| R. van der Weyden: "Retrato de una dama" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
| Jueves, 22 de Octubre de 2009 10:14 |
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Retrato de una dama Roger van der Weyden. Nacional Gallery. Dentro del amplio elenco de magníficos pintores que conforman el grupo de los Primitivos Flamencos, la figura de Rogier van der Weyden destaca de una manera especial. Su maestría es plena a la hora de dominar las características que definen la pintura de este grupo, especialmente la técnica al óleo, y consecuentemente la minuciosidad y el detallismo, el brillo espléndido de sus luces y la elegancia de su pincelada, elementos todos ellos que son inherentes a ella. Por no hablar del color, inimitable en todas sus obras. Pero a ello añade van der Weyden un aporte personal, que resulta singular en el conjunto del grupo y que además él desarrolla a un nivel de calidad extraordinaria. Es su fuerza expresiva, de una contundencia y una hondura espiritual inigualables y que eleva su obra a un magisterio que lo convierte, en nuestra opinión, en uno de los mejores pintores de toda Nacido en Tournai, en la actual Bélgica en 1400 ó 1399, se formará bajo la enseñanza de Jan Van Eyck y de Robert Campin, pintores de los que será un aprendiz adelantado. Convertido en maestro, ejercerá como tal primero en su ciudad natal y poseteriorrmente en Bruselas, donde se asentará definitivamente hasta su muerte acaecida en 1464. Su obra más conocida es una pieza maestra desde cualquier ángulo que se mire, “El descendimiento” del Museo del Prado, que hemos tratado ya en esta página dentro de nuestra particular “Historia de la belleza”, por ello, no es esa la obra que vamos a comentar hoy entre nuestras “Miradas”. Se trata por el contrario de una obra menos conocida, tal vez por tratarase de un sencillo retrato, sin más aspiraciones iconográficas, lo que no impide que se trate también de una pintura espléndida. Y lo es por la precisión técnica empleada en la realización del mismo, por la textura espléndida de la tabla, por el brillo nacarado de la luz, pero sobre todo porque a pesar de su aparente sencillez transmite en toda su amplitud la extraordinaria capacida expresiva del pintor. El retrato representa a Marie de Valengin, hija de Felipe el Bueno, duque de Borgoña, así que no se trata de una mujer cualquiera, sino de una rica heredera borgoñona de la que Van der Weyden hace algo más que un retrato, ya que profundiza en su psicología hasta conseguir un triple efecto sobre el espectador, porque por un lado es el retrato preciso de una mujer concreta, por otro es la imagen de una belleza misteriosa, y en última instancia nos delata en profundidad un temperamento a medio camino entre la sensualidad y el misterio. Técnicamente el retrato es pura pintura flamenca: la línea delicada, los velos de luz creando trasparencias exquisitas, como la de la toca que le cubre la cabeza, el detallismo preciosista, y el efectismo brillante que le otorga la técnica del óleo sobre la madera. Desde el punto de vista de la expresión, el cuadro es puro van der Weyden: la primera impresión mirando la cara de Marie es al de una figura distante, cuyo carácter parece impenetrable. La mirada caída y semicerrada, las manos recogidas, la boca cerrada, y el recato general de toda su postura insisten en esa idea, que parece abocar al misticismo. Pero si profundizamos en la observación, advertimos una sensualidad soterrada que inicialmente pasaba desapercibida, pues la cara de porcelana, los labios carnosos y el sesgo de los ojos incitan a una sensualidad que cuanto más la miramos más se delata. Sin contar una cierta desproporción calculada en algunas partes del rostro porque la frente alargada y el mismo grosor de los labios parece que desajusten un ideal de proporción y armonía, si bien lo que ocurre es que ese es el camino intrincado que a veces nos transforma la belleza escondida en una belleza enigmática, y por ello mucho más atractiva. A todo ello hay que añadir el trabajo del color. Ya comentamos al principio que el tratamiento del color en la obra de van der Weyden es siempre tan personal que resulta inimitable, y siempre de una intensidad y belleza en sus tonalidades que lo hace especialmente luminoso y sorprendente. Buena prueba de ello es el tratamiento cromático de “El descendimiento” del Museo del Prado, del que ya hemos hablado. En esta pìntura, por el contrario, no se utiliza un colorido diverso y variado, al contrario, se trata casi de una pintura monócroma donde prevalece el blanco y el negro: el blanco convertido en luz perlada del rostro y la toca, y el negro pleno que lo rodea, y que actúa precisamente como un potenciador de la luz y de la intensidad blanquecina de la cara, lo que sin duda es un ingrediente más para acentuar la expresividad de la figura. En resumen, este retrato de van der Weyden es un magnífico ejemplo de la calidad de su trabajo y la fascinación que nos produce su obra. En primer lugar porque es un retrato precioso, que incita a su contemplación sin necesidad de más explicaciones, lo cual es suficiente nos parece, para hacer grande una pintura. Pero además está el trabajo excelente de precisión técnica del óleo flamenco, un ejercicio insuperable en el tratamiento de la luz, y por encima de todo, una muestra compleja, profunda y enriquecedora del grado de expresividad que era capaz de conseguir en sus pinturas. Un pintor excepcional.
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