Teruel mudéjar en "Miradas" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Teruel mudéjar.


Teruel. S. XIV.


El término "arte mudéjar" conlleva una serie de confusiones conceptuales e historiográficas, que conviene despejar como paso previo a la interpretación, igualmente compleja, del fenómeno de este arte peculiar.

Debemos diferenciar en primer lugar las acepciones que son puramente étnicas, de tal modo que son mudéjares aquellos musulmanes que quedan sometidos a poder cristiano según avanza la reconquista, de hecho la palabra proviene del árabe (mudayyan) que significa precisamente sometido. Por el contrario moriscos son aquellos mudéjares que se ven obligados a convertirse forzosamente al cristianismo, medida ésta que se toma en Castilla a partir de 1502 y en Aragón a partir de 1526. Como tales permanecerán en la península hasta que Felipe III decida su expulsión definitiva en 1609 y 1610 respectivamente.

En cualquier caso el arte mudéjar no está estrictamente ligado a la labor de los mudéjares en una interpretación puramente étnica. Es cierto que este arte peculiar tiene una clara raíz musulmana y que los mudéjares como carpinteros, yeseros, ceramistas y buenos trabajadores en los oficios de la arquitectura, fueron sus principales impulsores, pero no sus únicos artífices, que en muchas ocasiones fueron incluso los propios cristianos.


Si a ello añadimos las diferencias regionales que el mudéjar manifiesta en las distintas zonas de la península y la perdurabilidad de este arte prácticamente desde el S. XI hasta el XV, resulta francamente difícil definir el mudéjar como un "estilo" concreto y también establecer una morfología específica que lo distinga con precisión.


Por ello la historiografía tradicional ha tenido sus dudas a la hora de considerarlo como tal estilo siguiendo una pauta en su definición que hoy ya no es aceptada: se consideraba que la aportación mudéjar era aquello que denotaba su influencia islámica, lo que se reducía al elemento ornamental y la construcción en ladrillo. Por el contrario, el aspecto estructural se estimaba totalmente vinculado al arte occidental, de tal forma que se llegaron a acuñar términos tales como Románico de ladrillo, gótico de ladrillo, o Románico-mudéjar, Gótico-mudéjar, Plateresco-Mudéjar y hasta Barroco-Mudéjar.

Hoy sabemos, gracias al estudio de los especialistas más cualificados como Gonzalo Borrás o Geneviève Barbe-Coquelin de Lisle y sobre todo a la aportación continuada en la investigación que han supuesto los Simposios de Mudejarismo organizados en Teruel a lo largo de los últimos veinte años, que el Mudéjar tiene su propia personalidad, que va más allá de un mero rebozo o epidermis ornamental. El Mudéjar cuenta con su propia concepción espacial y por supuesto con su personal decoración, en todo lo cual tiene una deuda estrechísima con el arte musulmán y mucho más escasa con el occidental.

De aquí podríamos deducir las principales características de este estilo, en primer lugar la existencia de elementos estructurales específicos, como por ejemplo la naturaleza de sus torres campanarios, que repiten habitualmente los mismos esquemas de los alminares musulmanes o la misma concepción espacial de sus edificios; la utilización de materiales pobres como el ladrillo o el yeso en su construcción; tipologías constructivas específicas, como el repertorio de arcos utilizados de plena raigambre islámica; los juegos lumínicos en la animación de los aparejos externos, buscando con la decoración ciega los contrastes de luz y de sombra; los efectos de desmaterialización arquitectónica, tan típicamente musulmana, conseguida en este caso a través de la utilización abundante del elemento cerámico; y en fin, una tendencia al horror vacuii, sobre todo en los exteriores, cuya filiación resulta igualmente clara.

Si en alguna región española el Mudéjar adquiere una mayor importancia cuantitativa y cualitativa es en Aragón. No sólo es el núcleo hispano que mayor número de obras mudéjares aporta al territorio nacional y la mayoría de una importancia notoria en el panorama de nuestra Historia del Arte, sino que también puede decirse abiertamente que el Mudéjar constituye una de las señas de identidad más genuinas y propias del arte aragonés. A ello contribuyó en su momento la abundante población mudéjar asentada en esta zona rica en agricultura, y también los condicionantes geográficos de gran parte de esta región, donde escasea la piedra pero es fácil la fabricación de ladrillo con los limos del valle del Ebro.


En Aragón además es donde de manera más preclara se advierte que el arte mudéjar es una continuación del arte musulmán, con las alteraciones propias de los cambios de época y las influencias cristianas, pero sin perder nunca su esencia. De hecho está más que demostrada la influencia determinante y decisiva de una edificación de importancia excepcional como es el Palacio de la Aljafería de Zaragoza en toda la concepción del mudéjar aragonés. Otro factor igualmente decisivo en la expansión y la importancia monumental del mudéjar aragonés es su mecenazgo, muchas veces vinculado al poder regio, como ocurre precisamente en la ampliación del Palacio de la Aljafería en tiempos de Pedro IV que se hace en estilo mudéjar.

Por todo ello son numerosísimas las construcciones mudéjares en Aragón, extendiéndose por amplias zonas de valle del Ebro y sus afluentes, llegando incluso a detectarse su influencia, en algunos casos más que evidentes, en edificios que nada tienen que ver con su forma de construir, como son los monasterios cistercienses, y en especial el Monasterio de Rueda, en la provincia de Zaragoza. Puede hablarse incluso de poblaciones mudéjares desde el punto de vista artístico, como Calatayud, Daroca, la misma Zaragoza o Teruel.

En esta última población el Mudéjar adquiere un carácter patrimonial, siendo numerosos y especialmente notables sus ejemplos, así hay que destacar junto a la iglesia de Santa María de Mediavilla, actual Catedral, de la que sobresale su magnífico cimborrio, su torre-campanario y el artesonado impresionante de su nave central, las torres también impresionantes y declaradas Patrimonio de la Humanidad de San Pedro, San Salvador y San Martín.

Todas ellas se constituyen como Torres-Puerta, vinculadas al recinto amurallado de la ciudad, por lo que nos les falta también un sentido defensivo, y de ahí la existencia de sus remates almenados y de saeteras. Tanto la Torre del Salvador como la de San Martín, presentan un basamento de piedra y un acceso a su través por medio de una bóveda de cañón apuntado, continuándose después la construcción en ladrillo, al contrario de la torre de la Catedral, que no tiene este basamento, pero emplea los sillares en los esquinales del primer cuerpo.

Por otro lado, la estructura interna de todas estas torres demuestra claramente su dependencia de modelos puramente musulmanes, puesto que se adopta la misma que la de los alminares hispanomusulmanes, es decir, la construcción de dos torres concéntricas con una rampa de escaleras subiendo entre las dos. Dichas escaleras permiten el acceso a las tres estancias que se abren en el núcleo interno y que están todas ellas abovedadas.

No obstante el verdadero esplendor y la vistosidad de todas estas torres se encuentra sin duda en su decoración exterior, en la que se otorga un papel primordial al elemento cerámico, fenómeno característico de estas torres turolenses y de otras no menos espectaculares como la iglesia de la Magdalena de Zaragoza.

En San Martín concretamente, los paños se decoran con arcos mixtilíneos entrecruzados y lazos de ocho, entre los que se inserta una gran variedad de formas y elementos cerámicos que van desde platos, a baquetones o a baldosines en forma de rombos o estrellas. Su color, en el que predomina el verde y el blanco, y sobre todo su efectismo lumínico al incidir el sol sobre estas piezas aleteando el rutilar de sus brillos y desmaterializando así su arquitectura, que parece flotar en un aura de reflejos dorados, hacen de estas torres, en efecto, un ejemplo espléndido de lo que representa el arte mudéjar especialmente en Aragón.



 

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