Relieve en Kandariya Mahadeo PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Relieve del templo de Kandariya Mahadeo

Khajuraho. Madhya Pradesh. S. XI.


La escultura que decora los primeros monasterios del arte hindú, los llamados stupas, es una escultura de composiciones marcadas por su horror al vacío y de un riquísimo repertorio iconográfico de animales, plantas y figuras de claro simbolismo budista, como divinidades secundarias, guardianes celestes, héroes, ninfas, etc. Procurando una plástica muy naturalista y de detalle.

En cualquier caso el repertorio es enorme dada la cantidad de imágenes que hay que realizar para cubrir buena parte de estos edificios. Siempre sorprende no sólo la naturalidad antes mencionada, y el carácter cotidiano que tienen las escenas, sino sobre todo y más para los ojos de un occidental, las escenas sexuales que desarrollan con una libertad que escandalizaría a más de uno por su erotismo, convertido muchas veces en lujuria. En todo el caso, para el hindú desde época brahmánica, la sexualidad tiene un carácter simbólico y religioso por ser expresión de la fuerza que generan los contrarios y ser fuente además de la fertilidad y la vida.

No obstante, es el periodo de esplendor del Budismo el que supone un desarrollo más prolífico de la escultura. No es que con anterioridad no existiera una obra escultórica, pero sí es cierto que después de un largo periodo del que apenas quedan restos de obra artística, aparece repentinamente una verdadera eclosión que viene a representar el primer momento de esplendor del arte hindú. Influyen en ello varios factores: el primero y más importante tiene que ver con la aparición de la piedra como material constructivo y soporte de la escultura. En realidad la inexistencia de arte en periodos posteriores se relaciona con la utilización de la madera como soporte, lo que explicaría su desaparición. Un segundo factor tiene que ver con la expansión generalizada del Budismo y su interés en hacer del arte un vehículo de expresión y divulgación religiosa. Y la tercera causa coincide con la llegada de Alejandro Magno a las estribaciones del Indo y con ello un curioso fenómeno de interrelación cultural: por un lado se produce una difusión importante y de gran alcance del arte hindú, y por otra del arte clásico sobre el sustrato oriental.

En la escultura india prima principalmente la iconografía de Buda, que presenta varios modelos. Fundamentalmente tres: El Buda de la Escuela de Gandhara, el más clásico de todos, y en el que se advierte esa curiosa influencia recíproca del arte griego , transmitida precisamente por la llegada de Alejandro hasta aquellos extremos del mundo: lleva toga, su rostro es griego, con los lóbulos de las orejas alargados, y el cabello en bucles, que se recoge en un moño encima de la nuca. El Buda de Amaravati, aparece prácticamente a la vez que el anterior, alrededor del S. I a.c. Es de rostro ovalado, con el cráneo cubierto de rizos y el manto con pliegues regulares que parten del brazo izquierdo y se curvan sobre el pecho y sobre la espalda. Por último, también coincidiendo en las fechas de los otros dos, se desarrolla el Buda de Mathura al que podríamos considerar el más genuinamente hindú. Tiene el rostro completamente redondo y el cráneo afeitado, sobrelleva un hábito monacal, apenas apreciable por su incisión muy suave y poco definida, dejando al descubierto el hombro derecho.

Pero la escultura del arte hindú no se reduce a las representaciones de Buda o las brahmánicas de Siva principalmente, sino que tiene un papel protagonista también como elemento ornamental y también simbólico en las construcciones religiosas. La espectacularidad de sus imágenes, su disposición en horror vacuii y su colorismo radiante, hoy completamente perdido, daba una sensación fastuosa al exterior de las construcciones.

En el periodo clásico del arte hindú estos relieves mantienen una misma estructura compositiva llena de gracia y dinamismo, pero varía sustancialmente el elemento iconográfico, íntimamente relacionado con la difusión del Tantrismo que entonces se desarrolla. El Tantra, una fórmula de profundizar en el conocimiento del propio individuo, del yo individual, no cree en el cuerpo como un recipiente del alma, sino al contrario, como un motor del espíritu. En este sentido, la actividad sexual se sacraliza como un auténtico resorte de esa espiritualidad humana, que encuentra en el acto sexual una experiencia que se considera cercana al éxtasis del nirvana y la divinidad. No es de extrañar que bajo este influjo, la cultura india haya desarrollado libros de experimentación sexual, casi religiosa, como el famoso Kama-sutra, o que la escultura en relieve de sus templos desarrollen esta temática de manera reiterativa.

Es lo que ocurre en este que hoy comentamos, que a su abigarramiento estructural, verdaderamente agobiante, y su enorme variedad formal, añade ese toque irreverente de imágenes seductoras que tanto sorprende al ojo y al talante del visitante occidental.

 




 

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