San Lorenzo de El Escorial PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Juan Bautista de Toledo & Juan de Herrera.

 

El Escorial. 1563-1582.

 

En el ámbito de la arquitectura de nuestro país perviven con enorme intensidad las tradiciones constructivas del arte gótico, que lejos de estar agotado en la España del S. XVI encuentra un momento de renovado impulso. A ellas se deben de añadir también las aportaciones mudéjares que siguen igualmente vigentes. Por ello nuestro primer Renacimiento arquitectónico conserva un tono de notable importancia ornamental, que encuentra como elemento de renovación artística un mayor abigarramiento decorativo, lo que ciertamente no podía quedar más distanciado de los presupuestos puristas del Renacimiento italiano.

El punto de inflexión de este proceso será la construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, sobre todo por su renovación formal y por su enorme repercusión posterior, aunque con anterioridad ya se advierten las influencias manieristas en obras como el Palacio de Carlos V de La Alhambra, obra de Pedro Machuca.

El Escorial es en esencia una obra manierista, aunque su influencia marca el comienzo del llamado estilo herreriano, cuyo predominio en el Primer Barroco español será determinante. De ahí la importancia de su estudio.

La idea constructiva de El Escorial es una apuesta personal de Felipe II, y la ejecución de sus planes constructivos también, por lo que se convierte en un perfecto ejemplo de la imposición y el condicionamiento del mecenas sobre la obra del artista, aspecto éste que será también característico del posterior periodo Barroco.

Su construcción tiene como origen la conmemoración de la Batalla de San Quintín (1557), ganada por las tropas españolas a las francesas precisamente el día de San Lorenzo, y se diseña originalmente con una una finalidad múltiple, la de ser al mismo tiempo, palacio, iglesia, panteón real, y centro destinado a las artes y las ciencias.

Su proyectista fue Juan Bautista de Toledo, pero al morir a los cuatro años de iniciarse la obra, es sustituído por Juan de Herrera, que concluye la obra en un estilo muy personal, diecisiete años después.

La Planta del Monasterio es un amplio rectángulo del que sólo sobresale, al fondo, el edificio dedicado a los aposentos reales o Palacio, configurando así una forma de parrilla en la planta, recuerdo simbólico del instrumento de martirio de San Lorenzo, titular del Monasterio.

A la entrada se abren a ambos lados, sendos patios cuadrangulares, subdivididos a su vez en cuatro partes, en un esquema muy manierista de situar los espacios abiertos no directamente como prolongación de la entrada, sino a los lados, lo que resulta una solución que invita a la confusión del espectador y es totalmente anticlásica. En la parte posterior del recinto, a los lados de la iglesia, se abren otros dos, en este caso sin subdivisión, de los cuales es famoso el de Los Evangelistas, que cuenta con la presencia de una fuente en el centro.

Integrada en el centro del rectángulo se eleva la iglesia, con planta a su vez centralizada, de cruz griega, subrayada además por el remate de su magnífica cúpula.

En su interior se sitúa un presbiterio elevado, y bajo éste el Panteón Real, de planta octogonal y decorado con mármoles jaspeados, que crean un ambiente realmente sobrecogedor. Consta de 26 sepulcros de mármol donde reposan los restos de los reyes y reinas de las casas de Austria y Borbón, excepto Felipe V (enterrado en el Palacio de La Granja) y Fernando VI (en las Salesas Reales de Madrid). Es obra que se completa tiempo después de la conclusión oficial del edificio, de la mano del arquitecto barroco Juan Gómez de Mora.

La concepción espacial de las estancias interiores es sobria y monumental, con repetición de arcos, pilastras toscanas acanaladas, de gran ritmicidad, y bóvedas de cañón con lunetos.

Al exterior destaca especialmente el aire sobrio y austero de todo el conjunto, sin ornamento alguno, y del que sobresale el sentido robusto del muro desnudo de granito y, como único elemento dinamizador, las series repetitivas de ventanas, muy sencilllas, adinteladas e igualmente carentes de ornamento. Se crea así un ritmo reiterativo de volúmenes exteriores ad infinitum, que resulta también típicamente manierista.

Esta solidez externa adquiere elegancia gracias a los remates superiores de toda la edificación, destacando las cuatro torres de los ángulos, más las otras dos que flanquean la iglesia, así como los tejados, típicos de las arquitecturas de los Austrias, a base de cubierta de pizarra a dos vertientes muy anguladas, buhardillas, y chapiteles rematando las torres. Igualmente característicos de esta arquitectura herreriana serán los piramidiones o remates en forma de pirámides con bolas, que coronan también los elementos altos de la construcción.

Sólo la fachada propiamente dicha de entrada al edificio rompe ese sentido de severa austeridad escurialense. Está formada por un amplio pórtico de dos cuerpos. El inferior presenta ocho columnas dóricas; y el superior, cuatro jónicas, un nicho en el centro que cobija la imagen de San Lorenzo y un remate superior en frontón.

En conjunto la solemne austeridad del edificio de El Escorial es la imagen perfecta del concepto de Estado y de Imperio de Felipe II: frío y tremendamente racional. Racionalidad armónica basada en un patrón matemático de proporcionalidad, que conlleva también un simbolismo hermético, mágico y de connotaciones esotéricas, temas estos últimos a los que por lo visto también era muy aficionado el propio rey.

En cualquier caso ese canon matemático consigue el efecto de solemne monumentalidad y elegancia severa, que será tan caraterístico del edificio, y que marcará una impronta a seguir en las primeras décadas del Seiscientos español, dando lugar al estilo herreriano o purista que da nombre a la arquitectura del Primer Barroco en nuestro país.

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