Toulouse-Lautrec: "Salón de la rue des Moulins" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Salón de la rue des Moulins

H. Toulouse-Lautrec.


Museo Toulouse-Lautrec. Albi. 1894.

Dentro del amplio apartado que genéricamente hemos dado en llamar Postimpresionismo, destaca la obra de Toulouse-Lautrec (Albi 1864-Burdeos 1901), cuya estética, aunque influenciada inicialmente por el Impresionismo, tendrá un desarrollo completamente distinto.

Henry Marie Toulouse-Lautrec, Conde de Toulouse-Lautrec-Montfa, nació en el Castillo de Albi en el seno de una familia de la nobleza, cuya endogamia explicaría en parte la enfermedad que desde niño afectó a Henry y que le impidió un normal desarrollo de su estructura ósea, lo que a su vez explicaría sus roturas de fémur, que finalmente reducirían su cuerpo a una apariencia grotesca, con cuerpo de adulto y piernas de niño, y la espalda contrahecha.

Sin duda sería esta carga física fuente de no pocos desprecios por parte de una sociedad hipócrita y tradicional, y sería por ello la razón principal que terminó abocándole hacia una huída de aquel mundo y a sustituirlo por todo lo contrario. Marcha por ello a París y comienza su formación como pintor, que le abriría la puerta al mundo de la noche, de la bohemia y de los bajos fondos parisinos. Un mundo en el que se sentiría feliz, aunque también acabaría con él, aquejado al final de su vida de alcoholismo, sífilis y un deterioro físico y mental que derivaría en la neurosis y la depresión.

Estudió inicalmente en el famoso taller de Léon Bonnat, donde se habían formado muchos retratistas de la época, y después en el estudio de Fernand Cormon, en el que conocería a Vicent Van Gogh. Aunque esta formación reglada no era muy del gusto ni del carácter de Toulouse-Lautrec, que enseguida se vio atraído por el ambiente bohemio de Montmatre donde empezó a relacionarse con los pintores del momento, en especial los impresionistas, muchos de los cuales en esas fechas ya estaban siguiendo caminos artísticos diferentes al Impresionismo. Principalmente con Edgar Degas, que sería su principal influencia artística.

Toulouse-Lautrec será por encima de todo un atento observador de la realidad, que además de las influencias mencionadas prodigó también una especial devoción por la estampa japonesa. Pero su pintura es en cualquier caso totalmente distinta de las realizadas hasta entonces. Su realidad es otra muy diferente a la de los impresionistas y su manera de plasmarla también. Su mundo es el ambiente nocturno y bohemio de Montmartre, de los cafés cantantes, del alcohol y la prostitución, de las bailarinas, de los comediantes, del Moulin Rouge… Un ambiente al que él mismo recurre frecuentemente como una forma de evasión, necesaria sobre todo por la amargura de su destino y el desprecio que profesaba al ambiente del que provenía. Nada más lejos de los paisajes impresionistas que no le atraen lo más mínimo.

Su mirada por ello mismo es diferente. Se parece a la de la última etapa de Degas, autor al que como hemos dicho él mismo considera su maestro. No hay más comparar algunas obras como La toilette (d’Orsay. 1896) o La pelirroja con blusa blanca (Thyssen-Bornemisza.1889), con las series dedicadas a la mujer de Degas.

Es una mirada incisiva, porque quiere profundizar en la auténtica realidad mundana de la noche, y es reflexiva también porque lo que verdaderamente le interesa es la realidad humana, de ahí la importancia de los aspectos psicológicos en su obra. No es de extrañar por ello que su base plástica sea el dibujo, un dibujo de línea potente, que es además la que marca el ritmo de las composiciones, captando perfectamente el pulso de esa vida y ese mundo.

En su constante esfuerzo por plasmar con la mayor claridad su entorno vital, se esfuerza por simplificar cada vez más su pintura. Ahí es donde cobra una importancia decisiva la estampa japonesa, de la que toma la simplificación de la línea, la bidimensionalidad de las imágenes, la utilización de colores planos, así como una estructura compositiva de “biombo” o de planos interrumpidos en los laterales, que profundizan en la perspectiva y amplían instintivamente las escenas representadas.

De esta forma su plástica es tremendamente impactante, y por eso y porque los dueños de los locales que frecuentaba le pedían que dibujara carteles para promocionar sus espectáculos, Toulouse Lautrec se convierte en el iniciador del cartel publicitario, un arte donde prevalece la importancia del dibujo, la rotundidad de la línea, la concisión de las formas, la claridad del color, y todo ello en un esfuerzo de simplificación y síntesis, que es lo que permite llegar fácilmente al espectador. Características todas ellas implícitas en el estilo de Toulouse Lautrec.

El Salón de la rue des Moulins, es un buen ejemplo de todo lo que se ha explicado hasta aquí. En primer lugar es una referencia característica del ambiente que tan bien nos reflejó Toulouse-Lautrec. Él mismo era un asiduo de los prostíbulos parisinos, a veces como cliente, y a veces como mero vouyer o espectador, aprovechando para pintar o bosquejar el devenir cotidiano de estas meretrices. Y como sus imágenes de bailarinas, actrices o cantantes, también los burdeles constituían una representación de la vida nocturna de París.

En concreto en este local realizó varios bocetos previos en pastel hasta llegar al lienzo definitivo del cuadro que nos ocupa. Se representa en él a varias prostitutas esperando a los clientes en divanes de terciopelo rojo. Se observa una figura con el moño en alto y vestido rosa de cuello alto que sería la madame del local. Junto a ella se encuentra Mireille, la preferida del pintor, recostada en el sofá y en actitud más despreocupada, en un contraste significativo con la dueña del lugar que por el contrario aparece sentada en una postura mucho más rígida. En cualquier caso el ambiente que nos transfiere Toulouse-Lautrec es el de un lugar amable y relajado, alejado de cualquier consideración relacionada con el vicio o la depravación. Además su mirada se posa sobre las mujeres con ternura y simpatía, en una visión cómplice y comprensiva con el destino y el modo de vida de estas mujeres.

Plásticamente el cuadro está dominado por todos los rasgos que definen la pintura de Toulouse-Lautrec: de un parte el trazo firme y vigoroso, por otro la concisión en los detalles y en la elaboración de la escena, y por supuesto por su especial concepción del color y la composición. El color es el verdadero protagonista del cuadro, ya no sólo por su componente simbólico, al cubrir de rojo la habitación transmitiendo de esta forma toda su carga sensual, sino también porque su aplicación en plano y la intensidad de los tonos le otorgan a la obra toda su fuerza expresiva. Por otro lado la composición es la habitual en su autor: cuenta con una imagen interrumpida a la derecha del lienzo que abre la composición a una diagonal profunda, marcada precisamente por Mireille, que de esta forma induce a la profundidad, pero sobre todo llena con su presencia todo el centro de la pintura, convirtiéndose así en la auténtica y principal protagonista del cuadro.

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