R. Moneo: Museo Nacional de Arte Romano. Mérida PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Museo Nacional de Arte Romano.

Rafael Moneo.

Mérida (Badajoz). 1986.


Las últimas décadas se han caracterizado por un inusitado interés por la construcción de Museos en todo el mundo. Los museos se han convertido en una referencia cultural que prestigia al país o a la ciudad en la que se encuentran, hasta convertirse en un verdadero emblema de ese mismo lugar, que al mismo tiempo favorece la atracción del turismo cultural, en alza últimamente.

Por tanto no es de extrañar que las instituciones públicas apoyen fervorosamente este tipo de construcciones porque a corto plazo resultan rentables políticamente y a largo plazo lo son económicamente. De la misma forma los grandes arquitectos del momento encuentran en la construcción de museos uno de sus más apetecidos encargos porque el prestigio y el renombre que alcanzan por sí mismos revierte en su propia fama y reconocimiento. Por ello se han convertido en las construcciones estrella de los actuales arquitectos estrella

El fenómeno coincide además con una etapa, a partir de los años ochenta, en los que junto al auge del mercado del arte y una mayor atención social al fenómeno artístico se advierte también un cambio de postura de los propios creadores, que si durante las etapas del Movimiento Moderno siempre criticaron el Museo como un espacio muerto y un cementerio de obras de arte, ahora a partir de la Postmodernidad, defienden el criterio contrario, sobre todo si el museo se entiende como un espacio multifuncional, interactivo, de participación e identificación con la obra de arte, y no como un residuo del elitismo artístico.

El caso es que los museos proliferan de forma espectacular en esos años Véanse algunos casos: El Centro G. Pompidou en París (Renzo Piano & R. Rogers. 1977); la Staatsgalerie de Stuttgart (R. Sterling. 1983); el Museo Abteiberg de Mönchengladbach (Hans Hollein. 1982); el Museo de Artes Decorativas de Frankfurt (Richard Meier. 1984), uno más entre la docena que se construyen en esa ciudad en la década de los ochenta; el Museo Superior de Arte de Atlanta (Richard Meier. 1983); el Museo de la Colección Menil en Houston (Texas) (Renzo Piano. 1986); el Museo de Arte de Kimbell en Fort Worth (Texas) (Louis Kahn. 1972); el Okanoyama Graphic Art Museum en Nishiwaki (Hyogo- Japón. 1984); Museo de Arte de Takasaki (Gunma-Japón. 1974) (ambos de Arata Isozaki), a los que se podrían añadir las ampliaciones igualmente vanguardistas de los grandes museos, como las del Louvre de París, la New Tate y la National Gallery de Londres o el Metropolitan de Nueva York

En España la misma fiebre museística alcanzó la década de los años ochenta y noventa, destacando entre otros, el Museo de Mérida (de Rafael Moneo. 1986); el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona MACB (Richard Meier.1995); el IVAM en Valencia (Carlos Salvadores & Emilio Jiménez. 1989) y por supuesto el Guggenheim de Bilbao (Frank O. Ghery. 1997), así como las reinstalaciones del Centro de Arte Reina Sofia y de la Colección Thyssen-Bornemisza en Madrid, realizadas la primera sobre el antiguo Hospital General de Madrid por Antonio Fernádez Alba, y la segunda sobre el Palacio de Villahermosa por Rafael Moneo. Él es asimismo el autor de la reciente ampliación del Museo del Prado (2007), como J. Nouvell lo fue hace poco (en 2004) de la ampliación del Reina Sofía.

Entre todos los citados destaca singularmente el Museo de Arte Romano de Mérida, realizado por Rafael Moneo. Su ubicación no puede ser más adecuada para el fin que persigue, pues se encuentra sobre restos arqueológicos romanos de la ciudad y a sólo unos pasos del famoso Teatro y Anfiteatro de Mérida. El entorno por tanto estaba impregnado de romanidad, sólo faltaba que el edificio respondiera con coherencia a ese mismo entorno y el éxito estaría asegurado. Lo difícil en cualquier caso era adecuar una intención constructiva “romana” con la funcionalidad que se le supone a un museo moderno.

Moneo lo consiguió plenamente y ahí radica su verdadero éxito: concibe la construcción como una basílica romana, con sus tres espacios a modo de naves longitudinales de los que el central es más ancho y los laterales están subdivididos en altura, por lo que parecen más bajos, de escala monumental y con un lenguaje formal igualmente explícito: arcos de medio punto, mampostería de ladrillo visto que encubre la base de hormigón, y una disposición del mismo en arcos de varias roscas, al modo romano. Los soberbios muros, la altura de las arcadas, la amplitud interior, la misma que en la basílicas romanas, y el concepto de solemnidad espacial que se respira dentro del museo nos traslada inevitablemente dos mil años atrás en la Historia.

Pero al mismo tiempo el museo resulta totalmente funcional. Esa misma amplitud de espacios permite la ubicación perfecta de las grandes piezas que se exponen, la división en naves, longitudinal y transversalmente, compartimenta el espacio y permite la localización de las obras de mayor tamaño en los tramos más grandes y las pequeñas en espacios más reducidos. Además esta disposición alimenta un recorrido abierto y animado en su visita, así como la sorpresa en la contemplación de algunas obras, que escondidas entre los muros y pilares de la construcción, de repente se nos revelan en toda su grandiosidad. No falta tampoco un adecuado tratamiento de la luz, al combinar la cenital proviniente de las cubiertas acristaladas del edificio y la lateral, proyectada desde los grandes ventanales laterales que emulan también los vanos de las naves centrales de las grandes basílicas.

Y ahí está el resultado: romanidad y funcionalidad. Un magnífico edificio, pero sobre todo por su valor en sí mismo, porque pocas veces las referencias historicistas se hacen más elocuentes y vívidas que en la visita a este Museo, casi, casi, convertido  así en un “tunel del tiempo”.

 

 



 

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