"La duda de Santo Tomás" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Relieve de "La duda de Santo Tomás"

 

Claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos.

Burgos. S. XII.

 

La escultura románica se define por tres características principales de las que se derivan todo el resto de sus aspectos formales: su total adaptación al marco arquitectónico, del que la escultura es un elemento subordinado y meramente complementario; su reiterado contenido religioso; y su carácter antinaturalista y anteclásico. De ellas, como decimos se deducen el resto: su rigidez y ausencia de movimiento, consecuencia de su aprisionamiento en el marco de la arquitectura; su frontalidad, resultado de la misma causa; y su rico contenido simbólico, que deviene en un arte de la idealización, y de la esquematización formal.

La escultura románica se localiza preferentemente en las portadas de los templos y en los capiteles figurados que decoran interiores y claustros. No es habitual, pero en ocasiones como la que hoy nos ocupa, pueden aparecer también relieves escultóricos decorando muros o pilares en el interior de las iglesias o en los claustros, como ocurre precisamente en Santo Domingo de Silos.

El Monasterio de Santo Domingo de Silos tiene sus orígenes en un cenobio visigodo, que resurgirá brevemente en el S. X, para ser destruido completamente por las incursiones de Almanzor. Habrá que esperar a mediados del S. XI para que el ánimo de Domingo, prior de San Millán de la Cogolla, y el apoyo de Fernando I de Castilla recuperen el viejo esplendor del monasterio. Se construye entonces una imponente iglesia basilical de tres naves, de perfecta edilicia románica, y un complejo monástico del que destaca espcialmente su claustro. De la iglesia románica no queda nada, al ser derruida y sustituida por una construcción de corte neoclásico, diseñada por Ventura Rodríguez, que es la que hoy se conserva.

Por fortuna el claustro no corrió la misma suerte y se conserva el que se construye entre los siglos XI y XII. Consta de dos plantas, abiertas al patio central por arquerías de arcos de medio punto que descansan sobre dobles columnas y capiteles historiados de cierta influencia musulmana, que recopilan buena parte de los mejores ejemplos del relieve escultórico románico. Otro tanto ocurre en los pilares de los cuatro lados de la galería claustral, que cuentan cada uno con relieves de gran calidad en sus dos caras interiores. De tal forma que el del ángulo sudeste reproduce los temas de La ascensión y Pentescostés; el del ángulo sudoeste: La anunciación a María y El árbol de Jessé; el del ángulo noreste: El sepulcro y El descendimiento; y el del lado noroeste: Los discípulos de Emaús y La duda de Santo Tomás.

El relieve de "La duda de Santo Tomás" se enmarca en un arco de medio punto soportado por dos pequeñas columnitas corintias, y narra el suceso conocido de la incredulidad de Santo Tomás, que debe hundir sus dedos en la herida de Cristo para creer en su resurrección.

El relieve resulta estéticamente de lo más gráfico, como suele ser habitual en las representaciones románicas. Para ello la composición es claramente simétrica, colocándose los doce apóstoles superpuestos en tres series. Lo que a su vez también sirve de convencionalismo para transmitir una cierta idea de profundidad.

Como ya dijimos la adecuación al marco arquitectónico es característica de la escultura románica, y así vemos cómo las cabezas de cada una de las filas de apóstoles se inclinan para ajustarse a la curvatura del arco que los enmarca.

La misma simetria apuntada conlleva una cierta rigidez en todas las figuras, que quedan un tanto envaradas en su posición, característica ésta también muy habitual. Ello supone unas posturas en brazos y piernas en las figuras de la primera fila muy limitadas, pero distinta en cada caso, lo que anima en cierto modo la rígida estructura compositiva.

Lógicamente la escena resulta un tanto abigarrada al apiñarse del modo en que lo hacen los apóstoles,  provocando así otra característica habitual en este tipo de escultura: su "horror vacuii", pero que no deriva en una maraña compositiva, porque su simetria y su rotunda expresividad confieren a todo el conjunto una sorprendente claridad.

Cristo destaca por sus dimensiones, de un canon superior al de las demás figuras, confirmando así otro elemento distintivo, la jerarquización temática. Los demás apóstoles contemplan la escena hieráticamente, aunque, como comentábamos, no les falta a su expresión una potente hondura gestual, gracias a la grafía nítida de la talla, pero también a detalles de claridad expresiva típicamente románicos, como los grandes ojos de todas las figuras (los denominados "ojos de mosca"); las barbas espesas; la esquematización rígida y geométrica de los pliegues; y sobre todo el detalle más expresivo de todos porque además concentra el contenido iconográfico de la escena: el dedo de Santo Tomás hurgando morboso en la herida de Cristo. Jesús levanta el brazo, grande de tamaño y elevado en una línea diagonal exagerada, que abre la escena, concentrando así la atención del episodio en este punto del relieve. Lo que demuestra un dominio perfecto de la composición y de los recuros visuales y técnicos de la obra. El resto de los apóstoles presentan rostros individualizados, en un detalle naturalista que enriquece al grupo, que por lo demás resulta muy cohesionado y uniforme.

Por encima del arco se tallan a modo de almenas, y en los laterales dos torres, entre las cuales cuatro personajes tocan cuernos y pandereteas, en un claro símbolo de la fiesta que la resurrección provoca en la Jerusalén Celeste.

Perfección, claridad y sencillez, que hacen de este relieve escultórico una de las piezas más logradas de toda la talla románica.

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