo principal es de adobe y estaba toda ella recubierta con decoraciones de estuco. Al parecer, estaba pintada con un color diferente en cada una de sus caras.
La Pirámide de la Luna, es de menor altura y por tanto de dimensiones más modestas que la del Sol, pero aún así, tiene un enorme poder de atracción por hallarse al final de la Calzada de los Muertos que ella misma cierra. Cuenta por tanto con una perspectiva visual que enfatizaría el carácter escenográfico de sus ceremonias, por lo que es de suponer que se trataría de un lugar de un enorme simbolismo religioso. Cuenta con una gran plaza a los pies que abre así su entorno visual, y contaba igual que la del Sol, con un templo en la parte superior en el que se dedicaría culto a Chalchiutlicue, la diosa del Agua, a su vez relacionada con la madre Luna.
 Pirámide del Sol
 Pirámide de la Luna
 Conjunto ceremonial de Teotihuacan
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