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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Venus de Milo

Louvre. París. S. II a.c.


La escultura helenística se desarrolla coincidiendo con el cambio político que supone la fomación del imperio de Alejandro Magno y su posterior partición en diferentes reinos, que a pesar de todo, conservarán intacta la influencia griega que el propio Alejandro difundió por todo su imperio. Se considera por ello y con razón, a Alejandro Magno el verdadero divulgador de la cultura y el arte griego, que es posible que sin su concurso no hubiera alcanzado la trascendia que adquirió al extenderse de esa forma por todo el mundo conocido.

En cualquier caso, a partir de este momento todo el arte griego en general y la escultura en particular experimentan un cambio profundo que altera condsiderablemente muchas de las características que hasta entonces habían sido inalterables en el arte griego clásico. El cambio que se produce en la escultura es también muy profundo: no sólo se rompen definitivamente los principios clásicos de armonía, proporción y equilibrio, sino que también cambian los temas, ahora muy variados y sencillos, y lo que resulta más novedoso, la expresión gestual. Se abandona por fin el idealismo tan característico de la escultura griega y se sustituye ahora por una postura más exagerada y gesticulante. En una palabra, se sustituye el ethos clásico por el pathos.

Por otra parte se amplia el radio de acción de la actividad escultórica, así como su evolución en el tiempo, porque el Helenismo que habría que fecharlo en su inicio en la primera mitad del S. IV a.c. se prolongará en el tiempo más allá de la conquista de Grecia por los romanos, que fomentarán el trabajo de los talleres artísticos griegos, interesados como nadie en el atesoramiento del arte griego.

Por tanto son muchas las obras de escultura helenística que se pueden estudiar y muchas de ellas tan importantes en la Historia del arte como el Grupo del Laocoonte, ya comentado en esta sección, el Galo moribundo o la Niké de Samotracia, aunque tal vez una de las piezas más populares y conocidas de este periodo y en realidad de toda la historia de la escultura sea precisamente la Venus de Milo que hoy vamos a tratar.

La Afrodita de Milo, que sería en realidad su denominación más correcta, es una pieza original realizada en mármol de Paros, que fue hallada en una cantera de piedra en la isla de Melos o Milo, de donde proviene su nombre. Fue encontrada casualmente en 1820 por un campesino, Yórgos Kendrotás, que aparte de la pieza completa descubrió también muy cerca de ella el fragmento de un antebrazo y una mano con una manzana. De ahí que la iconografía de la imagen esté tan clara, porque Afrodita se representa como es habitual, premiada con la manzana de oro tras el juicio de Paris que la convertíría en la diosa más hermosa. Aún así la imagen de la pieza es un tanto singular porque le faltan ambos brazos, lo que le otorga una disposición plástica a la que nos hemos acostumbrado de tal manera que no nos la imaginamos con ellos. Pero lógicamente los tenía, uno sosteniendo la manzana y el otro probablemente cogiendo la túnica que parece escurrirse de la cintura, lo que crearía una composición muy diferente de la que apreciamos hoy sin los brazos.

No sabemos su autoría. Se barajan nombres como los de algún artista de talleres de Antioquia, bien (Ages)andros o (Aleix)andros. Lo que sí parecen más claras son las influencias a las que remite la obra, porque se rastrea un modelo de referencia en la Venus de Cnido de Praxiteles por la imagen de una Afrodita púdica, cuya iconografía se generalizó precisamente a partir de dicha pieza. Aún resulta más evidente la influencia de Lisipo, porque la Venus de Milo, es dentro de la estatuaria helenística, la más clásica de todas ellas. Su expresión reposada, el tratamiento sutil del cuerpo, su idealismo gestual, tan lejano del pathos helenístico, el elegante trabajo de los paños, el comedido contraposto, por lo demás tan evidente, y sobre todo el aire de serenidad que nos transmite es totalmente clásico y nos trae a la memoria el arte del clasicismo Tardío. No obstante también hay elementos formales que la integran en la corriente helenística a la que en realidad pertenece: para empezar el propio canon, más grande de lo habitual (más de dos metros de altura), el movimiento sinoideo que contrabalancea el cuerpo en una línea serpentinata, el contraste táctil entre el trabajo pulido del cuerpo y el profundo y rugoso de los paños, y especialmente esa provocación hacia el espectador llena de sensualidad que supone la posición inestable de la túnica que apenas le cubre el pubis y la cintura, y que parece deslizarse irremisiblemente cadera abajo en un efecto que además crea una insospechada sensación de movimiento.

En todo caso, se trata de una Afrodita bellísima, de una textura y refinamiento exquisitos, que hoy es una de las grandes estrellas de un Museo estrella como es el Louvre de París, lugar en el que recalaría después de no pocas vicisitudes. Su descubridor Yórgos Kendrotás, la vendería a un clérigo ortodoxo, que a su vez contactó con un oficial francés de la marina para vendérsela al embajador de Francia en Constantinopla, que a su vez se la entregaría al rey Luis XVIII, que es quien decidió trasladarla al Louvre para su admiración pública. Grecia se quedaba así sin otra de sus obras más representativas, y en este caso, sólo unos días antes de que proclamara su independencia del Imperio turco.







 

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