S. Boticelli: "Nacimiento de Venus" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Nacimiento de Venus.

Sandro. Botticelli.

Uffizi. 1462.


Sandro Filipepi (Florencia 1445‑1510), era el cuarto hijo de un curtidor, aunque el muchacho se crió con su hermano Giovanni, veinticinco años mayor que él. El apodo de Boticelli le viene precisamente de su hermano, al que llamaban boticello no se sabe si por su gordura o porque fuera un gran bebedor, pero de ahí derivaría el suyo en diminutivo de Boticelli. Tras una formación más completa de lo habitual en una familia trabajadora, empezó a trabajar a los catorce años como aprendiz de orfebre en el taller de su hermano Antonio, pero su inclinación por el dibujo y la pintura animó a sus mayores a llavarlo al taller del pintor Fray Filippo Lippi del que se convertiría en su más fiel seguidor, hasta el punto de discutirse todavía la autoría de buen número de obras asignadas al discípulo, pero que bien podrían ser del maestro. Curisamente Boticelli sería a su vez el maestro del hijo de fray Filippo, Filipino Lippi.

De todas formas más allá de su educación artística no hay que olvidar en Boticelli su sólida formación intelectual, que tendrá una notable repercusión en su obra. En este sentido su relación con las escuelas neoplatónicas de Marsilio Ficino y Pico Della Mirándola dejará un rastro iconográfico muy rico en buena parte de su obra. Esa misma tendencia, en su afán por la idealización de sus temas, dará también lugar a una estética en la que se sublima el concepto de belleza bajo interpretaciones igualmente platónicas, lo que explica su pintura tan delicada y sutil, de líneas precisas, tonos exquisitos, colores suaves y una indudable elegancia formal que no está reñida con una imagen de irrealidad que nos traslada indefectiblemente al mundo platónico de las Ideas

El Nacimiento de Venus, de Boticelli, es una pintura en la que el autor intenta reconstruir una pintura del pintor griego Apeles descrita en un poema por Poliziano. Representa el momento en que Venus llega a la isla de Chipre tras su nacimiento, empujada por el dios del viento, Céfiro, y acompañada por la diosa de la brisa, Aura, mientras Flora, una de las Horas, la cubre con un paño para llevarla a presencia de los dioses.

En la línea de lo dicho anteriormente la obra tiene un claro sustrato neoplatónico con una influencia directa de la Academia de Marsilio Ficino, según la cual, al hombre se le presentan dos caminos, uno contemplativo, regido por Saturno, y otro activo, regido por Júpiter. En este caso, Venus (una Venus púdica, que cubre su sexo con los rizos de su larga melena y que intenta cubrirse los senos con una mano) se  relaciona con el mundo contemplativo de Saturno pues es él (Cronos en la mitología griega), quien la engendra al arrojar los genitales de su padre, Urano, al mar. Aunque también se le ha querido dar una interpretación cristiana, al señalar que es una alegoría del alma cristiana que lo mismo que Venus surge a la vida por el agua, en este caso del bautismo.

De todas formas, no es esta iconografía puramente clásica la única lectura del cuadro porque también se puede traducir como una idealización platónica, pero del ideal de belleza, de la belleza neoplatónica, es decir, inalcanzable, espiritual, de ensueño, existente en todo caso en el Mundo de las Ideas, pero no en el terrenal. Podríamos decir por todo ello, que lo mismo que el cuadro de este mismo autor de La Primavera se relacionaría con la idea platónica del amor, El nacimiento de Venus lo hace con el ideal platónico de Belleza.

Desde el punto de vista estrictamente artístico la pintura refleja perfectamente ese ambiente idealizado y neoplatónico. Es por ello una pintura plana, grácil, etérea, en la que tanto los personajes como los elementos del paisaje se abstraen de la materia y de la realidad.

Prevalece la línea sinuosa y sensual, marcando el ritmo sutil de la composición, y se desentiende de la representación del volumen y de la perspectiva. Tal es su idealización, que las olas del mar se reducen a un mero esquematismo de pequeñas líneas todas iguales. La composición vuelve al esquema triangular, que equilibra en armonía la obra. Y en cuanto a la distribución de la luz sigue una disposición cenital, cristalina, de brillos inmaculados, y que acentúa sin duda la sensación de inmaterialidad. Lo mismo que el color, de tonos alegres, pero en el que impera un entorno verde‑azulado, que enmarca todo el sentido "celestial" de esta representación, aunque en general prevalecen las tonalidades frías, que en todo caso contrastan con el contorno firme y claro de las figuras y el delicado color de las encarnaciones.

El resultado final es el de una imagen que nos presenta una irrealidad ensoñada: el fondo parece un decorado teatral, el mar se ve apenas esbozado, la tierra y los árboles del paisaje resultan ficticios y el cielo se confunde con el mar en una continuidad cromática que carece de perspectiva.

Es igualmente importante subrayar la recuperación del desnudo como imagen de belleza espiritual, lo que es una muestra más de sus referencias clásicas, si bien se trata por supuesto de un desnudo puro y recatado. Al respecto, parece ser que la modelo de esta preciosa Venus pudo haber sido Simonetta Vespucci, amante de Lorenzo de Médicis, cuyo rostro de porcelana, su larga melena dorada y su cuerpo exquisito aparecen también en otras obras del pintor.

En resumen un obra del pleno Quattrocento, es decir, una sabia conjunción de belleza clásica e idealización platónica. Queda del legado clásico el tema, que pertenece a la mitología greco-romana; el desnudo de tradición clásica; así como la autoría original, porque como se ha indicado, la obra se inspira en una descripción de una pintura de Apeles. La búsqueda de la armonía es también una característica renacentista, de ahí la composición triangular, cerrada y estable.

 



 

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