| R. Mengs: "Retrato de Carlos III" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Retrato de Carlos III
A. Rafael Mengs.Museo del Prado. 1761.
La pintura del S. XVIII en España, al igual que ocurre con el resto de actividades artísticas, se ve repentinamente trastornada por la llegada de Felipe V al trono, y con él una tradición francesa que no casaba bien con la tendencia barroca del arte español inmediatamente anterior. El barroco hispano, con su fuerte carga tenebrista, su naturalismo, sus pinceladas vaporosas, su realismo expresivo y su mancha de color, se contradecía con el humanismo clásico que había dominado al barroco francés. Por eso mismo, la nueva dinastía se rodeará de artistas extranjeros, rompiendo de esta forma la continuidad generacional que había tenido nuestra pintura durante el Siglo de Oro, y explicando así la pobreza de nombres y obras que de repente asola la llegada del nuevo siglo. En efecto, Felipe V no duda en nombrar como pintores de Cámara a hombres como el francés Jean Ranc, protagonista del incendio del Alcázar de los Austrias, que se inició precisamente en sus habitaciones durante la noche buena de 1734. Muerto Ranc, Felipe V, nombraría a Louis Michel van Loo, de origen flamenco, y cuyo cuadro más conocido es el enorme Retrato de la familia de Felipe V (Museo del Prado). Carlos III siguió con la misma tónica de rodearse de artistas extranjeros, lo que en el caso de la pintura dio lugar a la llegada a España de los dos artistas que iban a liderar la pintura dieciochesca en nuestro país: Anton Rafael Mengs y Juan Bautista Tiépolo, quienes realizan la práctica totalidad de los encagos regios, incluida la enorme obra de decoración del nuevo Palacio Real. Por todo lo dicho son pocos los pintores propiamente españoles que descollan en este periodo del arte español, que por otra parte se encuentra además en un dubitativo proceso de transición, entre un barroco de tradición que se resiste a desaparecer y una balbuciente estética neoclásica que no acaba de cuajar en España. De hecho, hasta la aparición de Goya no puede hablarse de grandes nombres de la pintura española de este peirodo, y como sabemos él no es un ejemplo de arte neoclásico, sino un “rara avis”, que además vuela libre. No obstante podríamos destacar entre otros autores de cierta relevancia a Luis Meléndez, (el Chardin español); González Ruiz, Salvador Maella o los hermanos Bayeu, artistas estos últimos que sientan las bases de un importante desarrollo de la pintura en la ciudad de Zaragoza, que servirá de primera infuencia sobre el joven Goya. En cualquier caso, de lo dicho anteriormente se deduce que los dos máximos representantes de la pintua del S. XVIII anterior a Goya son en nuestro país dos extranjeros, Mengs y Tiépolo. Dos autores diametralmente opuestos en su estilo artístico: el uno, Tiépolo, epílogo del último barroco italiano, y el otro, heraldo de las primeras muestras del Neoclasicismo en pintura. Su rivalidad enconada y su oposición de caracteres desde su llegada a Madrid derivó en un desprecio mutuo, del que finalmente saldría más airoso Mengs, porque al fin y al cabo su pintura se identifica en ese momento con arte un nuevo, al contrario de la de Tiépolo, representante ya de una estética caduca. Rafael Mengs (Aussig Bohemia 1728- Roma 1729), resultará un pintor plenamente identificado con los criterios de Carlos III lo hizo traer desde Nápoles en 1759, cuando ya destacaba como pintor y como teórico del arte. Desde ese momento se dedicará a pintar algunos salones del Palacio Real, pero también a realizar algunos retratos, en los que sí destaca por su indudable virtuosismo, su nitidez, la calidad de las texturas y su elegancia característica. Entre ellos hay que resaltar el de María Luisa de Parma futura mujer de Carlos IV (Museo del Prado) y éste del rey Carlos III. El retrato responde perfectamente a las cualidades de su autor, de tal manera que su arte severo y meticuloso proporciona un retrato oficial muy adecuado, pues consigue transmitir una imagen distante de majestad y grandeza, en la que se conjugan el aire solemne del monarca y una idealización expresiva del personaje que pretende elevarlo a símbolo de perfección. A todo ello se adapta muy bien el estilo riguroso y metálico de su autor, en el que no falta el virtuosismo en la captación de las calidades en las texturas y una pose de pomposa elegancia. Todos ellos, elementos claramente precursores del más puro lenguaje neoclásico.
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