| Stefano Maderno: "Martirio de Santa Cecilia" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Martirio de Santa Cecilia.
Stefano Maderno.Basílica de Santa Cecilia del Trastévere. Roma. 1600.
La escultura del periodo final del Manierismo acusa al término de la centuria un cambio de tendencia en la que influirá decisivamente el triundo de En medio de este panorama van a aparecer una serie de escultures, a caballo de ambas centurias, difíciles de clasificar porque mantienen la inercia del último clasicismo renacentista, pero inmersos ya en la vorágine de los cambios que propicia Pero hoy nos centraremos en una talla singular de uno de estos escultores anteriores a Bernini, Stefano Maderno. Poco se sabe de él, uno de los escultores que como hemos comentado, ejemplifican el tránsito del Manierismo al primer Barroco. Y se sabe poco porque la documentación es escasa, lo que lleva a conjeturas no siempre demostrables, como que fuera familiar del arquitecto barroco Carlo Maderno, autor entre otras obras de la fachada de la basílica de San Pedro del Vaticano. Su obra artística se centra principalmente en la escultura en mármol, en la que se inició a edad temprana como restaurador de piezas clásicas, y si bien es relativamente amplia su obra documentada, si duda es su Martirio de Santa Cecilia la escultura que le otorga fama y que encuentra un hueco entre las piezas más selectas de En medio de la exaltación católica contrarreformista del tránsito del siglo XVI al XVII, el cardenal Paolo Emilio Sfondrato descubre en 1599 la tumba de la santa mártir, dentro de la basílica de Trastevere que llevaría su nombre. Se cuenta que, joven e incorrupto, el cuerpo fue hallado en la misma posición en que luego lo esculpiría Maderno, con toda su carga de inocencia y lasitud. Ahí está tal vez la aportación de esta escultura que la hace tan especial, la naturalidad expresiva que le inculca Maderno, la sencillez extrema con la que trasmitir la idea de fragilidad conmovedora que ofrece la santa en su postura. Maderno conserva el sentido clásico de la precisión en la talla y de la composición yacente, serena y estable, distante de la espiral manierista pero también de la agitación barroca. Y sin embargo su sentido de la expresividad resulta cercano y sensible, como caracteriza al barroco escultórico. Inerte, el cuerpo de la santa se extiende en vertical sin apenas mostrarnos su cara, lo que reduce la fuerza de su expresividad al tratamiento de los paños y a la delicadeza de la postura y de su cuerpo exánime. Pero hay más, porque la belleza de la pieza se concentra en el minimalismo de una representación reducida a los detalles exquisitos (de las manos por ejemplo), la armonía de la composición, la apostura del cuerpo y sobre todo a la ausencia de un rostro concreto, lo que reduce toda su carga emotiva al gesto de su ocultación, en un recurso expresivo ya utilizado, pero que resulta siempre especialmente elocuente porque, envuelta en el misterio de la inconcreción, la bella mártir se exhibe así en su plena espiritualidad. Por otro lado, la representación de la joven en la posición exacta en que se dice que se descubrió, tallado su cuerpo con un virtuosismo de extraordinario realismo, también contribuyó al reconocimiento y la fama alcanzada por la pieza. Es precisamente la originalidad en la composición y una renovación de las complejidades manieristas, lo que coloca esta obra de Maderno en otra dimensión artística, de una hermosa plenitud clásica, pero que no obstante propone un nuevo concepto de hondura expresiva, natural y profunda, con la que abrir los nuevos derroteros que anuncia el Barroco. Lástima que Maderno no fuera capaz de mantener este nivel artístico en sus encargos posteriores y que por ello, esta obra de juventud, quedara como una isla de genialidad en medio de la atonía general que caracterizará el resto de su producción.
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