| V. Van Gogh: "La habitación en Arles" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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"La habitación en Arlés"
V. Van Gogh Museo Van Gogh. Amsterdam 1888.
El Impresionismo fue un movimiento pictórico cuya duración fue breve, y cuyos mejores representantes a excepción de Monet, abandonan a los pocos años los principios básicos de aquel estilo. No obstante, su aportación al desarrollo posterior de la pintura queda fuera de toda duda, por ello mismo la evolución posterior que sigue la pintura, aunque sea notoriamente distinta, se denomina Postimpresionismo. Por ello y porque la mayoría de los pintores que engrosan este grupo iniciaron su andadura artística en el grupo impresionista. Como ya se ha dicho, todos los pintores impresionistas salvo Monet, siguieron caminos bien diferentes en su evolución artística. Pero la aportación sin duda más original y de mayor peso e influencia en la pintura contemporánea, habría de ser la de Paul Cézanne (1839-1906) y la de Vincent Van Gogh (1853-1890). El primero anticipador del Cubismo, y el segundo de los Expresionismos del S. XX e incluso de la pintura no figurativa. A ellos podría añadirse Paul Gauguin (1848-1903), y también los Neoimpresionistas o Puntillistas, Georges Seurat (1859-1891) y Paul Signac (1863-1835). De todos ellos, hoy nos inclinamos por Vincent Van Gogh. Se trata de uno de los artistas cuya vida resulta más atribulada y tormentosa. Un hombre, en parte desequilibrado y en parte incomprendido, que no llegó a vender un solo cuadro en su vida y sin embargo hoy bate todos los récords de cotización. Fue hijo de un pastor protestante holandés, que pronto empezó a realizar múltiples trabajos llevado siempre de un entusiasmo exagerado por quererlo hacerlo todo lo mejor posible: fue así maestro de escuela, empleado de una librería, estudiante de teología, y junto a su inseparable hermano Theo, empleado de un negocio de compra-venta de obras de arte. Pero en todas sus actividades ese mismo entusiasmo, casi enfermizo, le hacía chocar continuamente con una realidad muy distante siempre de sus ideales y objetivos, lo que le llevaba a la frustración y la derrota. Su actividad como misionero evangelista es una buena prueba de ello. Practicó como tal influenciado por su padre entre los mineros belgas de Borinage, a los que trató de ayudar ardientemente compartiendo todas sus miserias, llevado por su sincero sentido de la justicia social, y siempre animado por ese apasionamiento febril que ponía en todo cuanto hacía. Pero tanta sinceridad religiosa no fue bien vista por los ministros protestantes, que al final forzaron su expulsión de la agrupación. Fue entonces, hacia 1880, cuando empezó a dibujar, actividad que también se tomó desde el principio con su particular entusiasmo. Prueba de ello es que en apenas diez años fue capaz de realizar 879 lienzos, 1756 dibujos, y que sólo en los dos últimos meses de su vida llega a hacer 70 cuadros, 35 dibujos y un aguafuerte!. Gracias a su hermano Theo pudo conocer el trabajo de los impresionistas e incluso trabar relación personal con algunos de ellos como Toulouse-Lautrec, Pisarro, Degas, Seurat y Guaguin. De todos ellos éste último fue el único que atendió a su llamada de llevar a cabo una idea un poco excéntrica de crear en el pueblecito de Arles una Sociedad de Artistas. Pero para entonces, hacia 1888, Van Gogh ya había dado muestras en varias ocasiones de un desequilibrio psíquico y de una hipersensibilidad exagerada, que transformaban alternativamente sus estados de ánimo en momentos de exultante alegría en otros de irritabilidad o de profunda depresión. Naturalmente la convivencia con Gauguin fue absolutamente imposible, por lo que también él terminó por abandonarle. Ello aún aumentó más su decepción y su desequilibrio, ya bastante acrecentada por su fracaso como pintor. Al final tuvo que ser ingresado en los sanatorios psiquiátricos de Arles, St. Rémy y Auvers, donde finalmente se suicidó disparándose un tiro en el pecho que le tuvo tres días agonizante, lo que le hizo exclamar: "hasta esto lo hago mal". El caso de Van Gohg es un ejemplo dramático, pero no sólo como pintor, sino como hombre. Él queda al margen de aquella sociedad pragmática e insolidaria, donde sus ideales altruistas no tenían cabida. Por eso se pone del lado de los desheredados y la víctimas, y lo paga con la inadaptación, la marginación, el manicomio y finalmente el suicidio. Una personalidad así dará lugar a un arte muy especial también. De hecho, aunque su fundamento pictórico es el color heredado de los impresionistas, a Van Gogh no le interesan las ilusiones ópticas, lo que le interesa de verdad es reflejar su mundo interior. Un mundo interior siempre apasionado, en continua lucha entre querer y poder, a veces ilusionado y a veces defraudado, pero siempre atormentado. Por eso la pintura, es decir el lenguaje de las formas y los colores, debe reflejar ese mundo de atracciones, repulsiones y tensiones. El arte no está para reflejar la vida, sino para apresarla, para darle un sentido, para desahogar en el lienzo todo lo que somos interiormente. Pintar así se convierte en una ética personal. Por ello, en los cuadros de Van Gogh, la imagen tiende a lacerarse, a retorcerse, a deformarse; los colores resultan estridentes y el ritmo de las pinceladas, irregular, agitado y convulso, lo que todo en conjunto crea una atmósfera febril, agitada y casi exasperante. De esta manera consigue Van Gogh que el cuadro tenga vida por sí mismo. Es el cuadro el que vibra, el que se agita y convulsiona, el que clama las dolencias de su autor, pero el cuadro de forma autónoma no por lo que representa. En una palabra, la pintura a partir de Van Gogh no representa, es. Y esa es la gran aportación de Van Gogh: frente a este mundo racional y mecánico que
Su influencia inmediata será enorme sobre todo el arte posterior. No sólo sobre el Expresionismo que bebe directamente de sus obras, sino de toda una nueva concepción de la pintura y el arte contemporáneo que queda así definitivamente desmantelado de lo superficial y lo anecdótico. Son muchas las obras que podríamos haber elegido de tantas que pintó, pero éste es tal vez uno de sus cuadros más famosos. Lo pinta Van Gogh un año antes de su muerte, cuando marcha a Arles y queda deslumbrando por la luz del Mediterránea. Coincide ese momento con la convivencia iniciada con Gauguin, que como sabemos resulta inviable, acabando además dramáticamente pues después de una violenta discusión entre ambos, Van Gogh subió a su habitación (la del cuadro) y allí dolido y avergonzado se cortó una oreja. Es sorprendente observar la riqueza pictórica que exhibe Van Gogh en esta obra: en primer lugar es una pintura de una enorme contundencia de líneas, de gruesos perfiles, de intensos colores, con lo que consigue una pintura llena de expresividad y fuerza. Es además una obra donde se advierte también la influencia del arte japonés (influencia que ya se ejerció sobre los impresionista): primero a través de la utilización de perfiles y contornos tan subrayados; segundo por sus colores planos; y sobre todo por una composición muy peculiar, cortando la habitación bruscamente, e introduciendo un curioso juego de perspectiva, adelantando una parte de la habitación y retrasando la otra. En efecto, es esta una de las soluciones más originales y más brillantes de su autor. En primer plano, la cama avanza hacia nosotros violentamente, efecto éste subrayado además cromáticamente pues la cama es una gran mancha de colores cálidos. Pero desde aquí, a la izquierda de la cama, el primer plano parece que se aleja gracias a un genial juego de líneas de fuga, marcadas en la tarima del suelo y que arrastra nuestra vista hacia el fondo de la habitación, y más concretamente donde se halla la silla más pequeña. A su vez, desde aquí en otro juego similar, gracias al ángulo de la ventana entornada, la posición oblicua de la mesa y la silla de primer plano (pintada sólo en su mitad), el punto de vista vuelve a situarse en el primer plano. De esta forma lo que en realidad ha conseguido Van Gogh es un continuo vaivén visual de avance y retroceso, que nos produce la sensación de que esta habitación no está quieta, de que se mueve como un balancín o un tío-vivo, de que palpita. En una palabra de que tiene vida por sí misma. En fin, el perfecto ejemplo de que las pinturas de Van Gogh tienen vida en sí mismas y claman solas lo que quiere gritarnos su autor, en este caso la habitación se mueve al ritmo de la desesperación de su autor, totalmente abatido y descorazonado al haber perdido tan violentamente al único amigo que le quedaba. Pero el cuadro no se queda sólo en esto. Si hay algo fundamental en la pintura de Van Gogh es el color: por una parte un color con su valor simbólico: concretamente el del rojo del embozo de la cama, rojo intenso, rojo de sangre, que refleja así con todo su dramatismo el lugar donde Vincent se cortó la oreja. Pero el cuadro es además una maravillosa sinfonía de colores, de colores vivos y armónicamente entrelazados, como lo prueba esa perfecta interrelación de complementarios, básicamente azules y amarillos, con toques esporádicos de rojos y verdes. Maravilloso Van Gogh. ![]()
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