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Sarcófago de los esposos
Museo Nacional de Villa Giulia
h. 520 a.c.
Los orígenes históricos y culturales de la civilización romana se encuentran en Etruria y en el desarrollo de lo que conocemos como cultura etrusca.
Fueron los etruscos un pueblo establecido en la Toscana, que logran un desarrollo económico y cultural que con mucho resulta el más avanzado de la Península itálica con anterioridad a Roma. Su radio de acción se extendió desde el núcleo originario de Etruria hasta el Lacio y la Campania por el Sur, y Lombardía y el Valle del Po al norte, llegando a competir con las colonias de la Magna Greca y Cartago.
Será precisamente este contacto con las colonias griegas lo que posibilita el nivel artístico y cultural de los etruscos, dando lugar a un estilo propio que a su vez influirá en el distintivo posterior del arte romano. Caracteriza su estilo un amplio repertorio de influencias griegas, aunque también algunos componentes propios de su cultura, como sobre todo la importancia dada a su culto funerario.
Su progresiva decadencia a partir del S. IV a.c. irá debilitando a los etruscos, que cada vez encontrarán mayores dificultades para afrontar la competencia de griegos y cartagineses. Posteriormente el poderío romano terminará absorbiendo a la civilización etrusca que desde el S. III a.c. quedará definitivamente bajo su poder y su dominio.
Quedará en cualquier caso el peso de sus tradiciones y de su arte y su cultura, heredadas por los romanos. Cronológicamente deberíamos concretar el alcance del arte etrusco entre los SS. VII al IV a.c., siendo su momento de mayor apogeo el S. IV a.c.
Su estilo tiene una indudable deuda, como hemos comentado, con las colonias griegas de la Magna Grecia, que influyen decisivamente en sus soluciones formales. No obstante, los etruscos también aportan su propia personalidad a su arte, sobre todo en todo lo relacionado con el mundo de ultratumba, que se convierte en una referencia esencial de su constructiva y sobre todo de sus artes plásticas.
Así, la representación arquitectónica más genuina del arte etrusco es la tumba. Los etruscos llegaron a construir auténticas casas subterráneas donde enterrar a sus muertos, con múltiples salas y estancias donde los hombres reposaban sobre lechos de piedra y las mujeres en sarcófagos a doble vertiente. La construcción de las mismas, bien se hacía en túmulos o bien en forma de hipogeos excavados en la roca.
La decoración de estas tumbas permite el desarrollo de un importante acopio de artes plásticas: tanto de pintura, en la que se representan las ceremonias de un viaje hacia las sombras caracterizado por su alegría y felicidad; como en escultura, donde son famosos sus sarcófagos y sus retratos funerarios, cuyo realismo tanto influirá en el arte romano. Por lo demas se trata de un arte sencillo, que no busca símbolos ni persigue una valoración absoluta de la belleza, como ocurre en el arte griego. Es un arte de lo cotidiano, sin mayores pretensiones que labrar con el mayor realismo un brindis al más allá.
Tal vez la mejor prueba de ello sean sus famosos sarcófagos, como el que hoy nos ocupa. Los sarcófagos etruscos demuestran la importancia ya comentada que le daban a la vida de ultratumba, pero entendida con la serenidad y alegría con que ellos mismos afrontaban el trance de la muerte y que resulta evidente en sus representaciones funerarias.
Concretamente en este de Los Esposos, realizado en terracota (arcilla cocida) se representa la iconografía habitual, la de una pareja feliz reclinada en una cama o triclinio. Coronan así la tapa de un sarcófago, representando al parecer al matrimonio en el momento de la comida funeraria.
La utilización de la terracota permite a los etruscos un trabajo más rápido y espontáneo que la piedra, así como su proverbial realismo. Es característico que los hombres se representen con el torso desnudo y las mujeres vestidas.
Formalmente es evidente la ligazón de la escultura etrusca con la que se está haciendo en esos momentos en la Grecia de la época Arcaica. De tal manera que muchas de sus características son trasposición de las griegas coetáneas: La sonrisa arcaica, los ademanes envarados, las sólidas peanas, o una cierta rigidez formal, si bien a ello se añade un elemento característico, genuinamente etrusco: los ojos almendrados ligeramente oblícuos, que otorgan a las imágenes una expresión singular. Por otro lado su composición estática y en horizontal contribuye al sentimiento de serena placidez que quiere transmitirnos la pareja, y que no es sino la forma sosegada y alegre con la que afrontan el paso hacia la muerte.
El mayor detallismo se concentra en el rostro y el torso de las figuras, que son la parte más trabajada, al contrario que el resto del cuerpo que muestra una menor procupación por su acabado, un detalle que también se daba en los kurós y korés del periodo arcaico, e incluso en algunas piezas posteriores de la estatuaria griega. Otro tanto ocurre con el trabajo especialmente preciso en el cabello, en este caso largo y trenzado.
No obstante, la mayor diferencia respecto a la escultura griega estriba en la falta de idealización de estos retratos, que por el contrario buscan la individualización y el realismo. En este sentido la tradición que habían alcanzado las máscaras mortuorias tuvieron gran influencia en esta intencionalidad plástica.
El Sarcófago de los Esposos, conocido también como el Sarcófago de los esposos de Caere, por haberse hallado en la tumba del mismo nombre, es muy similar al Sarcófago de Cerveteri, hasta el punto que se especula con que ambos sean hechos por el mismo autor.

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