Templo de Zeus. Olimpia PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Templo de Zeus”

 

Libón de Elis

 

Olimpia. 472-457 a.c.

 

 

Entre los templos más conocidos y más importantes del periodo del Clasicismo pleno en la Antigua Grecia destaca el dedicado a Zeus en el Altis o bosque sagrado del Santuario de Olimpia. Su construcción promovida por los habitantes de la vecina ciudad de Elis, se decide al poco de obtener esta polis una importante victoria sobre la de Pisa en el año 472 a.c., de cuyo botín saldrían los recursos para levantar el templo.

Con el tiempo, el edificio se convertiría en uno de los referentes principales de la arquitectura clásica, al mismo nivel de las construcciones de la Acrópolis de Atenas o del Santuario de Delfos. En primer lugar por la belleza y perfección técnica del templo, que marca junto al Partenón el modelo constructivo prototípico del orden dórico, a lo que se añade la importancia del lugar y la difusión que tendría en todo el mundo clásico a través de las Olimpiadas, y asimismo el añadido artístico que supuso contar con la escultura del Zeus olímpico realizado por Fidias, y que pasa por ser una de las siete maravillas del mundo antiguo.

En cualquier caso hubiera bastado el templo por sí solo para alcanzar tanta fama, porque es el modelo perfecto de belleza clásica y como hemos dicho, el prototipo de templo de orden dórico, con la particularidad que se construye algunos años antes que el Partenon, por lo que hay que reconocerle a Libon de Elis, su aportación decisiva al desarrollo de la arquitectura del periodo clásico pleno.

Se trata de un templo de planta rectangular, hexástilo, aunque con dos columnas in antis en los lados cortos, períptero y de orden dórico, que respeta escrupulosamente los principios básicos de proporción y perfección técnica que definieron la edilicia clásica. La proporción se establece a partir de un canon que interrelaciona bajo un mismo equilibrio numérico el todo con las partes del edifico. La distribución de las columnas en un canon de 6x13 (seis columnas en los lados cortos del rectángulo que forma su planta y trece columnas en los lados largos, es decir la proporción del doble más una en los lados largos respecto a las fachadas), lo que llamamos peristasis, se mantendrá durante mucho tiempo como una medida establecida, lo mismo que la relación del diámetro de los fustes de las columnas en relación a su altura, o la proporción matemática establecida entre la anchura, la altura y la longitud del edificio, que completan en definitiva una “caja” espacial perfectamente proporcionada, lo que consigue un efecto de equilibrio, orden y mesura en la contemplación del edificio que no excluye por otra parte su monumentalidad.

En cuanto a la perfección técnica es la consabida también en todos los templos griegos, especialmente en el trabajo de los sillares, que en este caso son de piedra caliza del lugar y no de mármol, en la unión precisa de los mismos, y en los famosos reajustes ópticos, con los que conseguían una visión de perfección lineal de las piezas en vertical y en horizontal, más allá incluso de nuestra imperfección visual. Aquí aplicados a las esquinas, aproximando las columnas de los ángulos a las correlativas más que el resto entre sí, combando arquitrabes para suplir la propia curvatura de la visión óptica, y en este caso, incluso, ampliando la medida de los ábacos en relación a los equinos de los capiteles, para ajustarlos a la monumentalidad de los fustes de las columnas. Toda una lección de cálculo.

Como también es habitual, el templo se dividía en tres salas, pronaos, naos y opistódomos, dividiéndose la naos o cella en tres naves, de las cuales la central era más ancha que las laterales, disponiendo en altura doble orden de columnas superpuestas. Una estructura igualmente perfecta en su proporcionalidad, por más que no lo pareciera cuando se colocó la escultura de Zeus Olímpico en la nave central de la cella. Las dimensiones enormes de la imagen que ocupaba toda la anchura y la altura de la nave provocaban, según contaba Estrabón, una cierta sensación de agobio espacial, dando la impresión de que el techo saltaría por los aires si a Zeus se le hubiera ocurrido levantarse un poco de su asiento. Menos mal que era de oro y marfil.

Aparte de la pieza central de Fidias, la decoración escultórica se completaba con una serie de relieves realizados por otro taller, dedicados a los trabajos de Hércules en las metopas interiores de los dos hastiales del templo; una centauromaquia o lucha de de lapitas y centauros en el frontón occidental, y la carrera entre Pélope y Enómao en el Oriental (ambas en el Museo de Olimpia). Todas ellas en un estilo severo, alejado aún de la belleza exquisita que desarrollará el taller de Fidias en el Partenon, y que señala la mano de uno o varios artistas aunque bajo el estilo uniforme del llamado “maestro de Olimpia”.

El templo permaneció como un lugar de veneración durante la época romana, al menos mientras se siguieron celebrando las olimpiadas hasta el S. IV. Poco a poco el lugar se iría abandonando, hasta ser destruido por las invasiones bárbaras y finalmente cubierto y enterrado por los aluviones del río Alfeo. Por todo ello, no queda de él en la actualidad más que el arranque de algunas columnas y el perímetro de la planta, así como los relieves de metopas y frontones encontrados durante las excavaciones de 1875 y un rosario de tambores sueltos de los fustes de las columnas que siembran el lugar de una romántica nostalgia. De todas formas es uno de los lugares más espectaculares de la Antigüedad clásica, y a pesar de su estado su monumentalidad resulta todavía sobrecogedora, dando lugar a uno de los ejemplos más hermosos donde evocar la belleza eterna de la ruina.

 

 

 

Comentarios  

 
#2 cesc granell 28-10-2011 09:01
bueno descripción aunque incidiría más en algunos detalles
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#1 lesly chira castillo 07-10-2010 02:23
este templo si es una verdadera belleza
y a pesar del tiempo transcurrido sigue siendo hermoso
me gustaria conocerlo
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