| P.P. Rubens: "Rapto de las hijas de Leucipo" |
|
|
|
| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
|
Rapto de las hijas de Leucipo
P. P. Rubens.Alte Pinakothek. Munich. 1618.
La figura de Rubens destaca en el panorama general de la pintura barroca como uno de sus nombres propios, tanto por la calidad que atesoran sus obras como por personificar la esencia misma del estilo baroco en pintura. Y es que Rubens representa al pintor barroco por excelencia, lleno de movimiento y agitación en sus obras; de exageración cromática; de voluptuosidad en las formas; de dramatización expresiva; de complejas composiciones, marcadas por sus líneas diagonales y curvas serpentinadas; y de gruesas anatomías, exageradas también en su corpulencia de carnes blandas. Rubens fue además un artista de amplia formación intelectual y excelente don de gentes, que por ello mismo no sólo triunfó en el mundo del arte, donde su fama y su personalidad ejercieron un enorme influjo en el contexto de la época, sino también en otros ámbitos culturales y políticos, llegando a ser embajador en distintas cortes europeas. Especial relación tendría con Aunque nacido en Alemania (Westfalia), Rubens (1577-1640) se traslada muy niño aún a la ciudad belga de Amberes. Allí vive y se forma, aunque su educación pictórica se enriqueció con la visión de las colecciones reales españolas y sus prolongadas estancias en Italia. El cuadro que hoy nos ocupa es una obra de tema mitológico, muy habitual por cierto en la pintura de Rubens, por más que éste pintara todo tipo de géneros. En concreto representa a los dióscuros (Cástor y Pólux), hijos de Leda, (esposa del rey de Esparta, Tindáreo), y de Zeus que se había unido a Leda adoptando forma de cisne. Son estos dos hermanos los que raptan a las hijas de Leucipo (hermano de Tindáreo, por cierto), las llamadas leucípides, Hilaria y Febe. Ambas se convierten así en esposas de los dióscuros, que retan de esta forma a los prometidos de estas muchachas, los hijos de su rival Afareo. Por esto, Idas y Linceo, sobrinos de Leucipo (o pretendientes rivales), mataron a Cástor. Pólux, que había recibido el don de la inmortalidad de Zeus, convenció a su padre para que se lo concediera también a Cástor. Así, ambos se alternaban como dioses en el Olimpo y como mortales fallecidos en el Hades. Estamos por tanto ante otra muestra pictórica de contraposición de contrarios, como en el caso del Plutón y Proserpina de Bernini, y como en ese caso, envuelta la escena en una trama de violencia. Se repiten así las oposiciones hombre-mujer, violencia-sumisión, o brutalidad-inocencia. Y de nuevo, en este caso por medio de la la paleta de Rubens, dicha contradicción se resuelve magistralmente a través del diferente tratamiento de las dos parejas de figuras. Para empezar, todo el cuadro es un alarde de exageración formal. Un estallido tremendo a la vez de sensualidad y de violencia, creando así la ambientación que el tema reclama. Por ello mismo el cuadro es también un buen ejemplo de plástica barroca: por su dramatización de la escena; su composición tremendamente dinámica; y esa voluptuosidad formal tan característica de los cuadros de Rubens. En este sentido hay que destacar especialmente la importancia de la composición: del centro del cuadro establecido en el punto de contacto de los cuerpos de ambas hermanas, surgen dos líneas curvas divergentes a partir de las cuales se multiplican hacia los ángulos del lienzo un sinfín de líneas abiertas y diagonales, que abren la composición al infinito, pero de una forma además violentamente agitada y dinámica. Como casi siempre en los cuadros de Rubens este sentido dramático y truculento se complementa con el tratamiento del color. Un color cálido, pastoso y brillante que contribuye a subrayar no sólo el dramatismo teatral de la escena, sino también su voluptuosa sensualidad. Remarcada en este caso por la potencia de las anatomías, poderosas y desbordantes, como es igualmente habitual en su autor. Para subrayar la escenificación del drama, lleno pasión, el cuadro aún acentúa su agitación con la presencia de los caballos, que rampantes y con sus crines alborotadas y relinchando al aire, forman otra diagonal compositiva y contribuyen a la escenificación teatral de la narración. Aunque como señalábamos antes, se trata también de utilizar los recursos plásticos para subrayar las diferencias entre ambas parejas, y queden claros los símbolos contrapuestos de unos y otros. Y así vemos un distinto tratamiento del color, que subraya la oposición entre las dos hermanas y los dos hermanos: luminosas en su inocencia y pureza ellas, y en tonos oscuros los diósculos. Igualmente se contrapone el tratamiento de los cuerpos: desnudas ellas y así humilladas frente al poder déspota de ellos que visten armadura. Finalmente se confronta la expresión de unos y otras: poderosos e inalterables los hermanos, desesperadas en su disputa las hijas de Leucipo, que poco pueden hacer frente a la violencia y la brutalidad de los gemelos dióscuros.
Otros artículos de esta sección...
|