| Rafael: "La Escuela de Atenas" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Rafael Sanzio.Stanza Della Signatura. Vaticano. 1510-1511.
La obra de Rafael en las Estancias Vaticanas supone un cambio progresivo en su estilo y en su forma de entender la pintura, que rompe, aunque sea tímidamente, con su personificación del Renacimiento plenamente clásico. A partir de ese momento puede decirse que se empieza a advertir en la obra pictórica de Rafael una tendencia creciente a romper con los elementos sustantivos del pleno Cinquecento, aventurándose en una línea cada vez más atrevida que encuentra ya indicios de carácter manierista. En cualquier caso la temprana muerte del artista impide saber si esta trayectoria se hubiera afianzado en su obra posterior. Será Julio II quien manda llamar al pintor de Urbino para que redecore sus estancias privadas, reaprovechadas de las que habían sido las habitaciones del Papa Borgia Alejandro VI, en el recinto del Palacio Apostólico del Vaticano. Las pinturas anteriores que ya decoraban estas salas, obra entre otros de Perugino y Sodoma (Giovanni Razzi), el Papa las manda rascar, y encarga a Rafael su nueva decoración. En realidad se trata de cuatro habitaciones: Las salas de Constantino, de Heliodoro, de Las dos obras forman parte de un mismo contenido iconográfico, el del conocimiento de No es menos significativo también el entorno monumental en el que se mueven los personajes: una serie de formas arquitectónicas que estarían representando las novedades constructivas del momento introducidas por Bramante. En ellas destacan a su vez las esculturas de Apolo a la derecha, y Palas Atenea, a la izquierda, protectores respectivamente del Pensamiento y de las Artes. Lo más curioso no obstante de estos retratos es que los modelos utilizados para representar a algunos de los filósofos eran artistas contemporáneos de Rafael. Así la imagen de Platón es el retrato de Leonardo. La de Heráclito sentado en un escalón en primer término, es el propio Miguel Angel; Euclides, agachado al otro lado con un compás en la mano, es Bramante. Al extremo de este mismo grupo y mirando hacia el espectador, se autorretrata el mismo Rafael como uno más entre los astrólogos. Zoroastro es Pietro Bembo, a la derecha junto a Ptolomeo y Rafael. Francesco María della Rovere, es el joven de túnica blanca situado detrás de Arquímides. El discípulo que se inclina con sus brazos abiertos hacia Euclides es Federico Gonzaga, huésped en esos momentos del Papa Julio II. No son los únicos filósofos que se pueden identificar: Alcibíades o quiza Alejandro, con casco y armado; Ptolomeo, es un rey con corona que lleva una esfera en la mano, en primer plano a la derecha; Diógenes, la figura tendida sobre las gradas; Epicuro también aparece a la izquierda con corona de hiedra y rodeado por figuras de todas las edades como corresponde al filósofo de la felicidad; Sócrates aparece junto a Alcibíades, argumentando apoyado por el gesto de sus dedos; Protágoras aparece solitario a la izquierda bajo la de escultura de Apolo, aislado de todos tal vez porque fue quien señaló que el "hombre es medida de todas las cosas". A la derecha, acercándose a Protágoras, entran en escena Parménides y Zenón de Elea. Pitágoras, en primer plano a la izquierda, se esfuerza en escribir, mientras un joven le sostiene su tablilla. Más a la derecha y apoyado sobre un único pie se puede identificar a Arquímides, pues de él son las palabras, "dadme un punto de apoyo y moveré el Mundo". La lectura que conlleva esta identificación entre sabios de Desde el punto de vista Plástico, la pintura de Rafael cambia considerablemente en esta obra. Aunque la disposición de los protagonistas en el centro de la imagen contribuye a a la simetría de la composición, lo mismo que las arquitecturas que los enmarcan, la distribución del resto de personajes resulta mucho menos ordenada que lo que era habitual en sus composiciones clásicas. Además ya no se trata de una concepción estática de la escena, pues la obra se dinamiza tremendamente con una disposición agitada y móvil de los diferentes grupos de personas. Las posturas de los personajes comienzan a retorcerse, a adquirir actitudes forzadas, de espaldas algunas, incluso desequilibradas como la de Diógenes. En cuanto a la luz sigue siendo diáfana, pero el color se hace cada vez más intenso y brillante, más mórbido incluso en algunas tonalidades cálidas, que indudablemente se acercan a la rutilancia manierista. La obra es impresionante, lo es por su grandeza y monumentalidad, patente a través de la rotundidad de las figuras, de sus poses y de sus anatomías, y reforzada por el marco de las arquitecturas que nos recuerdan la grandiosidad de las construcciones romanas. Además
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