| Velázquez: Las lanzas o La rendición de Breda |
|
|
|
| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
|
Las lanzas o La rendición de Breda D. Velázquez.
Museo del Prado. Madrid. 1635.
Entre los numerosos géneros que trató Velázquez se cuenta también con un cuadro de historia, éste que narra uno de los pocos episodios afortunados en el largo y frustrante acontecer de la Guerra de los Treinta años. Se trata del lienzo más grande que pintó Velázquez (3'07 x 3'67 m.) y que junto a otros de igual temática histórica se encargó para decorar el Salón de Reinos (actual Museo del Ejército) del Palacio del Buen Retiro. Allí coincidieron junto a ésta otras obras del mismo género pintadas por Pereda, Maíno o Zurbarán entre otros, que en todos los casos mostraban distintas victorias españolas en las distintas guerras que en esos años los Austrias libraban en Europa. Así el caso de la Defensa de Cádiz de Zurbarán, comentado también en esta sección. En el caso concreto que pinta Velázquez se trataba de rememorar la toma de la ciudad holandesa de Breda, hecho acontecido el 2 de junio de 1625, cuando el rey Felipe IV le envía al general Ambrosio de Spínola, Jefe de los Tercios de Flandes, un escueto mensaje: "Marqués de Spínola, tomad Breda." Y así ocurrió, convirtiéndose en una victoria dentro del contexto general de las guerras que a lo largo del primer tercio de siglo XVII trataron de frenar las insurrecciones de las Provincias del Norte de los Países Bajos. Pero a pesar de la alegría inicial, el acontecimiento no pasó de constituir un hecho aislado y de suerte efímera, pues la plaza vuelve a perderse en 1639, siendo además uno de los episodios que desencadena la definitiva independencia de Holanda. El suceso concreto inmortalizado por Velázquez recoge el momento oportuno en el que Justino de Nassau, gobernador de la plaza, entrega las llaves de la ciudad al vencedor Spínola. En un gesto de indudable caballerosidad y nobleza, que en la paleta de Velázquez alcanza un realismo de gran humanidad y elegancia, pero que Velázquez evidentemente no vio. Tampoco parece ser que conociera a Justino de Nassau y se duda si había visto alguna vez a Spínola. Aspectos todos ellos que agrandan aún más el talento del pintor, capaz de mostrar una escena de gran verismo aunque estuviera totalmente inventada. A la izquierda del lienzo se disponen los soldados holandesas, a la derecha los Tercios españoles y al fondo, en una bruma provocada por el humo de la batalla, se entrevé en la lejanía la ciudad de Breda. El cuadro desde un punto de vista puramente formal es una de las pinturas más perfectas de su autor. En primer lugar por el realismo humano que traslucen todos los personajes, demostrando el valor en el tratamiento psicológico que hizo de Velázquez tan magnífico retratista. Destaca en primer término el gesto de los dos protagonistas, y que como hemos comentado, sorprende por la cordialidad demostrada entre ambos a pesar del enfrentamiento previo: el vencedor abrazando al vencido mientras éste le entrega las llaves de la ciudad, inclinándose respetuoso ante su persona. Una actitud que probablemente Velázquez tomara de un texto de Calderón de la Barca que había servido también para escenificar este episodio en una obra de teatro, y que decía: "Justino, yo las recibo/ y conozco que valiente/ sois, que el valor del vencido/ hace famoso al que vence". Aunque el de los protagonistas no es la única muestra del valor de Velázquez como retratista, para demostrarlo ahí están también los dos grupos de solados, de una enorme veracidad en sus gestos y actitudes: los unos, resignados a la derrota, los otros, más cansados que jubilosos. No se han identificado con seguridad ninguno de los personajes retratados, ni siquiera el que aperece en el extremo del cuadro a la derecha mirando al espectador, y que durante mucho tiempo se especuló con que fuera un autorretrato del pintor, lo que tampoco se ha podido demostrar. Desde el punto de vista compositivo, la estructura es la habitual en los cuadros de Velázquez, a partir de un punto central de la pintura, que en este caso se concreta en las llaves que está entregando Justino de Nassau, se abren dos líneas en aspa hacia las esquinas del lienzo que contribuyen a marcar sendas diagonales, que como es habitual en la pitnura barroca, amplían la visión de conjunto, abren la composición y dinamizan la escena. En el mismo sentido se podría completar esta estructura con la posición centrífuga que marcan las posturas de los dos caballos representados. No obstante, el mayor mérito de la obra y uno de los recursos más estudiados de esta pintura, hasta el punto convertirse en una referencia universal es el de la perspectiva. Una perspectiva lograda por medio de varios recursos, entre los que destaca el tratamiento de la luz y la técnica pictórica, pero que resulta magistral por cuanto llega a delimitar hasta cuatro planos diferentes de perspectiva aérea: Así hay un primerísimo plano logrado por dos recursos que juegan en la frontera del lienzo con el espacio que media entre la pintura y el espectador. Por el lado derecho, el violento escorzo del caballo que de espaldas nos lleva la visión de fuera adentro de la escena, reforzada en el mismo lado por el personaje (el falso supuesto autorretrato del pintor) que mira directamente al espectador, y que logra así interrelacionar el espacio del cuadro con el espacio real; y al otro lado en un esquema paralelo, el escorzo que forma el soldado de espaldas, complementado con el compañero que a su lado mira igualmente hacia el espacio del espectador. A continuación podemos hablar de un segundo plano, que en este caso resulta el plano principal, y no sólo porque se describe la escena protagonista del acotecimiento, sino también por la precisión técnica de que hace gala Velázquez, pintando cada detalle con exactitud minuciosa y con un realismo en las texturas de exquisita nitidez. Además la fuerza expresiva del gesto de los dos contendientes, ya comentada por su hondura moral, contribuye al magnetismo principal de este plano. A partir de aquí, Velázquez cambia la técnica y contrasta las luces, de tal manera que lo que en el plano principal eran líneas precisas se convierten ahora en amplias pinceladas alla prima, diluídas, libres en su trazo y cuyos contornos se difuminan a la par que la distancia va disipando las figuras. No contento con ello, Velázquez marca un plano más, gracias al genial recurso de pintar las lanzas de los Tercios de Flandes y que pictóricamente actúan como una barrera perspectiva que delimita como una línea visual el espacio entre la soldasdesca y el paisaje. De esta forma remarca además el plano del fondo, el de una ciudad difuminada entre la bruma, de pincelada aún más imprecisa que en los planos anteriores, y de la que destacan sus tonos azulados, según exige la ortodoxia leonardesca de la perspectiva aérea. Un estudio complejo pero de enorme talento porque en la representación de todos estos planos de perspectiva Velázquez es capaz de utilizar distintos y variados recursos, desde la utilización de escorzos, a la interrelación gestual con el espectador, juegos de luces, y los dos más logrados, el genial detalle de las lanzas, y el que demuestra su mayor talento, la distinta técnica utilizada para diferenciar la visión perspectiva, y que entre otras cosas servía también para demostar que Velázquez podía pintar como le viniera en gana. No podíamos dejar de hablar del color en un cuadro de Velázquez: ese color alegre y gozoso característico del pintor, y que en esta ocasión articula el efecto de los planos y de la perspectiva aérea, al ir acentuándose las gamas frías hacia el fondo de la composición, hasta convertirse en una sinfonía de azules en el horizonte.
Otros artículos de esta sección...
|