R. Casas: "Plein air" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Plein air

 

Ramón Casas

MNAC.Barcelona. 1890.

 

La pintura de finales del S. XIX en España cuenta con una cierta variedad temática y estilística que va ligada a las influencias extranjeras que con mayor o menor éxito y que con más tardanza que premura van llegando a nuestro país. Hay pintura realista de paisaje, pero también de realismo social, hay una influencia impresionista, tardía en la mayoría de los casos, como ocurre con J. Sorolla, y hay una incidencia del Modernismo que se asienta principalmente en Cataluña. No es de extrañar, considerando el gusto burgués por este estilo y la expansión de la burguesía catalana al final del novecientos.

Dentro propiamente del movimiento modernista hay que destacar a figuras tan relevantes como Hermenegildo Anglada Camarasa, que es quien establece una relación más estrecha con el Modernismo que se está realizando entonces en Europa; Enric Clarasó y Josep Llimona en el campo de la escutura; y dos personajes de trayectorias paralelas, Santiago Rusiñol, y quien hoy nos ocupa, Ramón Casas. Los dos hermanados por una vida en la que compartieron vivencias y aventuras, y una devenir semejante en su evolución pictórica, que los coloca a los dos entre los renovadores de la pintura del momento.

Ramón Casas nace en Barcelona en 1866, empezando muy joven a estudiar arte en  esa misma ciudad, aunque será después de superar una tuberculosis a los veinte años, cuando conozca a Santiago Rusiñol con el que marcha a Francia, y comparta alojamiento en el Moulin de la Galette de Montmartre con él y con Miquel Utrillo. Comienza entonces una inmersión total en la bohemia parisina, a la que supo sacarle el máximo partido, no sólo por sus festivas alegrías, sino porque fue ese ambiente el que le permitió renovar su estilo y el de la pintura española de esos años.

Casas, un pintor capaz de tratar el tema social, como ya hemos comentado (La carga, Garrote vil), es también, después de sus estancias parisinas, el pintor de los espacios serenos, de las luces quietas, de los paisajes evocadores y los interiores gratos. Su detallismo exquisito se atenúa en medio de una atmósfera difusa que invita a la reflexión y al pensamiento. Tal vez se deba todo ello a su dominio de la luz y del color, que a muchos críticos les recordaba a Renoir; en palabras de Lafuente Ferrari, un “Renoir español”, menos sensual, pero más sobrio y más concienzudo en el dibujo.

Aún con todo, las obras de esta fase, de clara reminiscencia impresionista, no serían bien recibidas en España, pero sin embargo son de una gran calidad como demuestra precisamente el cuadro que hemos elegido para nuestra Mirada de hoy y que corresponde precisamente a esa fase.

Plein air es una obra de 1890, que fue expuesta un año después en la Exposición General de Bellas Artes de Barcelona, y que se elegiría también entre las piezas seleccionadas para completar la Sala Catalana de la Exposición Hispano-francesa, celebrada en Zaragoza en 1908.

Contiene ya todas las características que definirán la obra de este pintor y que hemos comentado anteriormente: las luces tenues, las figuras precisas pero envueltas en una atmósfera evanescente, y el trazo firme y delicado a la vez.

Las reminiscencias impresionistas son claras, en primer lugar por la propia intrascendencia del tema, enmarcado en un paisaje urbano al aire libre. También por la propia composición, con elementos incompletos en los extremos del cuadro, que será una tónica de la pintura impresionista, tomada de la influencia de la estampa japonesa. Por la armonía monócroma de los tonos elegidos, entre el gris y el azul, envueltos en una neblina vaporosa típicamente impresionista, a lo que contribuye indudablemente el trazo difuso y evanescente, que define precisamente este estilo.

La muchacha que centra la pintura es verdad que nos recuerda algunos cuadros de Renoir, en los que como en éste la figura parece ajena al protagonismo de que es objeto, logrando un curioso efecto contradictorio en el que se combina lo anecdótico de la escena, con una imagen de fugacidad espontánea que le da al conjunto un toque de cierta transcendencia que excita la imaginación. Todo es sereno y amable, todo es informal, pero es a la vez una estampa tan bella y emotiva que trasciende lo cotidiano.

La obra de Ramón Casas terminará triunfando plenamente con el tiempo, alcanzando además notoria fama y llegando a convertirse en el pintor más celebrado de la burguesía catalana, especialmente por sus retratos y diseños de carteles comerciales.

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