| Puvis de Chavanes: "Jóvenes a la orilla del mar" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”Jóvenes a la orilla del mar” Puvis de Chavanes. Museo d’Orsay. París. 1879. Como no podía ser de otra manera, también el Realismo en todas sus manifestaciones, incluido el Impresionismo, encuentra un movimiento de reacción, que combina distintos elementos con la intención principal de huir de un realismo plástico que termina por abrumar y sobre todo por anular la fantasía y la imaginación. El Simbolismo en pintura encuentra sus raíces en la literatura, que es la primera que incia esta andadura esteticista y elitista de buscar una belleza idealizada, fantaseada, sublimada por supuesto, y que lógicamente debe encontrarse más allá de la realidad, puesto que ésta ya la tenemos cotidianamente delante, y el papel del arte debe ser precisamente descubrirnos un mundo distinto que nos alivie de aquélla. Son poetas y escritores como Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé los primeros en recrear un mundo que nos evada de la realidad a través de un esteticismo más refinado. Algunos pintores se sienten atraídos por este mismo criterio y buscan invertir los papeles del Realismo: se trata ahora de exteriorizar la idea, el sentimiento, nuestro interior, y por el contrario, ocultar lo tangible. Se trata por tanto de abrir una puerta a lo oculto, a lo intrincado, a lo misterioso, a la ambigüedad y la complejidad de los sentimientos. Pero todo ello es difícil de comunicar si no es a través de un referente simbólico: de ahí la importancia del símbolo y el nombre de simbolistas para sus seguidores. Son normalmente referencias mitológicas, religiosas, legendarias, pero siempre tamizadas a través del velo del ensueño y la fantasía. Y siempre con una vocación prioritaria por la belleza, la belleza plena, perfecta, a veces inevitablemente artificial. De ahí también otros símbolos que nos acerquen a esta concepción estética de la belleza: la androginia en los cuerpos, la efebización de los varones, la visión constante de la mujer idealizada de mil maneras distintas, y también la simbolización de los sentimientos, aunque siempre utilizando emblemas sacados de un amplio repertorio de sensibilidad y belleza: los lirios y las flores de largo tallo, que en general se traducen en delicadeza y melancolía; los cisnes, símbolos de pureza; los pavos reales símbolos de belleza y vanidad; los paisajes solitarios; los espacios abandonados, etc. Todo ello recrea un mundo para elegidos. Es también lo que busca el Simbolismo, el arte debe ser para una minoría, debe ser un ejercicio intelectual y eletista, nada más lejos de la visión mundana del Realismo. Ya lo decía Mallarmé: “¿Por amor de Dios, no les déis a las masas nuestra poesía como botín”. Parte de estas referencias las hemos visto ya en otro comentario de esta misma sección referida a los Prerrafaelistas, cuyos autores tienen muchos puntos en común con los Simbolistas, si bien estos hacen más hincapié en el valor del símbolo y en la imaginación fantástica. Sería el caso de artistas como Puvis de Chavannes, Gustave Moreau, Odilon Redon, e incluso el propio Arnold Böcklin. Y aunque todos participan de un mismo ideario, hay notables diferencias en el estilo de cada uno de ellos, y si Gustave Mourea representa la exhuberancia, Puvis de Chavannes (1824-1898), justamente lo contrario, la sencillez más absoluta. Por muchas razones a Puvis de Chavanes puede considerársele un simbolista, aunque nunca se sintió como tal, sino como un pintor oficial que frecuentaba los Salones Oficiales. Ocurre no obstante que sus obras reflejan un mundo extraño, en el que el tiempo parece detenido, en el que los espacios resultan ficticios y los personajes están envueltos en un aura de abstracción, de perdida ensoñación que los hace ajenos al mundo real. Con todo ello está recreando ese mundo irreal, imaginario, onírico, de cierto misticismo en algunas ocasiones (El pobre pescador. D’Orsay. París. 1881), que encuentra las alabanzas de los simbolistas. Pero no sólo de ellos. Autores como Gauguin se ven influenciados por esa facilidad para reducir sus imágenes, sus figuras, sus paisajes a una total sencillez que nos acerca a lo primitivo. También influye en Seurat por esa visión icónica, tan económica, de paisajes y figuras, pero también la rotundidad de sus formas y composiciones merecieron el aplauso de Picasso. La clave de su pintura se encuentra en la nitidez de sus figuras y elementos, en los que tiene un papel determinante la rotundidad de la línea y de las formas. También el uso reducido del color, apenas unos cuantos tonos en cada cuadro, predominando además los matices terrosos o marmóreos, que consiguen transmitir una sensación artificial por una parte, pero también de inmovilidad que detienen las escenas en el tiempo. La luz por su parte es homogénea, lo que otorga unidad a la composición y persevera en el sentido de la inmovilidad; y las composiciones, normalmene muy estudiadas, dejan amplios vacios espaciales igualmente inquietantes. Todo lo cual suele transmitir sensaciones siempre comedidas en el espectador, a veces de emoción (El pescador), a veces de serenidad Jóvenes en la orilla del mar responde a esta segunda opción, a través además de una típica imagen simbolista, puesto que recoge una representación nostálgica de Lo que en cualquier caso es innegable es la belleza de las tres imágenes, que tanto por su idealización, como por sus recursos plásticos, nos recuerdan las obras de un Botticelli o un Mantegna, en fin, los grandes maestros clásicos.
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