"Coloso Constantino" PDF Imprimir Correo
(0 votos, media 0 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

El Coloso Constantino

Museo Capitolino. Roma. Hacia el 315.


El retrato es una de las muestras más característricas de la plástica del arte romano, caracterizada desde sus inicios, en época republicana, por un carácter realista en sus obras que es su principal aportación y su mayor diferencia con la estatuaria griega, de la que por lo demás, derivan el resto de sus elementos formales. Se acuña así un modelo escultórico que perpetúa el sentido clásico de la escultura griega, y que se prolongará en el tiempo durante la mayor parte también del periodo imperial, en el que al carácter realista de las representaciones escultóricas se añade un evidente sentido propagandístico

Pero llegada la etapa Bajoimperial, a partir sobre todo del S. IV, el retrato romano, como en general todo el arte del momento, se distancia del modelo clásico y se aleja del realismo característico que lo había definido hasta entonces, iniciando un camino sin retorno hacia una idealización máxima de las imágenes, que abona la evolución artística que caracterizará la Edad Media. Las obras aumentan su canon, pierden por ello el sentido de la proporcionalidad, retornan a viejas fórmulas de rigidez formal, esquematizan sus detalles y anatomías, geometrizan las formas, pierden buena parte de la perfección, precisión y elegancia en el trabajo de los paños, y lo que es más importante, se pierde la escala antropocéntrica que había dominado la estatuaria clásica desde época griega, para imponer una idealización expresiva que convierte estos nuevos retratos en imágenes deificadas y en símbolos de una idea antes que en imágenes de un personaje en concreto.

Ya la famosa pieza de los Tetrarcas de San Marcos, situada en una esquina de la basílica veneciana, obra en pórfido negro del S. IV y que al parecer procede de un taller egipcio, muestra su deuda con aquel arte y se impregna de un estatismo y rigidez formal que marca un punto de inflexión respecto al tradicional retrato romano.

Pero sin duda el ejemplo que mejor muestra ese cambio estético que caracteriza la época Bajoimperial y que señala un antes y un después en la escultura occidental es la enorme escultura sedente de Constantino realizada al poco de la definitiva victoria de este emperador sobre Majencio y su total imposición política después de Puente Milvio y de la no menos importante concesión de legalidad a la religión cristiana, que se sella en el Edicto de Milán del año 313.

Constantino I el Grande llega al poder después del fracaso de las dos Tetrarquías anteriores, que se habían ideado como solución al gobierno de un imperio que ya de facto se había dividido en dos mitades, la Oriental y la Occidental. De hecho, en el año 307 la fórmula de gobierno de dos emperadores y dos cónsules había degenerado en un gobierno en el que rivalizan cuatro emperadores: Constantino, Majencio, Maximiano y Galerio. Las disputas entre ellos acabarán con un duelo final entre Majencio y Constantino que se resolverá a favor de este último en la famosa batalla de Puente Milvio del año 312. La aportación de Constantino durante su reinado será importante, al menos por dos hechos de gran trascendencia, la fundación de la ciudad de Constantinopla, que pronto se convertirá en la capital del imperio de Oriente, la futura Bizancio, y sobre todo la legalización del Cristianismo por el Edicto de Milán del año 313.

También su imponente escultura que hoy comentamos es un legado más de su gobierno para la historia. La obra, de más de quince metros de altura y carácter sedente, se ideó para ocupar con toda su magnificencia el ábside de la Basílica de Majencio, de ahí sus dimensiones y su imponente apariencia. Al parecer sólo se hizo en piedra la cabeza y las extremidades de la pieza, mientras el cuerpo, de madera, se recubriría con láminas de bronce dorado, de ahí que no se haya conservado resto alguno. Su iconografía contaba con nimbo y corona de laurel, signos de dignidad imperial y de su carácter de cosmocrátor, o auténtico rector del Universo. A ello probablemente habría que añadir una corona en la cabeza que era su natural complemento y un cetro con una cruz en la mano derecha. Atributos que definen su poder político y su autoridad religiosa, porque no hay que olvidar que aunque Constantino ha pasado a la historia por propiciar la legalización del cristianismo, y que al parecer se convirtió él mismo a la nueva religión, lo cierto es que no lo hizo hasta el momento mismo de su muerte y que en vida conservó intacto su poder de pontifex maximus o máxima autoridad religiosa.

De la obra original en la actualidad no se conserva más que su inmensa cabeza, y algunas extremidades sueltas, todas de gran tamaño, aunque es la cabeza la que concentra todo el cambio estético que simboliza la obra. Es en sí misma la imagen de un nuevo modelo de retrato oficial, completamente distinto del retrato individualizado que había prevalecido hasta entonces. Por el contrario, ahora se trata de acuñar una representación donde debe imponerse el sentido del símbolo y por tanto de la idealización de quien ostenta el poder.

A todo ello habría que añadir la propia influencia del cristianismo, la nueva religión que recién legalizada se lanza a imponer su doctrina con un ímpetu que la impulsa directamente hacia el control del poder político, sin freno alguno en la destrucción rápida y sistemática de los templos e imágenes paganas y en la persecución de los no creyentes. Su creciente influjo en todos los ámbitos se expresa también en esta nueva estética del retrato imperial, que ahora se ve afectada por un carácter espiritual y una idealización, cercana en este caso a la sacralización.

La cabeza de este retrato no es ya la de un hombre de este mundo. Es un retrato que presenta una cara esquemática en una cabeza prismática, de duros perfiles, en la que llaman la atención los ojos abiertos enormemente, de párpados gruesos y pupilas dilatadas sobre profundas cavidades oculares, que están describiendo gráficamente a un visionario, de talante sombrío y distante. Aún más, es un retrato inaccesible, deshumanizado, endiosado, hierático, de un expresionismo brutal. Una representación del Poder Imperial desmedida y sacrosanta, absolutamente idealizada.

Por todo ello, la imagen serviría de patrón y modelo a la estatuaria bizantina y medieval, lejana del realismo romano y más proclive a la magnificencia de los símbolos, tan característica de la nueva época, imbuida de tan profunda espiritualidad religiosa.



 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar