| Retrato ecuestre de Marco Aurelio |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Retrato ecuestre de Marco Aurelio.
Museo Capitolino de Roma. 176.
La figura de Marco Aurelio es una de las más brillantes del periodo imperial romano. Reinó desde el año 161 al 180, sucediendo a Antonino Pío, y constituye junto a éste último y a los emperadores anteriores, Adriano y Trajano, el momento más brillante y próspero de toda la historia del Imperio. Marco Aurelio, apodado el Sabio, fue en realidad un emperador culto, conocedor profundo de la filosofía clásica, lector de Séneca y por ello mismo fiel seguidor del Estoicismo, que supo aplicar a su labor de gobierno. Sus reflexiones sobre el particular se compendian en una obra magna, sus Meditaciones, en la que deja claro que defiende la moderación y la lealtad como pialres de su forma de entender el poder político, y que siempre apostó por la paz, aunque los continuos embates de las tribus germánicas en el Danubio y los problemas en Armenia y Siria le obligaron a un continuo guerrerar. Su legado artístico se concentra principalmente en su Retrato ecuestre, una obra de relevencia por varias razones, pero sobre todo por su rareza, al tratarse en realidad del único retrato ecuestre que se conserva de un emperador romano, así como también por su calidad técnica y artística. El caso es que en la época imperial eran muy habituales este tipo de retratos y que por ello mismo eran numerosísimos los que se exhibían a lo largo y ancho del imperio. De hecho, hay abundantes las pruebas documentales de que existían desde época republicana un crecido número de estatuas ecustres en Roma, y que asimismo desde época de Augusto eran habituales las representaciones de los emperadores sobre un caballo en actitud de revista militar (adlocutio), vestidos con una túnica y paludamentum, y extendiendo el brazo en su saludo al pueblo y al ejército. Pero no ha llegado hasta nosotros ninguna otra escultura ecustre que la de Marco Aurelio, y ello porque durante La obra hay que valorarla tanto desde el punto de vista iconográfico como desde el aspecto formal, como un ejemplo característico del retrato romano. No olvidemos que una de sus características más conocidas es la perfecta profundización psicológica que se hacía de los personajes retratados, lo que en este caso se consigue no sólo a través del retrato en sí, sino de todo la composición del grupo escultórico. Marco Aurelio, se representa sin coraza, ni armas, ni armadura, sólo tocado de la toga del filósofo y en un gesto elocuente, que más que adoptar una actitud de adlocutio parece aplacar los ánimos con su brazo extendido. El gesto del brazo adquiriría todo su sentido de pacificación y clemencia, si como parece y cuentan los relatos del medievo, bajo las patas del caballo se acuclillaba un bárbaro rendido a los pies del emperador. De esa forma se querría transmitir la imagen de conmiseración y humanismo de un emperador que gobernaba con la razón del sabio y no con el atributo militar. Más que vencer al bárbaro parece que lo aplaque, que lo convenza. Pero no es suficiente para describir el retrato psicológico de Marco Aurelio, la composición completa sus atributos. En este sentido cabría recordar que toda escultura ecuestre constituye un símbolo del poder político, que debe aunar en la persona del gobernante las dos cualidades que le son imprescindibles, la fuerza que requiere su autoridad, y la razón que debe de guiar sus decisiones. Símbolos que quedan representados respectivamente por el caballo, que simboliza la fuerza, y el jinete que debe de personificar la razón. Así ocurre también en este retrato, dejando claro de nuevo el talante de Marco Aurelio, porque el caballo con su actitud rotunda, pero no violenta, contribuye a transmitir la idea de poder sereno y sabio: sólo una mano alzada y las cuatro patas sobre el suelo, equilibrando su figura. Marco Aurelio igual, con su rostro sereno y en parte idealizado, todo equilibrio, mesura y por tanto sabiduría. De ahí también la composición equilibrada y cerrada, a la que contribuye la postura del caballo, con la cabeza y la cola hacia abajo y las patas marcando direcciones hacia el centro de la composición, así como la propia posición del Emperador, dominada por el equilibrio y la estabilidad. Estableciendo además entre los dos, los dos ejes principales de la composición, uno en horizontal delineado por el caballo, y otro en vertical, marcado por el emperador, que compensa al anterior y estabiliza plenamente el conjunto de la escultura. Durante mucho tiempo la obra se localizó en Su influencia será decisiva en los retratos ecuestres del Renacimiento, como el Colleone de Verrochio o el Gattamelata de Donatello.
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