Tiziano: "Dánae" PDF Imprimir Correo
(1 voto, media 5.00 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Dánae”.

 

Tiziano.

Museo del Prado. Madrid. 1553.


A principios del S. XVI, coincidiendo por tanto con el momento de esplendor clásico, se desarrolla en el entorno de Venecia una tendencia pictórica protagonizada por una serie de magníficos pintores que van a darle a su estilo un sello peculiar y propio que, ajeno al desarrollo artístico de Roma o Florencia, se prolonga inalterable a todo lo largo de ese siglo. Tampoco se puede decir que responda con exactitud a los criterios del clasicismo pleno, porque aunque es clara su deuda con el clasicismo antiguo, presenta también toda una serie de singularidades: sobre todo un peculiar tratamiento del color. Tanto es así que a partir de ese momento se considera sinónimo de pintura veneciana la utilización de colores luminosos, de gruesos empastes y mucha más intensidad. La luz así parece surgir de las propias figuras, creando una atmósfera característica, etérea y rutilante. Giovanni Bellini, Giorgione y Tiziano son sus principales representantes.

Tiziano Vecellio (Pieve di Cadore h. 1490- Venecia 1576) no se sabe exactamente cuándo nació, aunque él mismo decía cuando era mayor, que en 1475, fecha que no obstante desmentiría Vasari debiéndola retrasar. En cualquier caso, su vida fue larga y su producción enorme.

Tiziano es el máximo representante del clasicismo en el Cinquecento veneciano. Un movimiento iniciado por su maestro Giorgione y que él renovó con composiciones más monumentales y colores más suntuosos y brillantes. También abrió nuevos cauces en el ámbito temático, destacando los argumentos mitológicos, la pintura alegórica, asimismo la iconografía cristiana, y por supuesto el retrato, del que fue un consumado maestro. Es ésta última actividad precisamente la que aumentó su fama entre las Cortes europeas, llegando incluso a la de los Austrias. Su prestigio como diplomático encumbró aún más su condición de artista, siendo por ello un pintor fijo en los encargos del Emperador Carlos I e incluso del nuevo rey Felipe II.

Si bien en ningún momento de su vida podemos considerarle como un pintor propiamente manierista, sí es cierto que la crítica moderna ha desvelado ciertas influencias de ese tenor, especialmente después de su viaje a Roma en 1540, donde conoce las obras de Miguel Ángel. Se advierte entonces un Tiziano de anatomías más suaves, composiciones más alargadas y colores más rutilantes, como por ejemplo en el retrato de Paulo III, aunque sin perder jamás el brillo luminoso de la paleta veneciana. En cualquier caso esta vinculación manierista no pasó de ser una tendencia esporádica, que no llegaría a cuajar plenamente en el transcurso de su obra.

Lo que sí se advierte con la edad es su libertad plena en la utilización del color, más espléndido cada vez, y su creciente expresionismo, sobre todo en sus magníficos retratos, elementos ambos que tanto habrían de influir en la pintura posterior y muy especialmente en la pintura española de nuestro Siglo de Oro.

De las muchas obras que podríamos haber elegido para ilustrar a Tiziano, pues fue enorme su producción, hemos elegido una de las más sensualidad y belleza, la Dánae del Museo Prado. En realidad se trata de una de las poesías, como llamaba él o fábulas mitológicas pintadas, que le ofrece a Felipe II en 1553, una de las cuales era ésta que hoy nos ocupa, y que formaba pareja con “Venus y Adonis”, que se encuentra en el mismo museo. No es la única versión que hará de este mismo tema: Tiziano pintó tres versiones de Dánae, las otras están en Nápoles y en Viena. En la de Nápoles, Dánae está acompañada por Cupido y en la versión de Viena también hay una anciana recogiendo la lluvia de oro, aunque no sobre un delantal como en la del Prado sino sobre una bandeja de bronce.

El cuadro toma como base la lectura mitológica de Dánae, cuyo padre tuvo la visión de que quedaría embarazada de un nieto que le mataría, por lo que encierra a su hija de por vida. A pesar de lo cual aparecerá Júpiter en forma de lluvia de oro y engendrará así a la muchacha, cumpliéndose con el tiempo la profecía.

Logra Tiziano uno de los desnudos más hermosos de toda la pintura veneciana. Es un desnudo monumental y consistente, pero a la vez tremendamente sensual gracias al tratamiento de la línea, al de las texturas mórbidas en las carnes de Dánae y sobre todo al color, voluptuoso, cálido y de tonos encendidos, llenos de pasta y golosos como en pocas pinturas.

Juega además para mayor resalte de la protagonista con un típico juego de contrarios entre la protagonista y la figura adjunta, recurso que ya había utilizado en el Amor profano y el amor sagrado: así, si Dánae es joven, la figura complementaria es vieja, si aquélla irradia luz, ésta oscuridad, si aquélla está desnuda, ésta vestida, e incluso compositivamente se advierte la oposición, con una figura reclinada hacia atrás y la otra inclinada hacia adelante. Todo lo cual no hace sino destacar la Dánae y enfatizarla por su brillo y luminosidad, aumentando de esta forma su carga sensual.

La Dánae de Tiziano demuestra el gusto del rey Felipe II por este tipo de desnudos, que en nada afectaban a su religiosidad y ascetismo. Al contrario de la ñoñería de otros reyes posteriores que a punto estuvieron de acabar con estas pinturas, conformándose, menos mal, con esconderlas en la Academia de Bellas Artes, lejos de la vista pública hasta 1827.



 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar