Theotokos entre Juan II y la Emperatriz Irene PDF Imprimir Correo
(0 votos, media 0 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

”Theotokos entre Juan II y la Emperatriz Irene

Basílica de Santa Sofía.

Estambul. S. XII.


El icono bizantino es una de las manifestaciones más genuinas de la concepción artística de ese periodo, considerando sobre todo su doble naturaleza, porque por una parte responde a un criterio del arte basado en la elegancia y el refinamiento, y por otro reproduce perfectamente una iconografía sagrada llena de espritualidad.

En general se denominan como tales iconos las representaciones de imágenes sagradas fuera cual fuese su material o su género, marfiles, mosaicos, tallas o pinturas, aunque con el tiempo se fueron identificaron especialmente con las representaciones hechas sobre tabla. Su indudable éxito y su enorme influencia social estaría en el origen de la llamada crisis iconoclasta.

Estéticamente el icono bizantino se identifica con la propia formulación de otras manifestaciones plásticas, como el mosaico. Prevalecen por tanto las imágenes estilizadas y elegantes propias de un arte aristocrático como lo es el bizantino, pero además con una tendencia a la simbolización idealista, propia de un arte eminentemente religioso. Ello lleva consigo una tendencia a la rigidez y el hieratismo de las figuras, muy esquematizadas en sus anatomías, fuertemente expresivas y proclives a estimular en el espectador la piedad y la devoción.

Pero el icono sufre un primer embate en el año 726 al imponerse en todo el Imperio bizantino el criterio iconoclasta, iniciándose de esta manera uno de los periodos más polémicos del arte bizantino: la llamada crisis iconoclasta. Esta medida pretende evitar el culto a las imágenes, que solía derivar en auténticas idolatrías y en una carrera frenética hacia el lujo y la ostentación de las diferentes parroquias con tal de ganarse la atracción de los fieles y por ende, de sus donaciones. Piénsese que los iconos adquirían entre las gentes una fuerza sobrenatural, capaz de provocar por sí solos todo tipo de milagros, por eso se convertían en objetos valiosísimos que propiciaban su riqueza al cubrirlos las gentes con metales y piedras preciosas.

La disputa comienza cuando el emperador León III (717-741) destruye la imagen de Jesucristo que se encontraba en la puerta de su palacio, originándose una auténtica disputa civil que se radicalizará contra los iconódulos en tiempos del emperador Constantino V (741-775). Las cosideraciones sobre sus motivaciones pueden ser múltiples, desde apreciar en su trasfondo una pugna entre el poder civil y el religioso, hasta considerarlo un reflejo de la diatriba que afecta a la iglesia en la defensa de la imagen como algo bueno o malo. La propia influencia musulmana cuyo arte es igualmente iconoclasta, también tuvo su incidencia en el fenómeno.

Durante el reinado de la Emperatriz Irene (797-802), se vuelve durante unos años y de forma provisional a la permisión de la iconodulia, pero de modo definitivo la crisis no acabará hasta el año 843 en que se deroga definitivamente el iconoclasmo.

A partir de ese momento vuelve al imperio la producción de imágenes, pero ahora bajo un fuerte control de la iglesia, que pretende así evitar nuevas versiones iconográficas que pudieran propiciar de nuevo rivalidades e idolatrías. Por ello se estereotiparon los temas y sus tipologías, así como su estética. De este modo se generalizan imágenes como la de la Virgen en actitud de Theotókos (de madre de Dios), se precisa también la imagen de Cristo como Pantocrator, como Cristo padre, aunque también será muy habitual la imagen de Cristo crucificado, pero con una elegancia formal que lo dignifica en su sufrimiento. Igualmente frecuentes serán las imágenes de santos y todo tipo de advocaciones locales.

Uno de los lugares en donde el icono adquiere una mayor relevacia a través de los numerosos mosaicos que decoran sus muros es la iglesia de Hagia Sofía. Allí se hallan ejemplos muy conocidos, como la imagen de Cristo Pantocrator entre Constantino XI Monómaco y la Emperatriz Zoe; Cristo entre la Virgen y San Juan Bautista; La Virgen entre Constantino y Justiniano, o la que ahora nos ocupa, la de la Virgen como Theotokos entre Juan II e Irene de Hungría. Eso sí, en todos los casos queda clara la vocación cesaropapista del mosaico bizantino, puesto que en todos los casos poder civil y religioso se funden en una misma iconografía.

La representación de la Virgen y el niño entre Juan II y la Emperatriz Irene se halla en la tribuna sur de la Iglesia de Santa Sofía y refleja perfectamente las características del icono bizantino. La Virgen adquiere la frontalidad de una imagen hierática y de cierta rigidez con la que transmitir su carácter divino. Perfiles marcados, simetría en la composición, esquematización de algunos detalles como los pliegues de los paños; simplificación formal y un aire aristocrático en la prestancia de la imagen. Sobre su regazo el niño, que ya adquiere esa actitud distante respecto de la madre que derivará el theotokos en theotronos, cuando la Virgen sólo asuma un papel secundario como simple asiento de Dios. Ya porta el niño la filacteria o rollo de las leyes en una mano y un gesto de bendición en la otra, denotando de esta manera su sabudiría y madurez ya desde su más tierna infancia, en una formulación iconográdica que será habitual en toda la Edad Media. Aunque sin duda el efecto más espectacular lo produce el colorido contastado de los dos personajes, porque el niño dorado contra el azul intenso de los ropajes de la Virgen enfantizan la elegancia y la belleza de la madre. De la misma manera, ese mismo azul potencia los fondos dorados que rodean el icono de la Theotokos, otorgándole a todo el mosaico el lujo y la riqueza que igualmente les suelen ser característicos en el arte bizantino.

Riquezas que se recrean en los atavíos de los reyes, que muestan con toda ostentación sus ropajes de pedrería y sus coronas de brillantes. Por lo demás su solución formal sigue la línea establecida en las otras representacoiones, marcadas también en Juan II y su mujer Irene, por la expresividad de los rostros, la formalidad gestual, la rigidez, la simplificación y esquemarización de los pequeños detalles, la simetría compositiva, y una obligada jerarquización espacial, que expilica su menor canon en relación al icono principal de la Virgen.

 

 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar