| Tintoretto: "Hallazgo del cuerpo de San Marcos" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Hallazgo del cuerpo de San Marcos Tintoretto. Pinacoteca di Brera. Milán. 1562-66.
Ya señalamos en el comentario referido a la obra de Tintoretto, Traslado del cuerpo de San Marcos, cuál había sido la génesis de los encargos que entrelazan en un mismo programa iconográfico aquélla obra y la que hoy comentamos. Ambas sufragadas por Tomasso Rangone para la decoración de la Scuola de San Marcos de Venecia. En la actualidad las dos pinturas se encuentan en localizaciones distintas, la primera en el Museo de la Academia de Venecia, y la otra en la Pinacoteca Brera de Milán, después de reconvertirse la Scuola en un hospital civil, lo que supuso la desmantelzación de su obra artística. Si en aquél se representaba el momento del rapto del cuerpo, en este se va a reproducir el hallazgo del santo, que después de ser martirizado en la ciudad de Alejandría de la que había sido obispo, es arrojado a una mazmorra y posteriormente enterrado en la iglesia que él había fundado en la ciudad. Aunque siglos después serán mercaderes venecianos los que se hacen con el cuerpo y se lo llevan a Venecia convirtiéndolo en patrón de la ciudad. Si la escena del primer cuadro resultaba extraña y sorprendente por la ambientación fantasmal que Tintoretto había sabido recrear en el lienzo, esta otra parte de la historia aún resulta más fantástica y compleja. Sorprende en primer lugar el espacio en el que se desarrolla la acción, porque si bien pretende recrear el calabozo donde fue a parar el cuerpo de San Marcos, el lo convierte en una profunda bóveda de cañón, en una de cuyas paredes se abren una sucesión de sepulcros, que lejos de parecerlo, simulan balconadas palaciegas bajo historiados entablamentos. La luz con sus contrastes violentos y claroscuros enfatiza el ambiente misterioso y espectral de toda la escena, recreando así la atmósfera irreal y extraordinaria de un hecho milagroso. Por otro lado la complejidad iconográfica del asunto se enreda al representarse en la misma composición varios episodios diferentes del suceso. De un lado aparece la escena de la expoliación de la sepultura: mientras entre las sombras una figura va mirando con una antorcha la inscripción de las sepulturas para hallar la que les interesa, otras dos, subidas ya a lo alto del que corresponde, están descolgando el cadáver incorrupto del santo, que es recogido por un tercero. Ya en primer plano y a la izquierda aparece de nuevo el propio San Marcos, primero de pie, fuertemente iluminado, como deteniendo con su gesto a los profanadores que lo buscan, y a sus pies, él mismo de nuevo como un cadáver tendido en el suelo. Detrás, el comitante Tommaso Rangone se arrodilla y lo contempla alabando la aparición, que de inmediato prodiga sus milagros, que acontecen detrás y delante del anciano: desde la figura en sombras que parece vivir su curación, hasta las de primer plano a la derecha, en el que un hombre se libera del demonio que escapa en negro de su cuerpo y se aferra tal vez al motivo del pecado o tal vez a su nueva víctima, la mujer que mira aterrada la aparición del santo y el consiguente milagro. Al fondo en otra anacronía de la escena, aparecen los profanadores entrando en el extraño sepulcro, lo que en cualquier caso resulta también un recurso plástico para acentuar la profundidad del cuadro, al abrir otro foco de luz en lo profundo de lienzo. El cuadro así resuelto por Tintoretto resulta sin duda de una gran complejidad, pero al mismo tiempo es lo suficientemente inmpactante visualmente para conseguir el efecto de tensión emocional que el acontecimiento reclamaba. En este sentido los recursos de Tintoretto para lograrlo son plenamente manieristas y coinciden en muchos efectos con el cuadro hermano del Traslado del Cuerpo de San Marcos. Está en primer lugar el efectismo de la luz, verdadera protagonista del cuadro, con sus contrastes violentos, sus juegos de luces diáfanas y sombras espectrales, que consiguen completar una extraña ambientación, lúgubre y tenebrosa. Está el inconfundible colorido veneciano, tan potente como los propios efectos de luz. Está también el juego continuo de escorzos en las figuras y de diagonales en la composición, que insisten en una perspectiva de gran profundidad. Está la distribución asimétrica de los personajes y la creación de vacíos espaciales, reiterativa en la obra de Tintoretto. Está la teatralidad exagerada en las actitudes de los personajes. Están las posturas forzadas y en desequilibrio. Y está sobre todo ese aire de irrealidad que envuelve toda la escena y vuelve a sumir al espectador en el desconcierto, al colocarlo frente a una imagen inquietante y misteriosa, que se complica además por la simultaneidad de episodios reproducidos en un mismo escenario visual.
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