Tumba de Menna PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Pinturas de la Tumba de Menna

 

Sheij Abd el Qurna (Egipto)

Imperio Nuevo. dd. XVIII. h. 1400 a.c

 

 

La pintura es una de las manifestaciones artísticas más características del arte egipcio, destaca por su calidad, su tratamiento invariable a lo largo de los siglos, y una serie de convencionalismos y estereoptipos en su tratamiento formal que lo convierten en una representación ideográfica, en la que las imágenes son trasmisoras de ideas.

Desde el punto de vista formal, en la pintura egipcia las figuras están muy delineadas, con los perfiles por tanto muy marcados; el color se aplica en plano, sin degradación tonal; y la representación ilusoria de la realidad queda desplazada por un interés expresivo. Su intencionalidad pedagógica explica la utilización tan abundante de convencionalismos, como la disposición de las figuras representadas con el cuerpo de frente y la cabeza y las piernas de perfil, en un intento de representar la totalidad del cuerpo humano; la repetición de perfiles para dar idea de movimiento, y la alineación de la escenas en registros, con el fin de reproducir un espacio con profundidad. Por otra parte la pintura egipcia sigue patrones de proporcionalidad muy estrictos, que imponen un canon establecido a todas las imágenes, aunque dejando claro el diferente tamaño dedicado a dioses, faraones, simples humanos y animales. Por otro lado, toda la pintura tiene un fuerte contenido simbólico que se ilustra claramente en la utilización del color, que lejos de querer reproducir la realidad se utiliza para perseverar en efectos expresivos y simbólicos: los hombres se representan de color ocre, y la mujeres en tonos más claros; el negro es el color de Anubis, intro­ductor de los muertos en el otro mundo, y de Min, que preside la generación de las co­sechas; el verde se reserva a Osiris, porque es el color de la vida; Amón, dios del aire, se colorea de azul puro; el ama­rillo, por su asociación con el oro, se relaciona con el poder y la carne in­mortal; finalmente el rojo, el color maldito, se reserva a Seth y Apofis y a cuanto pue­da resultar dañino.

La pintura se concentra en las tumbas nobles, decorando amplios especios de sus muros, por lo que se puede decir que la mayoría de la pintura egipcia se realiza sobre pared, siguiendo predominantemente la técnica al temple. En su caso dicha técnica consistía en la mezcla de los pigmentos con clara de huevo y todo ello disuelto en agua para poderlo aplicar sobre el muro. La misma técnica al temple y la encáustica se emplearon también en la pintura hecha sobre papiro.

Iconográficamente, la pintura egipcia trata muchos y variados temas, aunque predomina el contenido funerario, teniendo en cuenta que como hemos dicho el lugar habitual de representación pictórica, al menos la conservada, se concentra en las tumbas. Hay así representaciones del difunto, pero también todo tipo de escenas cotidianas, actividades económicas, principalmente agropecuarias, rituales funerarios que toman como referencia habitual pasajes del Libro de los muertos, y también son frecuentes las imágenes de la naturaleza, paisajes y escenas de animales.

La pintura egipcia se mantuvo prácticamente invariable a lo largo de los siglos debido a la rígida organización de sus talleres artesanales y al conservadurismo invariable de su estructura política y social. En el Imperio Antiguo, la pintura se asocia estrechamente al trabajo en relieve; en el Imperio Medio se pintan los grandes sarcófagos de dignatarios y faraones, y se extiende el trabajo sobre papiro, pero el momento de mayor esplendor de la pintura egipcia por la calidad y la cantidad de los restos encontrados es el Imperio Nuevo. Es entonces cuando se generaliza el uso de tumbas monumentales ya no sólo para los faraones sino también para la nobleza cortesana, lo que amplía la demanda de obra pintada y permite que hayan llegado abundantes restos hasta nosotros.

En alguno casos se puede observar incluso la obra sin terminar, lo que ha permitido rastrear la forma de trabajo de las cuadrillas de pintores en Egipto: primero se dibujaban los contornos de las figuras que componían la decoración, ajustándose a plantillas en cuadrícula que facilitaban la adaptación a los cánones de proporcionalidad; una vez trazadas las imágenes se procedía a colorearlas, para ello los “escribas de los contornos” actuaban en cadena, cada uno dedicándose al tratamientro de un mismo color: uno se dedicaba a las zonas coloreadas en blanco, otro a los pardo-rojizos u ocres de la piel según se tratase de hombres o mujeres; otros a los verdes, otro a los negros, etc.

En el caso concreto que hoy nos ocupa, la Tumba de Menna, es una de las más conocidas del arte egipcio por su excelente estado de conservación y la amplitud espacial de sus paredes pintadas. Sabemos que Menna fue un escriba, tal vez de Tutmés IV o de su sucesor Amenofis III. Su tumba tiene forma de "T" invertida, es decir compuesta por un corredor que da a un amplio vestíbulo desde el que se llega a la capilla funeraria. En la entrada o vestíbulo se registran numerosas escenas: unas relacionadas con las actividades agrícolas que son supervisadas por el difunto; otras refieren ofrendas a Osiris de Menna y su mujer, Henuttawy; y otras, el banquete fúnebre de los esposos. Ya en la capilla se representan también todo tipo de motivos, es famosa la imagen de una de las hijas del matrimonio recogiendo flores de loto mientras que otra lleva flores de loto y aves que han capturado. A su lado, entre las marismas de papiro y loto, manadas de aves se entremezclan con mariposas. También en esta misma zona aparece Menna de pie en un barco de pesca de papiro, junto a su esposa e hijas, y a su lado de nuevo el difunto, en este caso arponeando peces y cazando aves con una vara de lanzamiento. Finalmente se reproduce una peregrinación a Abydos con una flota de barcos que regresan a Tebas.

Toda la obra se caracteriza por adecuarse a los cánones y carácterísticas formales que hemos comentado con anterioridad, y que en este caso se realzan con la espontaneidad y frescura de los temas tratados, muchos relacionados con la vida cotidiana, escenas familiares o trabajos agrícolas, que están tratados con claridad compositiva, colores vistosos y un naturalismo que en ocasiones contrasta con la rigidez mostrada por la pintura egipcia en otro tipo de representaciones.

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