| T. Gainsborough: "La carreta del mercado" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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La carreta del mercado Tate Gallery. Londres. 1785.En el campo de la pintura, Inglaterra alcanza un liderazgo en el periodo de El primer capítulo en ese proceso de renovación lo protagoniza el pintor William Hogarth (1697-1764), que al mismo tiempo que pinta se empeña en una labor de teorización del arte, tratando de comprender el porqué de la falta de tradición de una pintura propiamente inglesa. Hogarht piensa que la causa principal es el apego de la nobleza inglesa al arte italiano, por lo que se rebela contra ese tipo de pintura y por sus temas, iniciando un estilo nuevo, cuyo lenguaje enlaza con los temas de la calle, con la crítica social, con nuevos contenidos morales y cívicos. En fin, una pintura hija de los nuevos tiempos y sobre todo del auge de la burguesía en Pero mientras Hogarth añade a todo ello también un talante anticlásico, sus seguidores no siempre continuarán ese criterio, a pesar de seguir en el mismo proceso de renovación de la pintura inglesa. Así Joshua Reynolds (1723-1792) defiende una idea clasicista en el arte, basada en la tradición de los grandes maestros, buena prueba de lo cual son sus espléndidos retratos (Miss Jane Bowles. Colección Wallace. Londres. 1775). No obstante, la culminación de todo este proceso afortunado de la pintura inglesa, lo culmina el que podemos considerar como el mejor pintor inglés del siglo y uno de los grandes maestros de la historia: Thomas Gainsborough (1727-1788). No sólo introduce la novedad temática de la interrelación entre el paisaje y el retrato, no sólo otorga por ello un protagonismo "trascendente" al propio paisaje que desborda los límites de su propio género, sino que además de resultar un extraordinario retratista, renueva abiertamente las técnicas al uso, utilizando una pincelada abierta y abocetada, que estaba sentando las bases de la siguiente renovación, que llevarían a cabo años después Constable y Turner. Gainsborough, nacido en Sudbury (Suffolk) en 1727 recibió una variada formación que transitó desde su aprendizaje inicial como grabador y dibujante, a su aprendizaje de pintor en el que recibió influencias diversas pero todas importantes, desde Watteau a van Dyck, del que sabría captar la precisión en el retrato y la atmósfera luminosa de los paisajes flamencos del siglo anterior. La importancia de Gainsborough en el panorama de la pintura de la segunda mitad del S. XVIII en Inglaterra comienza con su valía como retratista, con ejemplos que hablan por sí solos, caso del Niño Azul (San Marino. California. 1770), en el que a la espléndida imagen del muchacho hay que añadir el ingrediente favorito de su autor, ese color azul que él hizo inimitable; o el famoso retrato del Señor y Aunque su mayor talento y su mayor capacidad de renovación la demuestra en el género del paisaje. Sobre todo por su forma novedosa de tratar este género, porque la naturaleza en sus cuadros parece cobrar vida por sí misma, llena de una especial serenidad que trasciende el cuadro y que parece envolvernos con su calma y su silencio. Es una magia especial la que transmite, que va más allá del mero paisajismo y en el que tiene mucho que ver por supuesto su peculiar técnica, pero también la presencia humana que nunca falta en ellos. Una presencia menuda siempre, apenas perceptible, poco menos que insignificante, pero que se involucra en el entorno de una manera tan inevitable, que convierte ambos elementos en dos componentes indisociables: paisaje y retrato. Tal vez uno de los ejemplos en que más claramente se aprecian todos estos elementos sea en el que comentamos, porque esa sensación de serena placidez, esa presencia humana casi imperceptible y el entorno de una naturaleza majestuosa consiguen conmover al espectador, preludiando sin duda el paisajismo del movimiento Romántico. De hecho ya en esta obra la naturaleza que envuelve a los hombres se representa en toda su grandeza, lo que reduce al hombre a la insignificancia. Especialmente a través de los árboles grandiosos que parecen envolver la carreta, empequeñeciendo la condición humana hasta su verdadera dimensión. Algo que en cierto modo volverá a repetirse en los cuadros de un pintor romántico como Caspar David Friedrich. No olvidemos su técnica. Su pincelada libre, de trazo menudo y suelto, de toques sueltos como los llama Reynolds, que según este mismo autor contribuyen a la ligereza de efecto que constituye una belleza notable de sus pinturas. Y sobre todo el toque de color. Un color de tonos predominantemente fríos, verdes en este caso, pero que son en última instancia los que transmiten esa atmósfera de luces tenues, que nos inducen a la melancolía. ![]() Otros artículos de esta sección...
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