S. Dalí: "La persistencia de la memoria" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

La persistencia de la memoria.

Salvador Dalí.

MOMA. New York. 1931.


Salvador Dalí (Figueres 1904- 1989) es una figura especialmente singular en el panorama pictórico del periodo de las Vanguardias, porque fue por encima de todo un personaje excéntrico cuya genialidad se confunde frecuentemente con su extravagancia, y porque más allá de su virtuosismo, su obra no siempre está a la altura de la fama que cosechó. Sí va a ser un pintor especialmente dotado para el dibujo, que entra en el grupo surrealista de la mano del cineasta Luis Buñuel, con el que colaborará en la realización de la película El perro andaluz. Y probablemente se trate del autor que más coherente resulta con los presupuestos del grupo, porque en su obra laten constantemente muchos de los recurrentes de este movimiento. Si como sabemos, el Surrealismo defiende la libertad plena en el proceso creador a través de la liberación del subsconciente; si por ello mismo el Surrealismo significa fantasía absoluta e imaginación desbordante; si su relación con el psicoanálisis determina la profusión de imágenes oníricas; si el referente de Freud se materializa en la proliferación de obsesiones sexuales en sus obras, Dalí sin duda es un paradigma del Surrealismo porque ninguno de todos estos elementos faltan en la gran mayoría de sus obras.

Como personaje también asumió desde sus comienzos un modelo a seguir según el propio patrón surrealista, hasta convertirse en un intérprete de sí mismo toda su vida, haciendo de sus actitudes extrafalarias, de sus frases ocurrentes y sus actos disparatados una parodia de sí mismo que le hizo, eso sí, muy popular.

Desde el punto de vista puramente artístico es de destacar su dominio técnico, del que se derivan la perfección en el tratamiento de las formas, la nitidez en sus atmósferas y su claridad compositiva, si bien, en muchas ocasiones sus cuadros son cautivos de su propia sumisión a un estereotipo surrealista y también de su obsesión de superponer el personaje que había creado de sí mismo a su condición de pintor.

Buena prueba de ello son algunas de sus aportaciones más personales, a medio camino entre la experimentación surrealista y la ocurrencia, caso de su famoso método paranoico-crítico, que introduce el juego de la doble imagen en sus cuadros.

Con todo y con eso, pueden distinguirse en Salvador Dalí tres etapas bastante diferenciadas. Una primera desde sus comienzos hasta 1929, el que se forma en su Figueras natal y sobre todo en Madrid, donde su contacto con sus compañeros en la Residencia de Estudiantes, especialmente Buñuel y Lorca, le enriquecerían intelectualmente. La segunda etapa coincide con su relación afectiva con su musa, Gala, que además es quien le introduce en el grupo surrealista. Su plena adaptación al grupo y sus obsesiones emocionales provocadas por su amante darán lugar al Dalí más creativo y surreal. Mucho menos interés tendrá su última etapa, después de la Segunda Guerra Mundial, en la que su afección al régimen franquista y al catolicismo le fue convirtieron paulatinamente en una caricatura de sí mismo, sólo preocupado de cultivar su personaje y de pintar preocupado nada más de mejorar sus estrategias comerciales.

La persistencia de la memoria corresponde a la segunda etapa de la que hemos hablado y es un cuadro que recoge buena parte del imaginario de Dalí, que exhibe muchas de sus obsesiones, que se imbrica a la perfección en el ideario surrealista, que cuenta con numerosos símbolos, que es una fantasía oinírica y que responde plenamente al estilo preciso y formalista de su autor.

Se representa un paisaje en el que se intuye la bahía de Port Lligat al amanecer, en cuya playa se extienden una serie de figuras extrañas, consecuencia de ese imaginario surrealista tan caracterísrtico, pero que en este caso contaba Dalí que fue provocado por la imagen del queso camembert que había tomado aquella noche y cuya imagen blanda derritiéndose, no le había dejado dormir. Cuenta que fue así como completó al día siguiente un paisaje que tenía a medio hacer, añadiendo tres relojes blandos que asumían de esta forma la imagen del queso derretido, y un autorretrato suyo pseudomórfico en forma de ameba, del que apenas descubirmos su ojo cerrado por sus grandes pestañas y el resto estilizado hasta la desfiguración. Autorretarto amebiforme que ya había repetido en otros cuadros anteriores como El gran masturbador (1929) y El enigma del deseo (1929).

Son múltiples las interpretaciones que se le pueden dar al cuadro y no todas expresadas por su autor, que sobre el mismo se limitó a decir que "Lo mismo que me sorprende que un oficinista de banco nunca se haya comido un cheque, asimismo me asombra que nunca antes de mí, a ningún otro pintor se le ocurriese pintar un reloj blando".

Algunos símbolos en cualquier caso parecen evidentes, y hacen clara alusión al paso del tiempo y su relación íntima con un elemento consustancial al mismo como es la memoria. Los relojes derretidos son una muestra del paso del tiempo frente al cual no hay medida posible y acaba destruyendo cualquier esfuerzo de intentarlo. Pero también puede interpretarse que es la memoria la que flaquea con el paso del tiempo, hasta reblandecerse sin remisión. El tiempo, en fin, que además se impone a todo y nos impone su ritmo de vida hasta cercenarnos lo mismo que el reloj blando aprisiona el rostro de Dalí. La mosca que aparece en uno de ellos y el sinfín de hormigas que transitan por el único que no se reblandece, el reloj de encima de la mesa, son símbolos reiterativos igualmente en muchas de sus cuadros, y siempre bajo el mismo significado de destrucción, como si así respondiera al miedo pavoroso que le tenía Dalí a los insectos desde la infancia, y que de esta forma se convierte además en una típica respuesta psicoanalítica a los traumas de la infancia.

El tiempo por tanto se representa así como una entidad negativa, imponderable, que agota la memoria, impone su dictadura a nuestras vidas y destruye cuanto toca. Imposible además de medir.

Aunque como no podía ser de otra forma, también se le han de derivado otras simbologías relacionadas con el mundo de las fantasías sexuales. No sólo porque son reiterativas en el universo surreal y más aún en la obra de Dalí, consecuencia además de la importancia de la sexualidad en los supuestos freudianos, sino porque el cuadro se inscribe en esa etapa ya comentada en la que su relación recién iniciada con Gala acumula una serie de obsesiones constantes que salen a relucir repetidamente en sus cuadros. Especialmente la dualidad entre lo duro y lo blando, que en casi todos los cuadros de esta etapa se relacionan bajo la dualidad de lo “firme” del entorno y lo fláccido de las figuras, en una representación simbólica más de una dialéctica sexual que al parecer obsesionaba a Dalí.

El cuadro por lo demás es un típico prototipo daliniano por la claridad de las imágenes, la perfecta definición del dibujo y la sencillez compositiva, que como en tantos otros casos  consigue un efecto doblemente sugerente, por su definición plástica y a la vez por el indudable atractivo que siempre suscitan el enigma y el misterio.

 

 



 

Comentarios  

 
#1 Nahir Oroná Bustos 04-08-2010 21:46
que lindas pinturas!!!!
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